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Juan Manuel González

Crítica: 'El Hipnotista', thriller nórdico a lo Millenium

Lasse Hallström regresa a su Suecia natal para dirigir un thriller en la estela Millenium, todo un cambio para el director de Chocolat.

Juan Manuel González
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De adaptación a adaptación, y tiro porque me toca. De ser pieza fundamental a la hora de consolidar los romances clónicos de Nicholas Sparks en el cine (suyas son Querido John y Un lugar donde refugiarse) el director sueco Lasse Hallström realiza con El hipnotista un cambio de género importante, al saltar aquí al thriller nórdico originado por la saga Millenium de Stieg Larsson con una trama policiaca de asesinatos, secuestros y frías, pero ardorosas, relaciones familiares.

Regreso al hogar y cambio radical de género, el de Hallström, aunque quizá no de práctica. El procedimiento que parece haber seguido el sueco a la hora de adaptar un libro u otro, se llame su autor Nicholas Sparks o Lars Kepler (responsable del best-seller El hipnotista) parece que es el mismo: gusto por el drama familiar y los personajes en un entorno cotidiano, incluso por encima de la acción y el suspense, por mucho que ciertos pasajes de la presente, como los transcurridos en el hospital, consigan crispar los nervios por su desagradable autenticidad.

El sangriento comienzo anuncia un thriller atmosférico y frenético que, sin embargo, nunca acaba de llegarnos. Hällstrom, quien en los noventa también contribuyó a construir Miramax con sus exitosos y excelentes dramas románticos (Las normas de la casa de la sidra y Chocolat, sus mejores aportaciones) rueda la película con un aliento y empaque cinematográfico que, desde luego, le faltaba a la trilogía Millenium y a alguna otra muestra del denominado thriller nórdico, léase Aurora Boreal, Reykiavik-Rotterdam, etc. Pero ahí se acaban las buenas palabras. El hipnotista carece de tempo, pierde gas en una trama familiar que más parece un cincunloquio hasta que regresa el crimen, y tanto en uno como en otro registro parece construída a base de clichés, sin que la escasa expresividad del reparto -y que me perdone Lena Olin- compense la cabriola.

Nos queda, desde luego, la tristeza que desprende el frío Estocolmo, la atmósfera nocturna y helada de sus desangeladas calles, y en definitiva, la elegancia de ciertos pasajes filmados por Hallström, como esa conversación aparentemente anecdótica del hipnotista con su esposa que el realizador rueda en la penumbra y utilizando sólo la silueta de sus actores. Lo demás, su cavilación sobre las relaciones familiares dañadas y perturbadas, tampoco importa demasiado.

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