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Y una república catalana independiente, ¿cómo sería?

Barraycoa demuestra que es posible tomar al nacionalismo muy en serio y sacarle punta a todo cuanto en él invita a la ridiculización.

Cristina Losada
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El nacionalismo despierta dos actitudes críticas en apariencia opuestas. La una lleva a desenmascarar sus dañinas falacias y su sesgo totalitario. La otra explora su inmensa capacidad para hacer el ridículo. Por algo dijo Unamuno que las doctrinas nacionalistas eran "la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia". Esa hinchazón de ficciones históricas, de burdas caricaturas, de tremendas hipérboles, que aqueja al nacionalismo llama naturalmente a la mofa, con lo que parece quitársele hierro a sus peligros. Sin embargo, ambas actitudes no son excluyentes, sino complementarias. Es más, tenemos a un autor catalán que demuestra que es posible tomar al nacionalismo muy en serio y sacarle punta a todo cuanto en él invita a la ridiculización.

Javier Barraycoa (Barcelona, 1963), doctor en Filosofía y profesor en la Universidad CEU Abat Oliba, donde da clases de Sociología, Opinión Pública y Psicología Social, publicó en 2011 Historias ocultadas del nacionalismo catalán, un libro que fue todo un best-seller, y dos años después Cataluña Hispana. Ahora se ha puesto a imaginar cómo sería una República Catalana independiente en una novela satírica que se titula El último catalán y ha publicado la editorial Stella Maris.

A través de las andanzas de José Casademunt, un campesino de los Pirineos catalanes, el autor va esbozando los extravagantes rasgos de una Cataluña independiente en el año 2083. Unos rasgos, huelga decir, que derivan en buena parte de los que presenta el separatismo actual. El protagonista es un octogenario que después de vivir aislado en su masía durante mucho tiempo emprende un viaje a Barcelona, la "Capital Republicana de la Justicia y la Pluralidad", cuando le anuncian la expropiación de la casa que ha albergado a su familia durante centurias.

Hace entonces cincuenta años de la proclamación de la independencia y "todo ha sido fagocitado por una estructura de poder carente de espíritu y vida". Instituciones, organismos y leyes llevan nombres tan pretenciosos como kilométricos. El propio nombre del país resulta chocante: es la República Islamodependiente de Cataluña. Y lo es porque a la hora de la verdad, cuando hizo falta contar con un ejército, la escasez de voluntarios obligó a pedir la ayuda de la comunidad islámica. Si bien la independencia se consiguió sin apenas esfuerzo militar, aquella colaboración hubo de pagarse entre, otras cosas, con la prohibición del tabaco (sólo se puede fumar marihuana) y del chorizo, sacrificios que nadie había previsto y que Casademunt se las arregla para eludir.

Hay cosas, sin embargo, que no han cambiado en esa burocratizada, puritana e ineficiente república, donde cualquiera de los frecuentes fallos de los servicios públicos se achaca a los quintacolumnistas. Su presidente es Jordi Pujol-Puig (el Tercero) Millet de Mas y Nevera. La moneda del país son los pujoles y, por supuesto, el Padre de la Patria tiene una estatua inmensa en la Plaza de la Gran República Catalana (antes Plaza de Cataluña). Sigue también presente el nombre de Ángel Colom, como prócer que fue del islam en Cataluña. En cambio, ay, de Artur Mas ha quedado únicamente un recuerdo borroso, pues "tuvo una cierta relevancia hasta que la saga de los Pujol le volvió al sitio que le correspondía".

Mientras hace su accidentado viaje a la capital, Casademunt recuerda episodios de su vida que permiten reconstruir la historia, la oficial y la real, otra vez inevitablemente muy distintas, de esa república catalana a la que el protagonista había conseguido dar la espalda hasta ese instante. No en vano es miembro de una familia que ha pasado tres siglos enfrentándose a los que mandaban, igual que es, como le dirá un antiguo compañero de seminario reconvertido en ministro, "un vulgar, inculto y sucio catañol". La nueva Cataluña ha creado categorías de ciudadanos en función de su grado de pureza y fidelidad, y la de catañol ocupa el lugar intermedio entre el "muy honorable linaje catalán o raza pura" y el "español irrecuperable". Pero todo ese afán por la identidad ha conducido, por paradójico que parezca, a su pérdida. La tesis que subyace en el libro es que la “construcción nacional” lleva a una "desnaturalización de la identidad".

El último catalán provoca la risa haciendo desfilar ante el espejo a las caricaturescas criaturas del nacionalismo, dejando que se contemplen envanecidas en su grotesco devenir. Al tiempo, esta proyección en el futuro del Matrix catalán no deja de lanzar aquel aviso que aparecía en la legendaria revista satírica La Codorniz: "Tiemble después de haber reído". Porque la realidad, como es sabido, bien puede arreglárselas para superar a la ficción.

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