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José García Domínguez

Apocalipsis PISA

Por más que los políticos no quieran asumirlo, la inmigración y las políticas lingüísticas nacionalistas perjudican a los alumnos.

Europa Press

Existe una lectura autista de los resultados PISA que a estas horas ya se ha vuelto obligatoria dentro del establishment, léase PSOE, PP y múltiples comederos adyacentes. Es la que sostiene que el desastre educativo español no tiene que ver con la inmigración masiva tercermundista, sino con la clase social; como si ambos factores no estuvieran indisolublemente entrelazados. Los datos brutos son inequívocos: el peso del alumnado inmigrante ha pasado del 10% al 15% en apenas una década; en ese mismo período, los resultados españoles se han deteriorado a ritmo exponencial. Por muy incómodo que resulte acusar recibo de su existencia, la correlación está ahí.

Y el mapa peninsular lo confirma con crudeza. Castilla y León, autonomía sin apenas población extranjera, roza los 500 puntos en matemáticas; Ceuta se hunde hasta los 395. Cataluña, pese a su renta y sus fantasías carolingias, cae por debajo de la media española. Y ello a pesar de haber falsificado la muestra. En fin, cuando se examina el alumnado inmigrante en bruto, obtiene entre 32 y 33 puntos menos que el nacido en España, una distancia que equivale a más de un curso escolar. Cierto que PISA, al corregir esa cifra por nivel socioeconómico, la reduce hasta apenas siete puntos.

Pero tal juego de manos estadístico solo esconde la realidad bajo la alfombra. Porque el limitado nivel educativo de los padres no es una variable ajena a la inmigración, sino su consecuencia directa. Y a eso se suma otra dificultad añadida que ningún bálsamo paramétrico logra invisibilizar del todo: la barrera lingüística, el hándicap nada menor de aprender en un idioma que no es el que se maneja con soltura, obstáculo que penaliza el rendimiento escolar mucho más que cualquier condicionante socioeconómico; he ahí el inexplicable derrumbe vasco. Separar inmigración y clase social constituye en cualquier caso un truco que denota profunda deshonestidad intelectual. La inmigración no cualificada trae consigo, casi por definición, ese perfil de renta baja, además ese desconocimiento idiomático. Y el problema de la realidad, ya se sabe, es que no dejará de existir por mucho que nadie conceda mirarla a la cara.

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