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Juan Manuel González

'Amor y otras drogas': desnudos, Viagra... y parkinson

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Edward Zwick, director de Amor y otras drogas, empezó su carrera con la serie televisiva Treintaytantos y el premiado drama épico Tiempos de Gloria. A continuación presentó dramas románticos como la inaguantable Leyendas de pasión y algún thriller interesante como fue la tristemente profética Estado de sitio. Lo digo porque Zwick es un reputado profesional, pero siempre ha mostrado una peligrosa tendencia a apuntar demasiado alto en sus películas. Amor y otras drogas, su regreso a la comedia sentimental, tiene ese mismo defecto. Trata de ser una comedia romántica distinta mezclando humor y drama, pero acaba exasperando por sus confusas intenciones y su tono manipulador.

La película está ambientada en la segunda mitad de los noventa, en pleno auge de las farmacéuticas gracias a medicamentos como el Viagra, que el filme utiliza para hacer todas las bromas imaginables. Jamie (Jake Gyllenhaal), un jovencísimo y prometedor vendedor de medicamentos, está tratando de abrirse camino en la industria farmacéutica... y de paso con toda mujer que se cruce en su camino. Un buen día conoce a Maggie (Anne Hathaway, pidiendo otra nominación al Oscar), una bella artista que se atreve con todo pero que está enferma de Parkinson de fase uno. La atracción entre ellos es inmediata...

El resultado es una película romántica en la que drama y comedia se solapan y anulan mutuamente. Los episodios que hacen referencia a la enfermedad de Maggie bordean el exhibicionismo dramático, mientras los momentos cómicos -más abundantes- acusan los tics habituales de la comedia romántica juvenil y no nos hacen olvidar lo anterior. Zwick no trivializa la enfermedad pero cree que debe elevar su filme mostrando con una franqueza ciertamente inesperada y refrescante los encuentros sexuales de los protagonistas y aportando una perspectiva cínica del sistema sanitario norteamericano -pero sin llegar a mojarse realmente: ver el tratamiento positivo dispensado a Pfyzer...-. Zwick  consigue ofrecer un filme digno, pero el guión no le da oportunidades y muy pronto el resultado deriva en otra comedia romántica más con un tono innecesariamente confuso y bastante desconcertante, que nunca cierra los múltiples frentes que va dejando abiertos.

El único pegamento del que Zwick dispone son dos intérpretes tan entregados como Anne Hathaway y Jake Gyllenhaal, que ya fueron pareja en Brokeback Mountain. Los dos, y especialmente ella, ofrecen dos buenos trabajos y buscan con ahínco una química que no acaba de llegar. Hathaway se muestra igual de cómoda ya sea en los momentos cómicos como en los dramáticos, ya sea desnuda o vestida. Su aplomo y empatía es impresionante. Pero la película, en su voluntad de agradar a todos, deriva en todos los giros habituales de la comedia romántica más convencional y acaba siendo lo que son las películas de Zwick: lo mismo de siempre pero hinchadas con pretensiones.

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