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Santiago Navajas

Unamuno, hombre de desierto

¿Cómo es entonces posible que se pusiera del lado del golpe de Estado contra la República, el más grande crimen contra la legalidad de su momento? 

Santiago Navajas
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¿Cómo es entonces posible que se pusiera del lado del golpe de Estado contra la República, el más grande crimen contra la legalidad de su momento? 

Largo Caballero escribió en la primavera del 36:

"Hay que prescindir (...) del tipo de candidato que está fuera de los partidos y que alternativamente se cree colocado por encima de ellos, como personificación de las minorías selectas. (...) Como ejemplos podemos señalar a Miguel de Unamuno y a José Ortega y Gasset"

Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Baroja, Azorín, Jacinto Benavente, Manuel Machado, Gregorio Marañón, Ramón Gómez de la Serna, Claudio Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal… todos ellos, republicanos confesos al inicio de la II República, se pasaron, en mayor o menor grado, al lado de los sublevados a partir de 1936. Eugenio Imaz, filósofo y traductor de filósofos que moriría en el exilio mexicano, se refería de esta manera tan crítica y sarcástica a ellos

Yo pienso en algunos maestros míos. Maestros que han vivido espiritualmente de la Revolución francesa, que la han puesto en el pináculo de la historia y el progreso humano, con o sin reservas… Vedlos ante la guerra de España: no han hecho ni reservas, se han metido corriendo en la campaña neumática de la "Tercera España"

Sin embargo, Unamuno no caía en las ingenuidades angelicales de Ímaz y muy pronto empezó a desconfiar del sendero que habían hecho tomar a la República sus pretendidos defensores

Ahora el mundo va por otros derroteros: fascismo o comunismo que convertirán a los hombres en un inmenso rebaño, donde será tratado impíamente todo lo personal, todo lo individual. Hay que imponer el genio individual sobre la masa que todo lo invade y pretende centrar al mundo en el materialismo histórico. Siento no tener que decir sino esto: amigos, hasta otra.

De todos los referentes republicanos anteriormente citados que más tarde llegarían a ser considerados "traidores a la República", Unamuno (Bilbao, 1864- Salamanca, 1936) y Ortega (Madrid, 1883- Madrid, 1955) eran los más destacados como líderes intelectuales. Filósofos a la española, ni escolares como los alemanes, ni técnicos como los anglosajones, tanto Unamuno como Ortega y Gasset pertenecían al grupo de ensayistas que se movían en el registro intermedio entre el artículo periodístico y el tratado erudito (baste comparar la diferencia de estilos de dos artículos tan parecidos en el fondo y, sin embargo, tan diversos en la forma como Ideas y creencias del filósofo madrileño con Sobre la certeza de Ludwig Wittgenstein). Eran muy diferentes como caracteres vitales pero compartían un fondo común político: el liberalismo político y económico orientado hacia la socialdemocracia. Lo que en aquellos tiempos, tan dados al análisis según el marchamo de la "lucha de clases", los convertía en "pequeño burgueses" sedientos de legalidad.

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Josep Pla, que trató frecuentemente a ambos, nos ofrece un perfil fidedigno de cada uno de ellos. Unamuno le parecía que "iba vestido de individualista", más dado al monólogo que al diálogo porque, en realidad, hablar para él era como pensar en contra de sí mismo. En su monólogo cabían todas las voces posibles, por lo que se trataba por parte de los "contertulios" de asistir en silencio y expectantes al debate que los diversos Unamunos tenían entre sí. Por ejemplo, estaba el Unamuno que detestaba a las derechas pero también el Unamuno que afirmaba que "en este país los hombres de derechas son los únicos que saben dónde les aprieta el zapato". Detestaba la propaganda porque, según Pla, "no era más que un liberal, un puro y simple liberal, partidario encarnizado de la legalidad". ¿Cómo es entonces posible que se pusiera del lado del golpe de Estado contra la República, el más grande crimen contra la legalidad de su momento? Algo muy grave tuvo que suceder bajo su punto de vista para que estimase que la legalidad ya no era suficiente al no tener legitimidad.

La calidad de la voz de Unamuno no era especialmente reseñable pero la de Ortega y Gasset, nos informa Pla, era

prodigiosa. Voz plena de barítono curtida, de una admirable precisión de matices, de una vocalización perfecta… suave, afrutada, delicada, de superficies que incitan al tacto (...) En la oratoria de Ortega, el constructor del idioma y el artista del idioma son inseparables.

La lapidaria descripción que hace Pla de Ortega y Gasset vale igualmente para Unamuno, palabra por palabra

Fue un gran amante de la sabiduría, un escritor considerable, un gran patriota y un gran buen hombre, tolerante y comprensivo.

Miguel de Unamuno se caracterizó por ser un filósofo "comprometido". Se la jugó siempre contra el poder establecido. En primer lugar, contra la monarquía autoritaria; más tarde contra la dictadura militar. Parecía que por fin había triunfado políticamente cuando en España se instauró una república. Pero, sin embargo, terminó manifestándose también en contra del régimen republicano y apoyando el golpe de Estado de Franco. En un arrebato de fidelidad a sí mismo, todavía tuvo tiempo de revolverse contra el régimen franquista que empezaba a perfilarse. Sin embargo, la gran cuestión reside en 1936: ¿por qué se manifestó en contra de la II República que tanto había ayudado a realizar?

El gran periodista Gaziel, que se mantuvo fiel a la República pese a comprender su deriva hacia el extremismo, tenía clara la significación de Unamuno

"Lo peor de todo es que yo no soy ni he sido nunca un hombre de desierto, un hombre, por ejemplo, de la estirpe del gran Unamuno (...) Muerto Unamuno, la intelectualidad española liberal parece capada"

La gran diferencia entre Unamuno y Ortega y Gasset es que el primero fue vencido físicamente pero no derrotado espiritualmente pero el segundo, además, no consiguió evitar cierto rebajamiento. Es lo que defendió, por ejemplo, Gaziel que tuvo la oportunidad de presenciar una conferencia de Ortega y Gasset en Madrid bajo el retrato de Franco. Diciembre de 1948:

Ortega es el más ilustre exponente de la vieja y triste generación de intelectuales españoles -Marañón, Pérez de Ayala, Azorín, Benavente, Baroja, etc.- que asiste a la muerte de toda libertad en las tierras de España. Y nuestra gran tragedia es que la mayoría de ellos lo hace no sólo sometida, sino además envilecida.

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Unamuno muere el 31 de diciembre de 1936. Tenía previsto, un titán andariego como era el vasco, morir pasados los noventa pero el hombre al que no le importaba pelearse con reyes y dictadores tuvo que ceder ante sus propias contradicciones, ante el peso de sus pasiones enfrentadas a la realidad. La tarde en la que murió tuvo su última tertulia, una de esas conversaciones que amaba (los más cínicos dirían que más bien eran "monólogos"), con un joven catedrático falangista, Bartolomé Aragón, que le expuso la pesimista idea de que parecía que Dios había dado la espalda a España. Unamuno replicó:

"¡No! ¡Eso no puede ser! Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse"

España, pese a quien pese, a los chacales y las hienas, sigue salvándose. El viejo león del desierto finalmente tenía razón.

Extractos del capítulo "Unamuno y Ortega contra la Segunda República", en el libro Eso no estaba en mi libro de Historia de la Filosofía de Santiago Navajas.

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