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Pedro Corral

La furia de la libertad

La conmemoración de la revolución húngara de octubre de 1956 tiene en España el don de la oportunidad. Aquel fue uno de los episodios más abyectos y repudiables del comunismo.

Pedro Corral
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Quiero empezar este artículo reconociendo a la embajadora de Hungría en España, Eniko Gyori, y a todos sus colaboradores el tenaz esfuerzo que han realizado y están realizando para que en España se recuerde merecidamente el sexagésimo aniversario de la Revolución de la Libertad en Hungría frente al totalitarismo comunista.

La memoria de la lucha del pueblo húngaro contra la dominación soviética tiene, sin duda, una notable importancia en España, donde una revisión del comunismo sostenida con cierta intensidad de un tiempo a esta parte puede acabar por edulcorar hasta la imagen de sus episodios más abyectos y repudiables.

El aplastamiento de la revolución de Hungría es uno de ellos. Y prueba de lo que digo es que un manual de Historia con el que estudian los alumnos de Periodismo en la Universidad Complutense llegue a afirmar que uno de "los mayores errores" que cometieron los soviéticos fue no ahogar a sangre y fuego el levantamiento de los héroes de la libertad húngaros, sino haber empleado carros de combate y no fuerzas de policía o tropas de infantería preparadas para la lucha en la calle. "Usar tanques contra manifestantes resultaba desproporcionado e ineficaz", apostilla Josep Fontana, el autor de dicho manual, dejando caer la palabra ineficaz como si nada hasta lo más profundo de la conciencia del lector.

Con el más profundo respeto a la libertad de cátedra, no me resisto a manifestar mi contrariedad por el hecho de que nuestros futuros periodistas cultiven su conocimiento del convulso siglo XX mediante argumentos comparativos acerca de la mayor o menor eficacia de los instrumentos de la violencia. Preferiría que, como en mi época de estudiante en aquella misma Facultad de Ciencias de la Información, se les forme en el compromiso ineludible con la libertad, santo y seña de nuestra vocación, sin la cual no hay periodismo digno de tal nombre, por no olvidar que lo primero que no hay en los regímenes totalitarios, de cualquier color, es dignidad alguna que se precie.

La conmemoración de la revolución húngara de octubre de 1956 tiene, pues, en España el don de la oportunidad. Sin embargo, en Madrid, donde celebramos hace dos años como se merecía el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, ha estado a punto de pasar desapercibida. Y eso que el derrumbamiento del bloque soviético, como se recordó en la efeméride berlinesa, tuvo su semilla en los levantamientos de Hungría y Poznan (Polonia) del año 1956.

El tesón de la embajadora Eniko Gyori, como apuntaba al principio, ha sido decisivo para que al final Madrid pueda recordar a quienes alzaron en Hungría la bandera de la libertad frente al totalitarismo comunista el 23 de octubre de 1956, tal y como deseaba la embajada y la comunidad magiar en España, que solicitaron al Ayuntamiento un espacio público para levantar un monumento costeado por el Gobierno húngaro. Nada muy distinto a lo que ha sucedido en otras grandes capitales y diferentes ciudades del mundo, que cuentan con un tributo de homenaje similar: Londres, París (en el mítico cementerio de Père Lachaise), Roma, Múnich, Bonn y Fráncfort, en Alemania, o en Poznan. Monumentos a la Revolución Húngara hay también repartidos por medio mundo: en Estados Unidos, en Boston, Los Ángeles, Denver, Miami o Dallas, entre otras ciudades; así como en Toronto, Canadá, y en Melbourne, Australia.

Después de muchos meses sin respuesta por parte de los actuales responsables del Ayuntamiento, por fin una iniciativa del Partido Popular en el Pleno municipal despejó el camino para que la capital de España cuente con un monumento a la Revolución Húngara, en la calle Budapest, del distrito de San Blas-Canillejas. La proposición fue apoyada por unanimidad de todos los grupos políticos, pero tal unanimidad se vio empañada por la ausencia de cinco concejales de Ahora Madrid, a quienes la votación sorprendió fuera del hemiciclo tomando un café.

En una ciudad que ama la libertad como Madrid, donde se recuerda ya con un monumento la caída del Muro de Berlín en 1989, es lo más natural que se recuerde también el acontecimiento que siempre ha sido considerado la génesis de la liberación de la Europa del Este del yugo comunista: el levantamiento del pueblo húngaro en reivindicación de su propio destino como nación libre y democrática, que les había sido arrebatado por Stalin y sus títeres con la llamada táctica del salami para, rodaja a rodaja, suprimir todas las libertades, como bien recordaba la concejal Alicia Delibes en un reciente artículo en Libertad Digital.

Con este monumento, Madrid honrará a los héroes húngaros de la revolución de 1956. A los 229 ejecutados después del levantamiento, incluido el primer ministro Imre Nagy, quien cuando en el juicio se le preguntó si iba a pedir clemencia después de ser sentenciado a la horca dijo: "Soy socialista. Amo la libertad". También a los más de 3.000 muertos como consecuencia del aplastamiento de la revolución por esos carros de combate soviéticos tan "ineficaces", y a las 26.621 personas condenadas a prisión y a campos de trabajo y a los 210.000 exiliados.

No quiero dejar de recomendar desde estas líneas el documental Freedom’s Fury, producido en 2006 nada menos que por el realizador Quentin Tarantino y la actriz Lucy Liu, con el medallista olímpico Mark Spitz como narrador. Como dije en el Pleno municipal al defender nuestra iniciativa a favor del monumento en Madrid, Freedom´s Fury es el más reciente homenaje que el mundo de la cultura en Estados Unidos, sin tantos complejos ni prejuicios cuando se habla de la libertad, ha dedicado a los héroes de la Revolución Húngara: un relato sobre la semifinal de waterpolo en los Juegos Olímpicos de Melbourne entre Hungría y la URSS.

Aquel encuentro, conocido como "el partido de la sangre en el agua", porque hubo hasta derramamiento de sangre, se jugó pocas fechas después del aplastamiento de la revolución por los soviéticos. La victoria de los húngaros en aquella dramática semifinal fue un pequeño gran acto de justicia histórica, celebrado con entusiasmo en todo el mundo.

El documental producido por Tarantino concluye con una secuencia de acontecimientos de la lucha por la libertad en el mundo, desde la Primavera de Praga a Gdansk, desde Tiananmen a la caída del Muro de Berlín y el derrumbamiento del bloque soviético. Pero recuerda que todo empezó en Hungría en 1956, en reconocimiento a los héroes de aquella revolución.

Desde el próximo 19 de octubre, fecha de la inauguración de su monumento en Madrid, también lo recordaremos todos nosotros.

Pedro Corral, concejal del PP en el Ayuntamiento de Madrid

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