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¿Qué es peor: la deflación o la inflación?

La obsesión del presidente de la Reserva Federal (FED) de EEUU, Ben Bernanke, por la deflación no es ningún secreto, por algo se le conoce como Helicóptero Ben, ya que está dispuesto a lanzar todo el dinero que haga falta para evitar la deflación. Pero, ¿qué es peor?

Ángel Martín
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Lo cierto es que está cumpliendo con las expectativas. Sus medidas inflacionistas, tanto las convencionales -bajadas de tipos de interés- como las no convencionales -quantitative easing-, son prueba del denodado esfuerzo y empeño que Bernanke está poniendo en su tarea.

Otra cosa es que tenga éxito en su empresa, algo que parece bastante dudoso. Tan sólo es necesario ver cómo la base monetaria se ha disparado en los últimos meses, mientras que no hay repuntes significativos de los precios, ni tampoco la actividad económica se está estimulando.

Como ya destacó el profesor Antal Fekete, lo que los bancos centrales pueden hacer es imprimir billetes, pero eso no implica que esos billetes vayan a circular a través de los agentes económicos. Así, criticaba muy duramente al planificador monetario norteamericano, llegando a decir que podría llegar a “tener el honor de administrar el golpe de gracia a nuestra civilización” mediante una hiperdeflación que causaría el colapso económico.

Sin embargo, en el otro lado del debate, otros analistas opinan que las medidas de Bernanke podrían generar hiperinflación tarde o temprano. Por ejemplo, el prestigioso economista y gran estudioso de la historia de la Reserva Federal, Allan Meltzer, afirmaba recientemente que ninguna nación que haya incurrido en déficits públicos desorbitados, junto a una política monetaria expansiva, ha escapado de la inflación. Para evitar esto, Meltzer recomendaba recortar considerablemente el gasto público.

Aunque pueda parecer que las medidas de Bernanke son irresponsables y poco sensatas, no está ni mucho menos solo. En efecto, economistas de la talla del último premio Nobel, Paul Krugman, o uno de los autores de manuales de teoría económica más afamados, Greg Mankiw, abogaron por generar inflación alta durante años a través de medidas poco convencionales, apoyando así la política aplicada por Helicóptero Ben.

Evolución de la base monetaria en EEUU

Estos economistas copan posiciones en las universidades más prestigiosas de EEUU, como Princeton o Harvard, y tienen gran influencia en el mundo político como asesores económicos. Visto así, las políticas de Bernanke no resultan tan extrañas.

Las autoridades de Estados Unidos están siguiendo, como mínimo, una de las medidas que Keynes recomendó en 1933 en una carta dirigida al entonces presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt, en medio de la Gran Depresión de los años 30.

¿Es peor la deflación que la inflación?

Pero, ¿de verdad es deseable generar inflación, como arguyen estos economistas? ¿No es la inflación uno de esos males económicos que no es bueno fomentar? No hay duda de que estos profesores en sus clases hablarán de las perjudiciales consecuencias de la inflación. Pero quizá agreguen que la deflación es aún peor, por lo que si hay que elegir entre ambas, se quedan con la inflación, especialmente en una coyuntura como la actual. Así, la prioridad será evitar la deflación mediante las actuaciones que hagan falta.

Desde estas páginas ya se defendió la necesidad de que los precios se ajustaran, es decir, que bajaran aquellos precios, como las acciones o los pisos, que estaban inflados durante la burbuja. Sólo de esta manera se podría producir el necesario ajuste en las actividades productivas que nuestra economía requiere para responder a las necesidades de la gente. Por ejemplo, para que se dejen de producir tantas casas, que no son demandadas, su precio debe bajar.

Por tanto, generar inflación como defienden Krugman y Mankiw sería una receta contraproducente, ya que se evitaría este ajuste de precios y de la estructura de la producción, fenómenos necesarios para salir del agujero. Dicho de otra manera, las negativas consecuencias del pinchazo de una burbuja (insostenible por definición) no se curan tratando de crear más burbujas, sino facilitando el proceso de ajuste de una situación insostenible a una sostenible.

Pero analicemos otro de los efectos de la inflación que apenas suele mencionarse. Éstos van mucho más allá de las consecuencias económicas que acarrea la subida sostenida en los índices de precios -que suele ser la definición de inflación más común, aunque discutible-, e implican efectos morales y sociológicos perversos a gran escala.

El economista británico John Maynard Keynes no pudo expresar estos efectos de la inflación más claramente, cuando dijo en 1919, atribuyendo la idea a Lenin, que “no hay manera más sutil y segura de erosionar las bases existentes de la sociedad que envilecer la moneda (inflación). El proceso involucra a todas las escondidas fuerzas de la ley económica hacia el lado de la destrucción, y lo hace de una forma en la que ni un hombre en un millón es capaz de diagnosticar”.

