Menú

Pemán o el abuso de la memoria histórica

Pemán no fue un santo ni un demonio, sino un intelectual de derechas que apoyó a un bando en una guerra fratricida y construyó una obra literaria valiosa.

Pemán no fue un santo ni un demonio, sino un intelectual de derechas que apoyó a un bando en una guerra fratricida y construyó una obra literaria valiosa.
Busto de homenaje a José María Pemán en Cádiz | Alamy

El Ayuntamiento de Cádiz, gobernado por el PP, reabre el Teatro del Parque Genovés con su denominación histórica, Teatro José María Pemán. La medida reaviva el debate sobre la Ley de Memoria Democrática. De un lado, el peso de una trayectoria literaria; del otro, las servidumbres del reconocimiento social.

Es innegable que Pemán fue un prolífico escritor, poeta y dramaturgo gaditano. Su obra abarca teatro clásico, poesía, ensayos y artículos periodísticos que lo consolidaron como figura relevante de la literatura española del siglo XX. Académico de la RAE, destacó por un estilo clasicista, católico y humanista. Su peso artístico –habrá quien sostenga que su pecado político– consistió en alimentar una visión cultural arraigada en la tradición hispana y en la imaginería católica, poco de moda en una izquierda que abjura de lo simbólico español, sobre todo si es cristiano (a años luz de Lorca y Antonio Machado, una izquierda sin complejos patrióticos ni resabios antirreligiosos).

jose-maria-peman-1.jpg
José María Pemán

Es su trayectoria política, sin embargo, la que genera mayor controversia ya que nunca fue demócrata y, al estallar la Guerra Civil, se alineó con el bando sublevado, contribuyendo a la propaganda franquista con conceptos como la "Cruzada" y la "anti-España" –recuperado, por cierto, por el socialista Salvador Illa al tildar de "malos españoles" a quienes critican el sistema de financiación autonómica–. Ocupó cargos en las Cortes franquistas, aunque en sus últimos años evolucionó hacia posiciones liberal-conservadoras. Luis María Ansón relata que Rafael Alberti no toleraba que nadie lo denostase, entre otras cosas porque fue Pemán quien logró que un ministro franquista lo autorizara a viajar de incógnito a Cádiz, y quien lo acompañó de vuelta fue la hija monja del propio Pemán.

Esa dualidad –el artista y su evolución política– es el núcleo del debate. La memoria histórica, según sus defensores más radicales, exige retirar honores a quienes colaboraron con el franquismo, sin matiz ni consideración hacia el compromiso de tantos intelectuales de izquierda con el totalitarismo socialista. ¿Dónde trazamos la línea? La historia española del siglo XX está plagada de figuras que no pasarían el algodón de la pureza antitotalitaria.

Rafael Alberti o Almudena Grandes

Tomemos a Rafael Alberti, cuya obra lírica es una de las cumbres del siglo. Se alineó con el comunismo estalinista, apoyó a la URSS y vivió su exilio militando en causas que justificaban regímenes genocidas. Nadie con dos dedos de frente y un mínimo de talante tolerante propone borrar sus poemas de las antologías porque su arte trasciende, aunque no disculpa, sus errores políticos. El reconocimiento que se le tributa obedece tanto a su valía artística como a su posterior evolución hacia un Estado de derecho que durante mucho tiempo consideró tan burgués como fascista.

El caso de Almudena Grandes ilustra la asimetría en el tratamiento de la memoria. La escritora, figura destacada de la izquierda cultural, se burló en columnas y minimizó atrocidades republicanas –como el de las monjas violadas y asesinadas durante la guerra– y llegó a expresar, espero que solo hiperbólicamente, deseos de fusilar a adversarios políticos. Esa incitación al odio no ha impedido que sus novelas sean celebradas, premiadas y estudiadas en instituciones públicas. Su legado literario prevalece sobre los juicios maximalistas que la pondrían en la picota.

adolfo-suarez-oviedo1996.jpg
Adolfo Suárez

La historia, a diferencia de la memoria histórica, no es maniquea. Adolfo Suárez, clave en la Transición, fue alto cargo del Movimiento Nacional franquista. Como presidente, sin embargo, pilotó la reforma política, legalizó partidos –incluido el PCE de Alberti– y sentó las bases de la Constitución de 1978. ¿Deberíamos retirarle honores por su pasado o reconocer su contribución posterior? La respuesta obvia es la segunda, porque la gente cambia y los contextos también.

La memoria histórica no debe convertirse en un tribunal vengativo ni en un Ministerio de la Verdad orwelliano que borre la historia de un bando para enaltecer al otro, como si unos fueran villanos diabólicos y otros santos inmaculados. La Guerra Civil fue una tragedia colectiva con atrocidades en ambos lados, de los religiosos y civiles asesinados por milicias republicanas a la represión de los vencedores. Del bombardeo de Cabra al de Guernica. Borrar el nombre de Pemán mientras se mantienen los de Alberti, Picasso o Almudena Grandes implica revanchismo, no justicia, mucho menos reconciliación.

Pemán no fue un santo ni un demonio, sino un intelectual de derechas que apoyó a un bando en una guerra fratricida y construyó una obra literaria valiosa. Su teatro en Cádiz honra al escritor que representó una tradición cultural, sin que ello avale sus acciones políticas de hace casi un siglo. La cultura española es rica por su pluralidad, y sus mejores nombres no están exentos de sombras. Ahí está el antisemitismo de Quevedo o el esclavismo de Velázquez. Quien esté libre de retrato doriangrayesco, que tire la primera piedra canceladora.

En un país que aspira a la normalidad democrática, los espacios culturales deben priorizar el valor artístico y el arraigo local sobre las purgas ideológicas. La verdadera memoria histórica recuerda a los excelentes sin ocultar sus aristas, pero tampoco los instrumentaliza para dividir. Renombrar teatros con cada cambio de gobierno no enriquece la cultura, solo alimenta rencores. Cádiz merece que su teatro lleve el nombre que lo identificó durante décadas, sin negar las contradicciones de Pemán. La grandeza de una nación radica en asumir su historia completa, no en editarla según conveniencias del presente. Eso sí, si yo fuera alcalde, lo llamaría Teatro Pemán-Alberti, para fastidiar por igual a los sectarios de todos los partidos.

Temas

En Cultura

    Servicios

    • Oro Libertad
    • Inversión
    • Securitas