
Hay clubes cuya historia pesa tanto que parece imposible imaginarlos en caída libre. Pero la realidad no entiende de escudos ni de nostalgias. El Real Zaragoza vive instalado desde hace casi tres lustros en una inestabilidad crónica y, a estas alturas de la temporada, vuelve a mirar con preocupación al abismo deportivo.
La derrota del pasado viernes ante el Granada CF en el Ibercaja Estadio (por 0-1, con un solitario gol de Álex Sola en el minuto 98) dejó una imagen desoladora: lágrimas en la grada, incredulidad entre la afición y sensación de agotamiento emocional. No era sólo un partido perdido, sino la expresión visible de una decadencia prolongada. A falta de cuatro jornadas para el final de LaLiga Hypermotion, el equipo maño es penúltimo en la tabla con 35 puntos y el riesgo de descenso a Primera RFEF vuelve a estar más latente que nunca.
El investigador deportivo Luis Serrano, en un duro análisis remitido a Libertad Digital, resume el sentimiento de buena parte del zaragocismo al cuestionar si los actuales dirigentes representan de verdad los valores históricos del club. Su texto toma como referencia una frase del himno blanquillo: "nobleza y valor", lema que hoy muchos aficionados consideran más aspiracional que real.
Propiedad discutida y liderazgo distante
Desde la llegada en verano de 2022 del grupo inversor encabezado por Joseph Oughourlian —presidente y máximo accionista del Grupo Prisa—, la esperanza inicial ha ido dando paso a la decepción. El zaragocismo esperaba músculo financiero, planificación moderna y un proyecto sólido para regresar a Primera División. Sin embargo, lo que percibe gran parte del entorno es desconexión y ausencia de liderazgo visible.
Uno de los reproches más repetidos es la escasa presencia pública del presidente de la entidad, Jorge Mas —al mismo tiempo, máximo dirigente del Inter Miami—, en los momentos más delicados. Cuando el equipo más necesitaba un mensaje de firmeza, tranquilidad o cercanía, el silencio institucional ha sido desgraciadamente protagonista. En el fútbol, y especialmente en una plaza tan emocional como Zaragoza —la cuarta ciudad más poblada de España con cerca de 730.000 habitantes—, la distancia se paga cara.
El club necesita algo más que accionistas: necesita referentes. Y hoy muchos aficionados no saben quién toma realmente las decisiones, quién asume errores y quién lidera el rumbo de la entidad.
El fracaso deportivo de una temporada límite
La situación deportiva es la consecuencia más inmediata de una cadena de malas decisiones. Cambios constantes, falta de continuidad en la dirección deportiva, entrenadores relevados (un total de cuatro esta temporada, entre Gabi Fernández, Emilio Larraz, Rubén Sellés y el actual, David Navarro) y una plantilla incapaz de ofrecer regularidad han desembocado en otra campaña marcada por el sufrimiento.
El Real Zaragoza no pelea por ascender, ni siquiera por estabilizarse en la zona media. Pelea por no bajar a la tercera categoría del fútbol español. Y eso, para una institución que fue campeón de la Copa del Rey, campeón continental y habitual de Primera, supone un golpe durísimo.
También preocupa la cantera. El Zaragoza siempre encontró en sus categorías inferiores una fuente de identidad y talento. Sin embargo, la sensación actual es de desprotección, pérdida de rumbo y fuga de activos jóvenes —con los casos de Iván Azón y Jano Monserrate entre los más significativos— que a día de hoy ven más atractivo crecer lejos de casa.
La mayoría de focos del desastre deportivo se dirigen hacia la figura de Mariano Aguilar, miembro del Consejo de Administración, no accionista, colocado por Oughourlian. Por si fuera poco, el que fuera jugador del Atlético de Madrid está pendiente de un juicio por presunto fraude a la Hacienda Pública por la cantidad de 4,8 millones de euros, entre 2013 y 2017, junto al también exfutbolista colchonero Juanma López, en el marco del conocido caso Doyen.
Cuentas ajustadas y promesas de futuro
La Nueva Romareda, con el fin de las obras de construcción previsto para junio de 2027 —con el objetivo de que el Real Zaragoza estrene el estadio en la temporada 2027/2028—, aparece como gran esperanza transformadora, pero también como símbolo de un futuro que todavía no resuelve el presente. Mientras se proyecta una instalación moderna y ambiciosa, el equipo continúa atrapado en el pozo y con dificultades estructurales evidentes.
En el apartado económico, en su condición de director general del club, Fernando López Lobete es señalado como principal culpable. Según apunta Luis Serrano a este periódico, su obediencia debida a Mariano Aguilar es máxima y, aunque sus decisiones en el ámbito deportivo son nulas, se esfuerza en simular que lo son, desviando así el foco de las responsabilidades propias del consejero sobre sus espaldas. Asimismo, López estaría temeroso de perder nuevamente su puesto de director general, pues ya fue cesado de este mismo cargo en el Club Atlético de San Luis mexicano y el Atlético Ottawa canadiense.
El problema no es soñar con un estadio de primer nivel. El problema es hacerlo mientras la base deportiva tiembla. Porque ningún recinto salva por sí solo a un club sin proyecto competitivo, sin identidad clara y sin paz social.
La afición, último gran patrimonio
La afición zaragocista, una de las más fieles de España, ha demostrado paciencia infinita. Pero la paciencia no es eterna. Y cuando los resultados no llegan, las cuentas generan dudas y el discurso institucional no convence, la desconfianza se multiplica. Y es que si algo sostiene hoy al Real Zaragoza es su gente. Pese a años de golpes, decepciones y promesas incumplidas, La Romareda —y ahora el estadio provisional— sigue respondiendo. Pocos clubes de Segunda conservan semejante respaldo social.
Ese capital emocional es enorme, pero también delicado. No puede malgastarse indefinidamente. El zaragocismo exige lo mínimo: claridad y profesionalidad. Porque la historia no garantiza el futuro. "Rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras", dice uno de los axiomas más conocidos en los mercados financieros.
Y el Zaragoza, gigante dormido durante demasiado tiempo, necesita despertar ya. No bastan lemas en una pared ni apelaciones románticas al pasado. Hace falta gestión y liderazgo. La nobleza y el valor que cita el himno del club maño no deberían ser un adorno, sino una hoja de ruta.





