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Juan Manuel González

'El último exorcismo': tortazo a Dios y al Diablo

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El último exorcismo es una producción de Eli Roth, uno de los últimos niños malos del terror estadounidense, que con el filme que nos ocupa se apuntó un verdadero tanto comercial en su faceta de productor. El director de Hostel y Hostel 2 y actor en Malditos bastardos logró, con una inversión limitada y esa estética de falso documental que tantos favores ha hecho al género en los últimos años, un verdadero golpe a la taquilla estadounidense. Y lo cierto es que la cinta brilla en el subgénero de exorcismos de una manera inesperada.

El reverendo Marcus Cotton (un excelente Patrick Fabian, premiado en Sitges por su actuación) no cree en Dios. Su vida profesional se ha basado en una mentira y decide desvelarla con un documental en el que narrará, directamente a la cámara, su último caso antes de retirarse, y con ello el fraude de los exorcismos. El trabajo parece fácil: una joven de una aislada granja de Louisiana que dice estar poseída. Lo que Marcus y su equipo van a presenciar desafía todas sus expectativas...

...y lo cierto es que también las del espectador. La película dirigida por Daniel Stamm da por supuestos los tópicos del cine de exorcismos que tantos disgustos nos ha dado (entiéndase esto como se quiera) y destaca por una saludable dosis de malsano sarcasmo, una satírica y descarnada visión de la América profunda (y la otra) y también un superior sentido suspense que, de todas formas, resulta bastante efectivo por sí mismo gracias al estupendo uso que Stamm hace del recurso de falso documental. Pero la cinta no le pone las cosas fáciles al espectador en ningún sentido, y lejos de limitarse a usar el punto de vista para jugar malas pasadas al personal, lo hace para lograr un perturbador ambiente de aislamiento rural y para cuestionarse continuamente la veracidad de lo que vemos, al menos hasta apenas dos minutos antes del desenlace, sin duda lo menos (sobre) natural de la propuesta.

Al igual que el reverendo protagonista de la cinta, el espectador nunca sabe si está asistiendo a una posesión real o a un acceso de locura de una joven reprimida, lo que multiplica por dos el alcance de la película. Y lo que en principio parece una nueva y plana muestra de horror rural, juega con talento con todas las ambigüedades que le permite el fondo y la forma, con casi la misma efectividad que las cintas míticas del género de décadas pasadas. El último exorcismo, dejando de lado algunas aristas, también destaca por un subterráneo sentido del humor que en ocasiones emerge gracias a la formidable composición de su protagonista, Patrick Fabian, un actor capaz de guiar al espectador por la odisea de su personaje con tanto cachondeo como veracidad dramática.

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