En algún momento, las quinielas que daban como incuestionable ganadora en los premios Oscar a Una batalla tras otra, la odisea antitrump de Paul Thomas Anderson, empezaron a mirar hacia el sur. En concreto, hacia el Delta del Mississippi donde se ambienta Sinners (Los Pecadores), ese western racial de vampiros con música de por medio que arrasó de manera inesperada la taquilla del pasado verano. Aunque no se engañen: pese a que el equipo del film de Leonardo DiCaprio pudo sudar la gota gorda durante la gala, ambos films son del mismo estudio, Warner Brothers, que ahora mismo afronta su asimilación a la Paramount anti-woke de David Ellison. Con lo que, no se engañen, en el fondo y pese al camino que tomase la conciencia de la Academia (denunciar la deriva política migratoria o el maltrato a los afroamericanos) el premio iba a ir a estanterías anexas.
Finalmente fue Una batalla tras otra la que se llevó el Oscar a casa, pese a que las apuestas (y artículos como el de Variety) comenzaban a anunciar una sorpresa que no tuvo lugar. Los premios de la Academia de este año se presentaban como un evento inesperadamente emocionante, al menos para todos aquellos interesados en una u otra, sin que ninguno de los dos films cediesen. Si Una batalla tras otra ganaba guion adaptado, Sinners el de original; si el montaje era para el thriller satírico de DiCaprio, la fotografía recaía en los vampiros sureños. El pulso se mantuvo toda la noche.
Varias cosas más sucedieron que ayudaban a la incertidumbre: el error de preescolar de Timothée Chalamet menospreciando ciertas bellas artes como la ópera en una entrevista puso el Oscar en bandeja a Michael B. Jordan, que por otro lado ya había dado la sorpresa ganando el premio del Sindicato de Actores… después de que, fíjense, el mismo Chalamet perdiese en los BAFTA británicos por sorpresa ante Robert Aramayo. El desconocido de ascendencia vasca interpretaba en I Swear (Incontrolable) al activista y enfermo de Tourette John Richardson… el mismo John Richardson que involuntariamente lanzó un insulto racial desde la platea a Michael B. Jordan y Delroy Lindo porque, bueno, eso es lo que hacen los enfermos de Tourette. El momento permitió al reparto afroamericano de Sinners entonar la cantinela del racismo que tan bien viene para ganar premios, y lo ganó. Sería el último para la película de Coogler, el gran y sorprendente consuelo ante lo que vendría después.
¿Un lío? Sin duda, pero todavía quedan algunas iniciales hasta meterse en harina para explicar la competición. Una batalla tras otra, que hasta hace pocas semanas era la indiscutible favorita, iba con un espectacular palmarés de premios: Globos de Oro, Critics Choice, el citado BAFTA, ACE Eddies, el del Sindicato de Directores (DGA), el del Sindicato de Productores (PGA) y el WGA, que por si a alguien le interesa, es el de guionistas. Una ristra histórica de triunfos que garantizaba su bienestar en los grandes momentos del teatro Dolby. Pero, de nuevo, Sinners, la película más nominada de esta edición, y la película más nominada de la historia de los Oscar con 16 posibles premios, venía con una combinación inédita que jamás, jamás había perdido: los ACE (editores), el de reparto en los SAG y, de nuevo, los WGA. Tener al director de color Ryan Coogler recogiendo un premio por su (extraordinario) trabajo en Sinners era una opción golosa.
Pero no. La institución dio, eso sí, varias alegrías más al cine de género, las mismas que presagiaban precisamente el triunfo final de la gran oponente del film de vampiros: al menos durante sus primeros compases, Amy Madigan por la tía Gladys de Weapons, dos premios para Frankenstein por maquillaje y vestuario, y el de Sinners a guion original para Ryan Coogler o la banda sonora de Ludwig Goransson se sucediéron sin cuartel.
La gala, blanca y totalmente estándar, no fue especialmente divertida ni terrible. Fue una que, de hecho, dio toda la apariencia de durar media hora menos de lo habitual, prolongándose poco más de tres horas y media y sin excesos, con un último tercio fulgurante que compensó lo previsible de los premios finales, incluyendo el inevitable de Jessie Buckley por Hamnet. No, no se convirtió en una proclama política ni un cúmulo de eslógans, y solo Timothée Chalamet pudo salir realmente enfadado del evento. Todo lo demás, rutina de madrugada, hora española.




