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La novela negra de la China roja

Dentro de la novela negra y policial, quizás la aparición más fulgurante del siglo XXI haya sido la de Qiu Xiaolong con "Muerte de una heroína roja".

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Todo en esa novela era a la vez nuevo y antiguo: el héroe investigador, el inspector Chen Cao, parece cortado por el patrón de Hammet, Chandler o Ross McDonald, pero en vez de ser el típico detective privado, en conflicto territorial permanente con la policía, aquí es un inspector policial de alto rango cooptado, pese a sus antecedentes políticos, por el partido comunista. Tiene un padrino político en Pekín del que tira cuando una investigación se vuelve peligrosa pero eso también le granjea recelos entre los policías de a pie, a los que acaba ganándose, cuando se los gana, por su honradez dentro de un piélago de corrupción. Chicago en los años 30, Nueva York en los 40 o Los Angeles en los 50 son paraísos éticos al lado del Shangai de hoy.

Ese Shangai es aún, en parte, el de la ferocidad política comunista de la Banda de los Cuatro que tomó el poder en China el último año de vida de Mao. Yo estuve en Shangai en 1976 y era una ciudad fascinante e irreal, algo así como el Moscú de Stalin pasado por la Guerra del Opio, mientras Pekín era la URSS de Lenin pasada por una película de Hitchcock. Pero en Shangai los comunistas brindaban públicamente contra Den Xiaoping, dentro de la Campaña contra los "Vientos de Derecha", cuyo nombre oficial era "Campaña contra los vientos derechistas revocadores de veredictos justos dictados anteriormente".

En ese año terrible de 1976, en Pekín se respiraba cautela, terror, mientras en Shangai se respiraba poder. Esa ferocidad sectaria permanece agazapada, latente, en la burocracia del Partido Comunista que nos describe Qiu Xiaolong, a la que pertenece el inspector Chen Cao y donde conviven el sectarismo rojo y la honradez de la vieja guardia, las costumbres genocidas y el culto al Mao de la Larga Marcha, a una pobreza igualitaria que Mao impuso a todos los demás; menos a él mismo, claro.

Pero el Shangai actual es también el del triunfo de Deng Xiaping sobre la Banda de los Cuatro y el del capitalismo realmente salvaje, el comunista. Como en todos los regímenes similares, pero a una escala china, o sea, infinitamente mayor, la dictadura roja genera una corrupción ilimitada, con la aparición de nuevos estratos o clases sociales, y curiosos tipos urbanos con nombres tan expresivos como Bolsillos Llenos o Pequeña Secretaria, que evidentemente no es -o no sólo- una joven y bella secretaria. Chen Cao se mueve en esas aguas turbias de una sociedad fuera de la Ley que el Poder es el primero en vulnerar –y sus hijos en aprovechar- pero que a la vez debe mantener un mínimo de orden para no caer en el caos y volver a la pobreza que, pese a las desigualdades hirientes, China va dejando atrás.

Más que una aventura de Chen Cao

Qiu Xiaolong, disidente e hijo de disidentes, que dedica esta novela a los que resisten a la corrupción y al crimen de Estado desde las redes sociales, ha creado sin embargo un policía sutil y pensativo, capaz de comprender a los comunistas decentes y a los disidentes heroicos, a los jóvenes –y jóvenas- sin freno y también los frenos confucianos de los mayores. Para desesperación de su madre, nuestro héroe no acaba de encontrar mujer para casarse, pero no deja de conquistar bellezas interesantísimas que se mueven entre el burdel y la universidad, en este caso el nuevo periodismo.

Lo mejor de El enigma de China es que vuelve a tener la fuerza de la primera gran novela de Qiu Xiaolong, Muerte de una heroína roja. Esta no es una aventura más de Chen Cao, sino una nueva versión de aquella pintura de la China actual que comenzó hace una década. Tiene además este policía dos detalles para el lector culto muy atractivos. El primero es su condición de poeta, para ser precisos, traductor de inglés, devoto de T.S. Eliot y poeta bastante reconocido. Es este un rasgo que comparte con Adam Dalgliesh, el fabuloso policía de P.D. James. Pero, a diferencia del hermético policía británico, Chen Cao cita continua y abundantemente versos realmente magníficos de ciertos clásicos chinos poco o nada conocidos en Occidente.

El segundo rasgo distintivo es su detallada descripción de la comida china, común en el género desde Rex Stout a Camilleri y Márkaris, pasando por Vázquez Montalbán, pero que en los platos elaboradísimos de esa cocina adquiere caracteres líricos y cabalísticos, como si el mero enunciado de las recetas bastara para superar las descripciones de su sabor, que es a lo que se entregan Camilleri y demás tragones mediterráneos. A mí me gusta leer los nombres de los platos, pero como me gusta ver los jeroglíficos egipcios, sin entender absolutamente nada. A ver si Alberto Fernández nos explica algo.

En todo caso, con esta novela cualquiera puede empezar a leer a Qiu Xiaolong, uno de los grandes de la novela negra del siglo XXI, sin tener que remitirnos, como hasta ahora, a su primera y fascinante obra. El resto, como dice un libro célebre, aunque no chino, se nos dará por añadidura.

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