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Mohamed antes que Felipe

Las críticas de Sánchez al Rey y la defensa de Marruecos son un paso más en su plan de desintegrar el Estado constitucional.

Muy largo, excesivo y catastrófico. Sí, el tiempo que ha pasado Pedro Sánchez al frente del Gobierno ha pulverizado la relatividad del tiempo hasta hacernos pensar que siempre ha estado ahí, y él lo sabe; han sido ocho años de incremento de la pobreza, de corrupción, de mentiras, de rendición ante el separatismo y, ahora, de conatos de traición. Vamos quedándonos sin adjetivos que sirvan para calificar las constantes infamias que ha cometido el presidente del Gobierno, cuyo último movimiento ha sido atacar al Rey de España y defender a un país que se ha quitado su disfraz de socio y ha mostrado, a las claras, su hechura de enemigo.

Pedro Sánchez ha afirmado en la Cadena SER que el rey Felipe VI "lleva reinando más de 20 años" y le ha acusado de no haber visitado antes las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. En este caso, por la destreza que ha demostrado en el territorio de las mentiras y por la insistencia al afirmarlo, no podemos considerarlo un desliz, pues el Rey se convirtió en el jefe del Estado el 19 de junio de 2014. Y es evidente que ha acudido allá donde se le requería, como lo hizo en Paiporta tras la Dana o en Adamuz. Hay que recordar que es el Gobierno el responsable de los viajes del monarca y que las condiciones que han de darse para ello no son más que la conveniencia de Moncloa.

Del mismo modo, la ya proverbial defensa, halago, y sumisión a Marruecos de Sánchez subvierte su obligación de defender los intereses nacionales. Estamos obligados a preguntarle por qué defiende con tanta insistencia al régimen de Rabat. Es la pregunta fundamental. Entre Felipe VI y Mohamed VI, Sánchez se pone del lado de este último.

Hoy, entendemos y sabemos que el presidente del Gobierno no es más que una marioneta al servicio de los enemigos de España. Y es que Felipe VI representa todo lo que Pedro Sánchez no es ni podrá ser, y Mohamed VI ejemplifica todo lo que desearía tener, un poder absoluto que le permita envejecer en La Moncloa. Felipe VI recibe el deber de la neutralidad y compartir los valores más elevados de la elegancia política, porque representa a todos y cada uno de los españoles; Mohamed VI es un autócrata que se aprovecha de uno de los más bajos instintos políticos, el nacionalismo. Un nacionalismo con el que aspira a recuperar un sultanato ficticio. Pretende conquistar dos ciudades que forman parte de España desde mucho antes de la conformación de lo que hoy es Marruecos.

En Rabat, España no tiene ni un socio ni, mucho menos, un amigo, por más que Sánchez se empeñe en afirmarlo en la SER. Es más, que haya defendido la "cooperación instantánea e inmediata" de Marruecos atenta contra la dignidad de todos aquellos ceutíes que sufren las consecuencias de la invasión. También es un atentado contra la inteligencia que se escude en confabulaciones de las redes sociales y de la ultraderecha para rechazar cualquier responsabilidad. Y que presuma de haber visitado muchas veces Ceuta cuando ha puesto sus vacaciones por encima de la defensa de la integridad territorial y por delante de las decisiones necesarias para atajar sus consecuencias, demuestra su despotismo, su bajeza y su desinterés por España y por nada que no sea él mismo.

Sánchez solo es un candidato perpetuo al poder. Un aspirante a sultán, a reyezuelo, a cacique caribeño. Debemos interpretar su defensa de Marruecos como la evolución de un plan del que llevamos tiempo advirtiendo en Libertad Digital: Pedro Sánchez planteará las próximas elecciones, si es que se aviene a celebrarlas, como un plebiscito contra la monarquía parlamentaria. Establecerá dos bandos y alimentará todo lo que pueda los nacionalismos para erigirse en el campeón de la república que él imagina. Suscribirá la retórica contra la Constitución y usará todas las trampas que pueda para aguantar un segundo más. No sabemos, incluso, si se construirá un trono para retozar en lo que él piensa que es la gloria, que en su caso es la nada.

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