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Hablemos de John Ford

Su visión del ser humano es realista y cristiana. Sus protagonistas son, casi siempre, perdedores dignos. Prefiere al perdedor noble que al vencedor sin escrúpulos.

Su visión del ser humano es realista y cristiana. Sus protagonistas son, casi siempre, perdedores dignos. Prefiere al perdedor noble que al vencedor sin escrúpulos.
John Ford. | Alamy

Tuve el placer de ser invitado recientemente al programa Economía para quedarte sin amigos por Nuria Richart y Domingo Soriano. Ambos son cultos y dicharacheros, curiosos y críticos, con un entusiasmo contagioso tanto por las ideas de todos los ámbitos como por el cine de todos los géneros. Agradezco sinceramente su invitación y la conversación que mantuvimos, tan fluida como llena de matices alrededor de tres películas de John Ford, La diligencia (1939), El sargento negro (1960) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962). Aunque tirando de hilos salieron muchos más.

En esta época en la que el cine se ha convertido en un campo de batalla ideológico sometido a los dogmas "woke", reivindicar a John Ford sigue siendo un acto de valentía intelectual. Durante décadas, parte de la crítica "progre" lo etiquetó como "fascista", "racista" o "nostálgico reaccionario del Oeste" —el calificativo de moda ahora es "colonialista"— sin entender que Ford fue, ante todo, un artista profundamente moral y un comentador lúcido de la condición humana. Como señalé en el programa, su cine jamás cae en el panfleto político y se adentra en la tragedia americana en estado puro. ¿Qué digo "americana"? Humana, porque de igual manera que Homero, Ford no es de ningún país porque es un creador de civilización.

Vayamos a las películas.

En La diligencia, un grupo heterogéneo y conflictivo de pasajeros (una prostituta, un prófugo, un banquero antipático, un médico borrachín, un jugador sureño, un comerciante de whisky acongojado que alegra la vida al médico con su mercancía) debe autoorganizarse ante el peligro apache. Nuria subrayó con acierto el componente hayekiano de la película, ya que el orden surge desde abajo, mediante un pacto informal basado en el coraje y el liderazgo natural, sin que el Estado (el ejército) acuda al rescate. Domingo, por su parte, destacó el contrapunto cómico del banquero, un personaje antipático que, sin embargo, pronuncia un discurso contra los impuestos y la intervención estatal que muchos liberales clásicos podrían suscribir. Los humanos para Ford son siempre centauros, capaces de lo mejor y lo peor, como le enseñó Homero en las figuras paradójicas de Aquiles y Ulises.

El sargento negro es una de las películas más poderosas y menos maniqueas del Hollywood clásico sobre raza y deber. Nuria y yo coincidimos en que la escena del monólogo de Woody Strode, donde el sargento Rutledge explica por qué no escapa pese a la injusticia, resume como pocas la ética fordiana basada en el cumplimiento del deber por encima del resentimiento personal. Domingo aportó una observación muy pertinente al relacionar esta dignidad con la igualdad ante la ley, uno de los pilares del liberalismo.

Pero es en El hombre que mató a Liberty Valance donde Ford alcanza su cumbre trágica, como coincidimos los tres. La famosa frase "Imprime la leyenda" pronunciada por un periodista inventa las "fake news", pero no es un simple cinismo periodístico, sino un reconocimiento doloroso de la naturaleza de la civilización, de que los pueblos necesitan mitos fundacionales. James Stewart encarna la ley, la educación y el progreso; John Wayne, la violencia tan tóxica como necesaria para que esa ley pueda arraigar. Nuria insistió en la dimensión romántica de la película y en el conflicto entre dos concepciones de libertad, la liberty salvaje de Liberty Valance (hacer lo que a uno le da la gana) frente a la freedom responsable, que implica deber y autocontrol. Domingo, por su parte, planteó la melancolía fordiana ante el progreso: ¿prefería Ford el pueblo salvaje pero auténtico o el civilizado pero más frío y político?

Tanto Domingo como Nuria matizaron durante el programa una idea central: Ford no era un liberal utópico ni un progresista contemporáneo. Era un demócrata rooseveltiano con un alma profundamente conservadora. Creía en la propiedad privada (el conflicto entre ganaderos y agricultores en varias películas remite directamente a Locke), en la familia, en la comunidad y en la redención personal. Desconfiaba de los grandes banqueros y del intervencionismo estatal excesivo, pero comprendía que la civilización se construye sobre tensiones que la hacen avanzar (nunca se está seguro si hacia Escila, Caribdis o la salvación).

Su visión del ser humano es realista y cristiana, como la de cualquier buen oriundo irlandés. Sus protagonistas son, casi siempre, perdedores dignos. Prefiere al perdedor noble que al vencedor sin escrúpulos. Como comentamos, Ford está siempre del lado de los marginales –la prostituta, el exconvicto, el soldado negro–, pero sin caer en el oportunismo victimista. Es decir, no es su condición lo que los salva, sino que, a pesar de todo, se mantienen en pie demostrando dignidad y coraje.

Como decía en tiempos de polarización, cancelación cultural y discursos simplistas, Ford sigue siendo el poeta borracho en la boda de papel cuché. Su cine exige una madurez maquiavélica en su mejor sentido, es decir, aceptar que la civilización se construye sobre un grado inevitable de violencia fundacional, que el progreso destruye mundos valiosos pero que la ley, aunque imperfecta, es preferible al caos.

Ford no nos ofrece consuelo prozac ni finales edulcorados, sino dignidad trágica, obligándonos a pensar hasta llegar a lo real, aquello que subyace a la realidad. Ford no imprime la leyenda, sino que filma la verdad. Y por eso, más de sesenta años después de muchas de sus obras maestras, sigue siendo uno de los directores indispensables de la historia del cine.

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