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El libro que hay que tener en casa

Mi lucha chorrea sangre. Junto a 'El Estado y la revolución de Lenin' o el 'Libro Rojo' de Mao Tse Tung, la obra de Hitler pertenece al género de la literatura criminal.

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Mein Kampf (Mi lucha) es uno de esos libros que hay que tener en casa. En la caja fuerte, junto a los fajos de quinientos euros, las pistolas y el cráneo de Goya o Murnau. O, a lo Edgar Allan Poe, disimulado en la biblioteca, flanqueado por El mundo de ayer y Sobre los acantilados de mármol. Los libros de Stefan Zweig y Ernst Jünger a modo de muros de plomo para contener las radiaciones peligrosas del libro de Adolf Hitler.

Hace falta toda la belleza espiritual de Zweig y la aristocracia guerrera de Jünger para domar el furor luciferino de Hitler. Por cierto, en ambas obras es protagonista secundario el hijo de aduanero que llegó a Führer. En la primera, todavía era un anónimo trabajador con el que se cruzaba Zweig cuando iba a comprar el pan. En la segunda, escondido bajo la figura amenazante del "Guardabosques", rodeado de una jauría de molosos.

En Alemania están entre prevenidos y atemorizados. En mitad de una "invasión" de inmigrantes y refugiados, cuya acogida le ha hecho ganar a Merkel la portada de Time como "personaje del año" y críticas cada vez más furibundas dentro de su propio partido, resulta que han caducado los derechos sobre Mi Lucha que ha pasado a ser de dominio público en 2016. Hasta ahora el gobierno de Baviera tenía dichos derechos y no permitía nuevas ediciones. Así que un libro tan maldito como de culto, rodeado de un aura demoníaca tan atrayente para los jóvenes a la búsqueda de una rebeldía con/sin causa, tiene todos los papeles para convertirse en el boom editorial de 2016 en una Alemania que ve elevarse ante ella el fantasma eslavo de Putin por el este, la crisis económica e islamista por el sur y con un negro en la Casa Blanca espiando a su canciller, en el oeste. Me barrunto una edición nazi con el subtítulo: "Os lo advertí".

Mi lucha es un tocho de cientos de páginas que se lee con fluidez, cierto apasionamiento y mucha estupefacción. Es una mezcla, para entendernos, entre El guardián entre el centeno, el Manifiesto Comunista, El árbol de la ciencia y los Protocolos de Sión. Novela de formación (tan querida a los alemanes que se ha consagrado el término "Bildungsroman" para designar dicha temática) escrita desde la prisión a los treinta y tres años, en la que entró después de un fallido golpe de estado, constata algunas de las virtudes éticas que llevarían a Hitler a convertirse en un Príncipe del Mal (incluso en el infierno cabe una historia de amor como la de Francesca y Paolo).

En primer lugar, es un visionario. Es un pangermanista que desde muy pequeño sueña con una Gran Alemania, en la que todos los alemanes vivan juntos y felices explotando al resto del mundo. Hitler sueña en constituirse en una especie de Mago de Oz en versión aria. En segundo lugar, la resiliencia. Nada ni nadie puede con él. Y mira que lo pasa mal, sobre todo cuando es un chaval hambriento y huérfano en las calles llenas de esplendor y miseria de la Viena finisecular, que compite con el Londres de Charles Dickens en contrastes de un capitalismo haciendo triples mortales económicos sin red.

También destaca en él la pasión cultural. Es capaz de no comer durante días para ir a la ópera. Y cuando llega destrozado de trabajar en la construcción devora libros (uno sospecha que primero metafóricamente y luego literalmente). Posteriormente, cuando sea soldado durante la Gran Guerra, llevará en la mochila El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, del que aprenderá de memoria párrafos enteros. En cuarto lugar, es un idealista. Si hay algo que desprecia es a los filisteos utilitaristas y pragmáticos. El adolescente Hitler vive para el ideal puro. Una mezcla de Robespierre y de presidente de Greenpeace (será tan incorruptible y sanguinario como el primero, y tan ecologista y vegetariano como se espera del segundo), sacrificará todo a lo que considera justo y sagrado. Los idealistas disfrutan de un prejuicio favorable cuando no suelen ser más que obsesivos de una sola idea. Para rematar, comparte la nociva y muy extendida intuición de que la riqueza constituye una suma cero, por lo que la prosperidad de unos significa automáticamente la pobreza de otros. De lo que deduce el colonialismo como corolario lógico a la lucha de razas. Todo ello adobado con un fanatismo y unidimensionalidad que le lleva a rechazar categórica y violentamente todas las visiones, artes y voluntades que no coinciden milimétricamente con la suya.

