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Crítica: 'Los Pitufos. La aldea escondida'

Honrada, humilde y bonita, esta tercera entrega/reboot de Los Pitufos es una película infantil realmente buena.

Juan Manuel González
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Los Pitufos. La aldea escondida | Sony Pictures

Centrada en el elemento anómalo dentro de la aldea, Pitufina, esta tercera entrega –que funciona como virtual remake de las dos entregas de Los Pitufos que mezclaban imagen real y digital– se sitúa, con comodidad, como la mejor de las adaptaciones americanas de los personajes de Peyo. La aldea escondida, que así se subtitula esta tercera parte/reboot de la serie, es sin duda una digna y honrada opción de animación familiar, uno esos filmes a los que el tópico atribuye la capacidad de "entretener a niños y mayores". En efecto, Los Pitufos. La aldea escondida entretiene a niños y mayores, y sobre todo a los primeros, porque ese es el espíritu de los personajes originales.

Y si ello ocurre, aparte de su nada exuberante pero muy solvente factura técnica, es gracias a un guión que halla un punto de fricción inteligente, sin tampoco sentir la necesidad de subrayar o deslizar contenidos ocultos para reivindicarse. Pero ojo, eso no quiere decir que estemos ante un film vacío. ¿Quién es realmente Pitufina, la única habitante de la aldea sin un apellido que concrete –y a la vez, constriña– su carácter, su identidad, su función en el mundo? Los comics de Peyo no obviaban el contenido sociopolítico, aunque fuera como telón muy de fondo en un show donde primaba la calidez y honradez de sus personajes. Y en esta La aldea escondida, pese a apuntarse al carro de la reivindicación femenina (no necesariamente feminista, aunque algunos la apuntarán a esa liga) que el mainstream parece haber asumido desde Mad Max. Furia en la Carretera, hace lo mismo y lo hace muy bien: la película simplemente aporta nuevos atributos a un personaje más allá de su consabido glamour –¿eufemismo de explosiva?– que por tanto componen un personaje de superior complejidad al resto.

Todo tiene lugar, además, en un exuberante bosque con reminiscencias a la Pandora que se medio inventó James Cameron para Avatar, y que enfatiza una cámara virtual que se mueve libre y que separa, al máximo, las diferencias entre planos generales y primerísimos primeros planos de gente pitufa, y que por tanto crea un aire de cartoon abrupto, entrañable, capaz de poner detalles tanto a la caracterización de ciertos personajes como a su entorno. Y que no obvia momentos sentimentales obvios y simples pero, honestamente, muy bonitos: esa analogía que se traza en varias ocasiones de Pitufina con una flor (ese bonito y fugaz instante con Papá Pitufo cambiando una maceta de sitio); la somera alegoría social de las dos aldeas separadas... Los Pitufos. La aldea escondida, si quitamos una selección musical repleta de concesiones pero que no resulta difícil obviar, es una buena aportación al cine animado, y probablemente, al material original de Peyo, del cual bucea y aprovecha sus rupturas sin tampoco perder pureza, sin intención de revisarlas o trascenderlas.

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