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Juan Manuel González

Crítica: 'Annabelle'

Annabelle mete el miedo en el cuerpo, pero es peor que su precedente, la brillante Expediente Warren.

Juan Manuel González
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Annabelle mete el miedo en el cuerpo, pero es peor que su precedente, la brillante Expediente Warren.
Annabelle se estrena esta semana

La poco entrañable muñeca que nos miraba desde la vitrina de Expediente Warren (2012) ya tiene una película para ella sola. Annabelle narra los orígenes de la maldición que convirtió a un simple (y siniestro) juguete en un portal demoniaco y lo traduce en un filme que ha vuelto a demostrar el enorme poder del cine de terror para convocar al público. Y más teniendo en cuenta los números: encuadrable dentro del cine de estudio pero elaborado con irrisorio presupuesto, en este caso unos escuetos 5 millones de dólares, la película se ha embolsado en tres tardes, y sólo en EEUU, 29 millones de un público hambriento de títulos de terror de cualquier calado, midiendo sus fuerzas sin problemas con un título de mayor prestigio artístico y comercial como es Perdida, el nuevo thriller de David Fincher.

Annabelle deja un tanto de lado el cine de casas encantadas de Expediente Warren para sumergirse en las posesiones diabólicas de Insidious, también del director James Wan. Todas ellas, no obstante, parecen habitar el mismo universo de terror cotidiano y podrían entrecruzarse perfectamente. Concebida modo de precuela y spin-off de la exitosa odisea de los Warren, la película certifica al menos una cosa: Wan es ya todo un autor del género que, si bien aquí se limita a producir y poner su sello en el producto (en definitiva, a hacer marca hasta su triunfal regreso al terror), ya ha logrado trascender en el imaginario colectivo. Dicho esto, Annabelle es un filme razonablemente eficaz pero inferior a casi todo respecto a su título matriz. En este caso, el encargado de mover la cámara es John R. Leonetti, responsable la fotografía en aquella película y casi todas las de Wan, y eso se nota: Annabelle funciona más o menos bien cuando pisa el acelerador del miedo, cuando de alguna manera se ve obligada a "heredar" las claves visuales de su verdadero padre, y en este sentido incluso contiene un par de secuencias casi prodigiosas. Pero se viene abajo cada vez que cualquiera de sus actores "reales" tiene que abrir la boca para hablar o representar inteligencia.

Leonetti, como director de fotografía que sigue siendo, efectúa audaces tiros de cámara y contrapicados pero se limita a copiar los recursos de suspense de su patrón, verdadero yonqui de los muñecos diabólicos como dispositivo de pánico (su Twitter es @creepypuppet, algo así como muñeco siniestro) y autor de un pequeño corpus de títulos de género reseñables. De hecho, Leonetti roza la incompetencia en ciertas escenas, casi todas en las que la cursi pareja protagonista hace planes de futuro y la insidiosa Annabelle, sin duda la mejor actuación de todo el reparto, no está maquinando sus maldades.

Antes hablábamos, sin embargo, de un par de secuencias prodigiosas que impiden el desastre. La larga sección de suspense inicial, en el que se visualiza una intrusión doméstica desde una ventana y que deriva en un largo plano secuencia de acoso, demuestra tanta clase como la mítica Halloween de John Carpenter a la hora de diseñar el espacio de la acción, y realmente mete todo el miedo en el cuerpo y más. Y sirve de prólogo a la que sucede pasada la mitad del largometraje, que comienza en un sótano, sigue en un ascensor y convierte en una absoluta pesadilla surrealista las escaleras de un inmueble que recuerda demasiado a La Semilla del Diablo. En esos momentos y en alguno más Annabelle se gana el sueldo, cuando a base de puros detalles y planos perturbadores otorga textura al puro horror psicológico y sobrenatural. Pero nada de esto oculta la impresión de que, tratando de dar explicación a lo inexplicable, o de dar explicación a la amenaza, la película de Leonetti convierte las claves de un autor vulgar, James Wan, en otras simplemente... vulgares.

Redactor de Chic. Colaborador de Es la Mañana de Federico y Es la mañana de fin de semana.

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