Voluntarioso y apasionado, utópico y muerto de hambre, estaba flaco como un chucho pero los ojos le brillaban con el fulgor de los iluminados. Su escuela son los míticos periódicos vieneses que deconstruía Karl Kraus desde La Antorcha. También, las discusiones con el resto de trabajadores, que le amenazaban con tirarlo del andamio. Y es que en el ambiente revolucionario del proletariado vienés una característica distinguía a Hitler como el lunar del rostro a Cindy Crawford: su nacionalismo alemán que mamó de pequeño en las clases de historia de profesor Pótsch, que debió de ser un extraordinario maestro para un díscolo discípulo. Por cierto, las ideas pedagógicas de Hitler, contrarias a la memorización y favorables a la oratoria, serían muy aplaudidas en las TED Talks como precursor de Ken Robinson. Hitler era socialista por cabeza y nacionalista de corazón. De aquellos debates con sus compañeros marxistas en las fábricas pulió su talento retórico y oratorio, sólo comparable en el siglo XX al de Churchill, y extrajo el convencimiento de que la violencia era un método legítimo para alcanzar el poder. Contra el bombardeo oratorio hitleriano de "lucha, peligro y muerte", que tan celebrado fue por el pueblo alemán, el führer inglés levantó su paraguas retórico de "sangre, sudor y lágrimas". Resistió por poco el lirismo británico a la épica teutona.

El paso de un nacionalismo en clave romántica, vinculado a la sangre, a un socialismo sui generis (de donde provendrá su "nacional-socialismo") y un antisemitismo furibundo se realizará en Viena como reacción al antinacionalismo del marxismo cosmopolita y al ultranacionalismo de los judíos sionistas. Tanto a los marxistas como a los judíos los verá Hitler como una amenaza contra su proyecto de fusión germánica de los arios de Europa. Los primeros por negar cualquier sentimiento nacionalista. Los segundos, por creer ser "la nación elegida". De los marxistas extrae la legitimidad de la violencia; de los sionistas, la confirmación de que es necesario unir a todos los arios bajo un solo Estado. Cuando comprobó que la mayoría de los líderes marxistas eran judíos, la coincidencia le pareció revelación. A todos ellos los odiará a muerte por considerarlos sus enemigos absolutos: sólo podía haber una violencia en el mundo y una "nación elegida" (la suya). Si Janik y Toulmin denominaron La Viena de Wittgenstein a su retrato de la élite intelectual austríaca que parió el psicoanálisis, el dodecafonismo y el positivismo lógico, podríamos denominar La Viena de Hitler al análisis de cómo bajo el palacio de los Habsburgo, la consulta de Freud y la Ópera de Mahler y Schoenberg se iba cociendo la revolución nacional-socialista que acabaría con todos ellos.

Se entiende que el gobierno de Baviera haya puesto tantos problemas para editar Mi lucha durante estos últimos setenta años. Del libro se desprende una imagen de Hitler, usando tres títulos de Nietzsche al que tanto admiraba, "Humano, demasiado humano", "Más allá del bien y del mal" y "Así habló Zaratustra". Dramático e intempestivo, profético y milenarista, una figura como la de Adolf Hitler y su literatura facilona sigue siendo un peligro sobre todo en manos de cierta juventud en plena anomia, a la búsqueda de un líder carismático con ideas claras que conectan con intuiciones básicas: el valor de lo próximo, el refugio de la patria, la defensa de los oprimidos, la satanización de los triunfadores, la crítica al mercado y la absolutización del Estado, la estereotipación de las minorías y la reivindicación de la fuerza. Cuando se disfrazan de Darth Vader hasta tiene gracia. Pero si sustituyen la espada láser y la máscara negra por la esvástica y el brazo en alto, entonces tendremos un problema Munich a Houston. Star Wars o El señor de los anillos tienen éxito entre la muchachada, independientemente de su valor cinematográfico, porque conectan con los valores guerreros del sacrificio personal en aras de un bien superior, trascendente, con mayúsculas. De ahí que personajes como Hugo Chávez o Putin sean amados por sus pueblos para pasmo y escándalo de las aburguesadas sociedades occidentales, instaladas en el confort de sus iphones cada vez más grandes y sus gin tonics cada vez más aliñados. Como mostró la película La ola, no por casualidad alemana, puede bastar la aparición de un cisne negro para que una camada de patitos inofensivos se transformen en una bandada de buitres. Al filisteísmo progre habitual le satisface creer que un Hitler resucitado no pasaría de ser una excéntrica star del Club de la Comedia, pero el ejemplo de Obama, Pim Fortuyn o Pablo Iglesias nos muestra cómo una oratoria energizante, un programa populista y una campaña electoral mediática puede hacer pasar del cero al infinito a cualquiera en nuestras democracias del espectáculo.

Mi lucha chorrea sangre. Junto a El Estado y la revolución de Lenin o el Libro Rojo de Mao Tse Tung, que plantean el exterminio de la clase burguesa, la obra de Hitler pertenece al género de la literatura criminal, cuya culminación serán las Bagatelas para una masacre y Escuela de cadáveres de Céline. Cuando George Orwell publicó su reseña del libro en 1940 terminó la misma advirtiendo sobre la infravaloración de su impacto emocional. Setenta y cinco años después, las circunstancias son muy diferentes y los mejores ángeles de nuestra naturaleza han vencido a sus antagonistas. Aunque, por si acaso, pasen sus páginas con guantes de amianto.

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