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Juan Manuel González

‘Caperucita Roja’: ... y el lobo era ella

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Catherine Hardwicke dio el salto desde el diseño de producción al cine indie, para más tarde cocinar la primera adaptación de Crepúsculo, la nueva fábrica de ídolos teen de Hollywood. Su Caperucita Roja quiere presentar una nueva versión del clásico cuento en la que Caperucita no sólo debe decidir entre el chico de sus sueños y el que le conviene, sino encontrar al lobo que está diezmando su aldea, a la vez que se introducen elementos, ya saben, la mar de inquietantes y contemporáneos...

Desgraciadamente, Hardwicke demuestra que no sabe cómo dirigir un thriller y mucho menos una cinta de fantasía. Confunde el terror con esparcir un par de sustos gratis aquí y allá, y su concepción de la intriga se limita a sembrar un par de dudas sobre la identidad del asesino -y también a mover la cámara más de la cuenta-. En manos de otro director el invento apuntaba posibilidades, pero Hardwicke manda todo al garete para revelar sus verdaderas intenciones, las de reeditar el triángulo amoroso de Crepúsculo -lobito incluido- en una cinta romántica de una mojigatería bastante rancia.

La directora quiere hacer una fantasía sexual que se adentre en los territorios oscuros del tránsito a la vida adulta, pero su punto de partida es tremendamente moralista. La Caperucita del cuento se siente peligrosamente atraída hacia el lobo y el lado oscuro del bosque, pero no hay nada en la película que resulte realmente perturbador. Hardwicke confunde deseo con pecado y carece de talento para visualizar la violencia, y su puesta en escena de anuncio de perfume tampoco tiene el aliento grotesco que sí estaba en el cuento original. Esta vez no tiene la disculpa de partir de material ajeno, y sus pretensiones alegóricas –la cinta quiere hacer preguntas sobre el fanatismo y la paranoia, personificadas en el personaje de Gary Oldman- son de puro saldo.

Menos mal que nos queda Amanda Seyfried, actriz de una inquietante carnalidad que es ideal para el papel de Caperucita, y sobre todo Gary Oldman, que sabe cómo tomarse el invento con la conveniente guasa.

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