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Emilio Campmany

Sánchez y el rey

El momento de mayor riesgo para las monarquías constitucionales no se produce cuando las ataca la izquierda, sino cuando las sobreprotege la derecha.

Europa Press

Sánchez acusa al rey de no haber visitado Ceuta en veinte años, que son los transcurridos desde el viaje que hizo su padre. No lo hace solo para responsabilizar al rey de una decisión que es necesariamente gubernamental, de Sánchez y de sus antecesores. También se compromete a que lo hará en breve, no solo para desacreditar la acusación de que el Gobierno se pliega en todo a la voluntad de Mohamed VI, puesto que, si por el monarca alauita fuera, tal visita no se produciría nunca. Lo que sobre todo quiere es transmitir la idea de que los socialistas chocan con Felipe VI, que pretende visitar Ceuta en las peores circunstancias tras no haberlo querido hacer en momentos más propicios. Lo que en realidad ocurrió es que no le dejaron. El objetivo no es plantear a medio plazo el debate monarquía-república, aunque el hacerlo de facto atraiga votos de la minoría republicana. La idea es espolear a las dos derechas a salir en defensa del monarca con el pretexto de que la izquierda no deja al soberano hacer lo que le gustaría y quiere utilizarlo como chivo expiatorio de la palmaria debilidad del Gobierno frente a Rabat.

Lo que el PSOE quiere es que parezca que el rey es en realidad de derechas, como cree Vox que debería ser, y que le amparan los partidos de derechas porque su política es de derechas. Naturalmente, para el éxito total de la operación no basta la bisoñez de los dirigentes de derechas, que parecen dispuestos a dejarse arrastrar hasta esa arena, sino también la posición delicada del rey, que tal vez se sienta en alguna ocasión tentado de dejarse proteger por quienes afirman con vehemencia quererle más. Sería un error. El rey lo es de todos los españoles. Y, si Sánchez le acusa de no ir a Ceuta, la forma de defenderle no es quejarse de que, queriendo él ir, no le dejan, sino subrayando que el rey ha de hacer lo que el Gobierno quiera que haga. Siempre que, por supuesto, el Ejecutivo lo exprese públicamente con total claridad para que no haya duda de quién es el responsable de lo que se hace. Y no como pretende Sánchez, que quiere que la decisión parezca del rey cuando es polémica y de él cuando va a favor de corriente.

El rey llamará a Mohamed VI para darle las gracias por la gestión de la crisis de Ceuta cuando Sánchez lo pida públicamente y no cuando Albares se lo solicite en privado. Y el rey dejará de recibir a Vivas cuando así lo demande Sánchez a la vista de todos y no cuando muestre su disconformidad de tapadillo. En cualquier caso, a la monarquía no se la defiende exigiendo que se le permita al rey hacer lo que quiera contando con que será algo que agrade a la derecha e irrite a la izquierda. Se la defiende exigiendo al Gobierno que exprese con claridad qué quiere que haga el rey, para luego criticar aquello que no nos guste, aunque lo haya hecho el rey, ya que lo hizo por orden del Gobierno. El momento de mayor riesgo para las monarquías constitucionales no se produce cuando las ataca la izquierda, sino cuando las sobreprotege la derecha.

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