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Juan Manuel González

Crítica: 'El Hobbit. La Batalla de los Cinco Ejércitos'

El final de El Hobbit es una batalla de dos horas que funciona precisamente cuando se olvida de que tiene que contar algo.

Juan Manuel González
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El final de El Hobbit es una batalla de dos horas que funciona precisamente cuando se olvida de que tiene que contar algo.

La trilogía El Hobbit se cierra con un broche no de oro, sino más bien de acero. El neozelandés Peter Jackson filma en La Batalla de los Cinco Ejércitos la película más corta de toda su filmografía basada en Tolkien, apenas 140 minutos con títulos de crédito, una película que a tenor de su nombre desde luego da lo que promete pero también demuestra lo que a estas alturas todos sabíamos: que en esta ocasión no había tanta tela que cortar. La tercera parte de El Hobbit es un desenlace climático de dos horas que comienza con lo que podría haber sido el final de la anterior (y que podría significar la aportación al cine de catástrofes del cineasta neozelandés) y continúa con una gran batalla de una hora que, como era de esperar, proporciona un espectáculo épico y digital de eficacia incuestionable... pero que no acaba de otorgar a esta segunda trilogía el peso específico y cinematográfico de la anterior.

En su evidente afán de estirar el chicle, o quizá de dar trabajo a la industria cinematográfica neozelandesa durante otro puñado de años, Jackson no llega a romper su juguete pero no puede evitar quedarse corto. El Hobbit carece, en su conjunto, de los carismáticos cimientos que hicieron funcionar la trilogía inicial, se muestra débil la caracterización de los nuevos personajes y por eso se ve obligada a recurrir a los heredados de las películas previas, sin ganar demasiado con ello salvo la presencia de Ian McKellen y (ejem) la de Orlando Bloom. Existe también una tibia subtrama sobre el surgimiento de Sauron que trata de conectar con aquellas películas pero que, pese al evidente placer que provoca ver a Christopher Lee (92 años, señores) rompiendo cráneos de la Tierra Media, Jackson demuestra no saber cómo cerrar más que con la secuencia de acción más kitsch de la saga al completo. Y en general el gran "punch" dramático de esta entrega, la deriva personal del enano Thorin (Richard Armitage) una vez logrado su tesoro, carece de valor alguno salvo en sus episodios finales, aquellos que de nuevo tienen lugar en pleno fragor de la batalla.

Y es que, y llegamos al meollo, El Hobbit en su conjunto y esta guerra de los cinco ejércitos en concreto ha demostrado funcionar sólo en sus registros más altos, los épicos, cuando la cámara histérica de Jackson sobrevuela picos y valles, pasa entre las piernas de criaturas gigantes y penetra en cada arquería de cada fortaleza. Una vez la dichosa batalla comienza no hay nada que detenga la película, y aquí Jackson demuestra su valía y devoción al material, que por cierto nadie negará pese a la discutible división de la historia en tres mamotretos. El enfrentamiento de Tauriel (Evangeline Lilly) y Killi (Aidan Turner) contra uno de los villanos principales es una secuencia de lucha dilatada y repleta de suspense, y enlaza con la que implica a Thorin y proporciona la redención al personaje y hasta a toda la película. Salvo esos dos clímax, violentos y brillantes, las motivaciones y emociones de los personajes no traspasan la pantalla pese a los esfuerzos del elenco y el director. Jackson no puede exprimir al Hobbit del título, y de hecho saca de circulación al personaje sin proporcionar al excelente Martin Freeman la oportunidad de lucirse como sabe. El Hobbit. La Batalla de los Cinco Ejércitos nos enseña a un artista que se ha dejado llevar por su propio tesoro, contradiciendo flagrantemente el humilde discurso de su propia película, facturando un blockbuster que arrasará en taquilla pero que sólo muestra emoción e inteligencia en sus exhibiciones de ingeniería digital.

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