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Juan Manuel González

Crítica: 'Líbranos del mal'

Líbranos del mal es tremendamente entretenida y devuelve al género de terror más comercial una cierta vocación adulta.

Juan Manuel González
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Líbranos del mal es tremendamente entretenida y devuelve al género de terror más comercial una cierta vocación adulta.
Eric Bana y Joel McHale en Líbranos del mal

Líbranos del mal es una de esas películas que engañan. No se lo tomen a mal: ya sabemos que el cine tiene mucho de eso, de engaño, o en todo caso que tampoco tiene por qué sentarnos mal acudir a una barraca de feria si nos apetece. Para empezar lo hace en el sentido más puramente lúdico: sólo diez minutos después de salir de la proyección de la película, tremendamente entretenida, uno se percata de que el filme de Scott Derrickson nos ha atrapado, "engañado", pero que finalmente apenas desvela nada nuevo una vez descubrimos sus cartas. Eso por no hablar de que probablemente se olvide en otros diez, y les adelanto que así sucede. En segundo lugar, last but not least, engaña también en cuanto a su hondura: durante su primera mitad parece que estamos asistiendo a algo más importante y relevante de lo que finalmente presenciamos, sin duda un filme de ambiciones más modestas y tópicas de lo que nos venden con el "basado en hechos reales" que antecede a los títulos.

Pero esto no es impedimento para reconocer lo bien que funciona la película la mayor parte del tiempo. La mezcla de género policial y terror que propone, así como su remix de varias líneas de acción vigentes en uno u otro género (desde la buddy-movie o peli de colegas hasta los exorcismos, pasando por el clásico thriller de asesinos en serie) genera una razonable admiración, en tanto logra una aproximación diferente que los últimos ejemplos de cine de terror. El humor está bien administrado, los actores bien escogidos (en especial Edgar Ramirez, lidiando perfectamente con un personaje ridículo) y Scott Derrickson está tan entregado a empaquetar bien el producto que uno acaba cayendo en los trucos más viejos del cine de miedo, sin que falte incluso un gato dando un falso susto (y un oso, y un payaso, y un peluche...). La buenísima factura de la película, producida por el as Jerry Bruckheimer, le da una pátina adicional de lujo al asunto, y ayuda a que nos olvidemos de los últimos excesos "found footage" del género, devolviendo parte de la experiencia cinematográfica al aficionado. La película incluso recuerda en su esteticismo a El corazón del ángel, otra muestra de cine demoniaco muy elaborada visualmente y abiertamente sensacionalista en sus propuestas.

Al final, como decíamos, todo se deshincha y deriva a lo de siempre, apuntándose al carro del cine de exorcismos que tan bien ha funcionado en la taquilla y olvidándose de su prometedor, extraordinario y turbador comienzo, repleto de significado: al fin y al cabo, el mal despierta en una oscura cueva en plena contienda iraquí, con todos los fantasmas post-11-S que ello acarrea, y acaba como un thriller psicológico con redención policial de por medio en una comisaría del Bronx. Si el cine americano no está renovando su relato y reflejando la historia reciente a pasos agigantados, entonces no lo está haciendo nadie.

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