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Juan Cermeño

Valor y al toro

El martes, dos hombres me dieron una lección mucho más valiosa que cualquier discurso prefabricado envuelto en una masa de censores.

El martes, dos hombres me dieron una lección mucho más valiosa que cualquier discurso prefabricado envuelto en una masa de censores.
MADRID 11/06/2023.- El diestro Roca Rey termina ileso la faena a su segundo toro de la tarde, este domingo en Las Ventas, en la corrida 𝙄𝙣 𝙈𝙚𝙢𝙤𝙧𝙞𝙖𝙢 𝙅𝙤𝙨𝙚́ 𝘾𝙪𝙗𝙚𝙧𝙤 ‘𝙔𝙞𝙮𝙤’, en la que se lidian reses de Victoriano del Río y Cortés. EFE/ Kiko Huesca | EFE

La fiesta del toro siempre pasó de puntillas por casa. Éramos perfectos desconocidos. Nunca fue tradición; sólo permanece el recuerdo de esa casa con estética de posguerra y mi abuelo sentado detrás del sofá, vigilando a su prole, codo en mesa y puño en mejilla. Dormitaba con un tembloroso cigarro en la comisura de los labios y un tercio de Mahou a su vera, refunfuñando si alguien osaba quitar la faena de la televisión a menos que fuera por una película de John Wayne.

Malos tiempos para las tradiciones. Algunas sobreviven desahuciadas, manteniendo las formas y perdiendo su esencia –ay, ese mercadeo de sillas en primera fila de las procesiones como si fuera la zona VIP del festival–. Otras se revuelven ante la insistencia de la turba en liquidarlas por la puerta grande, como es el caso de la tauromaquia. Cotiza a la baja, víctima de ese tozudo acuerdo popular por el que catolicismo y patria siempre acompañan al toro. Ese triduo sufre una eterna penitencia por ser el fetiche de los que vencieron cuando las dos Españas se encañonaron.

Pero hay brotes verdes, que diría de la Vega, y la fiesta resiste y resurge ante las hordas canceladoras. Plazas llenas a lo largo de la geografía española, quién sabe si por devoción o contracultura. No es el aficionado quien llena la plaza sino los jóvenes atraídos por la Fiesta y la fiesta, me cuenta el compañero Javier Romero. Tampoco conviene olvidar esa inestimable ayuda del poder central al erigirse como cruzado contra el toreo: mano de santo para que esa juventud acuda en masa al albero como si respondieran al muecín que llama al rezo desde el minarete de la mezquita.

La plaza de Santander recibió el martes pasado a Cayetano, Roca Rey y Pablo Aguado. Cuando el peruano sacaba la muleta a pasear con el último de la tarde, el toro pareció no distinguir entre el hombre y el trapo y se lanzó a tumba abierta contra éste. Tras la arremetida, Roca Rey se vio espalda contra tablas y flanqueado por dos pitones. Lo que ocurrió después ya es historia. Con Roca Rey a merced del animal, un hombre aparece en escena y coloca su capote junto a los pitones del toro, poniendo su vida en manos de la bestia. Ésta le ignora hasta que responde al quite de otro, que acaba de marcarse 60 metros lisos en manoletinas para llegar hasta ellos. Éste va a capote quitao y cuando el toro le da caza, es lanzado por los aires como el peruano unos segundos antes. Y el primero, escudo humano de Roca Rey mientras esto sucede, se da cuenta de que el toro tiene una nueva víctima y corre en su auxilio, con otro quite que salva al segundo hombre. Estos dos héroes son, como habrán escuchado, el banderillero Antonio Chacón y el torero Cayetano Rivera.

No es casualidad que donde sucumben las tradiciones triunfen las apariencias. Abundan los oligofrénicos que imaginan amenazas como Don Quijote gigantes, respondiendo a opresiones invisibles a base de retórica hueca. Salen en masa a defender causas aparentemente nobles, pero a veces me pregunto cuánto vale aquello que defienden. ¿Lo defenderían sin importar cuántos fueran? ¿Se plantarían ellos solos frente al peligro y la injusticia? ¿Defenderían la verdad, aunque fueran sólo doce, como decía Juan Pablo II? A fin de cuentas, mientras Antonio se interponía entre el toro y Roca Rey, las nuevas masas enfurecidas hacen lo contrario: intocables en su anonimato, usan a sus compañeros como escudo.

Sigo sin entender mucho de toros. Pero el martes, dos hombres me dieron una lección mucho más valiosa que cualquier discurso prefabricado envuelto en una masa de censores, ofendidos y voceros. La retórica sucumbe a la acción. En estos tiempos, parece más necesario que nunca el acto de valentía que representan unos pies bien plantados en el albero dispuestos a morir por el compatriota. El valor de un hombre es la punta de lanza de su moral. Y la distancia entre el toro y él la mejor medida de su valía, antes que el número de asistentes a una manifestación.

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