Además, añadía que este proceso suponía una confiscación arbitraria de la riqueza, beneficiando a algunos y perjudicando a otros. Entre los más perjudicados se encontraban las clases medias, pero también los “proletarios”.

De esta manera, como sostiene el economista George Reisman, se puede producir un aumento notable y artificial de las desigualdades de renta -donde el estrato más rico de la población parece incrementar dramáticamente su riqueza en relación al resto, y los beneficios corporativos se incrementan a ritmos superiores al de los salarios-, fenómeno que tan ampliamente es relacionado al “capitalismo feroz”.

Y es que, el proceso por el cual se inyecta el dinero en la economía es gradual, es decir, unas personas, empresas o sectores reciben el dinero fresco en primer lugar, mientras que los demás lo recibirán, también gradualmente, en un periodo posterior.

Así, los más beneficiados por la inflación son quienes reciben el dinero primero, ya que son ellos quienes, al demandar bienes o servicios, empujan los precios hacia arriba, traspasando ese mayor coste a quienes reciban el dinero más tarde, ya que se verán perjudicados por el alza de precios (pérdida de poder adquisitivo).

En realidad, los fondos adicionales generados por la expansión crediticia suelen ir primero hacia el sistema bancario o el propio Gobierno. Así, ese dinero suele empujar hacia arriba el precio de activos financieros. Como argumenta Reisman, dado que “los propietarios de acciones son mayoritariamente individuos ricos”, son éstos los principales “beneficiarios de las sustanciales ganancias de capital”.

Y añade que en este proceso en el que nuevo dinero fluye hacia los mercados financieros, “los banqueros de inversión y especuladores bursátiles están en una posición (privilegiada) para llevarse las mayores ganancias”. Así es como se instrumenta la redistribución de rentas orquestada por las políticas inflacionistas.

El economista austriaco Ludwig von Mises también percibió efectos muy perniciosos de la inflación, añadiendo que ésta -la expansión artificial del crédito liderada por los bancos centrales- es la responsable de que haya ciclos económicos -periodos de auge económico seguidos por abruptas recesiones-.

Asimismo, reconoció los nefastos efectos de este proceso sobre el sistema capitalista, advirtiendo que, debido a la ignorancia económica generalizada, se atribuye a este sistema la responsabilidad por las crisis económicas, generándose así una actitud contraria hacia la libertad y el mercado.

Pero Mises también observó profundas consecuencias sociológicas de este proceso de auge y recesión: el optimismo, las ilusiones y altas expectativas que se generaron erróneamente en la época de auge son echadas por tierra abruptamente por la necesidad de reajuste de la economía (recesión). De este modo, se produce desengaño, falta de confianza o descorazonamiento en la sociedad, advirtió. Las reflexiones de Mises no podrían estar más vigentes hoy en día.

Además, como argumenta el economista Steve Horwitz en un trabajo sobre los costes de la inflación, ésta implica una reasignación ineficiente de los recursos de la sociedad desde varios puntos de vista. Por ejemplo, la inflación obliga a los propietarios de riqueza a buscar formas de preservación de ésta, acudiendo a asesores financieros, dedicando dinero y tiempo.

Esto no sucedería en un ambiente monetario estable, donde el dinero conservara su valor y se pudieran dirigir las actividades productivas a satisfacer directamente las necesidades de los consumidores en lugar de protegerse contra la inflación.

Más poder público

Por otro lado, la inflación supone un aumento del atractivo del mundo político y burocrático, frente al atractivo del mercado, un fenómeno perjudicial que implica el aumento de actividades buscadoras de rentas y privilegios (rent-seeking), y la politización de la asignación de los recursos y el despilfarro que esto lleva consigo.

Afirma Horwitz que la forma más importante en la que toma forma este proceso es “cuando los individuos se frustran por los resultados de mercado inducidos por la inflación -dado que ésta dificulta el cálculo económico realizado por los empresarios, nublando las señales que ofrece el mercado-, y perciben que el proceso político es la vía apropiada para remediar la situación”.

El problema se agrava cuando la opinión pública se queja de las subidas de precios y la pérdida de poder adquisitivo, pero no la relaciona con las acciones de los gobiernos o bancos centrales, pidiendo así mayores intervenciones -como controles de precios para evitar que éstos suban por decreto gubernamental-.

De esta manera, como ya señalara Mises, “el dirigismo dinerario y crediticio es el arma principal con que los gobernantes anticapitalistas cuentan para imponer la omnipotencia estatal”. Una conclusión no demasiado descabellada si uno estudia los orígenes y evolución de la banca central, tanto en España como en Estados Unidos.

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