El poliédrico Pedro Sánchez, yerno de un magnate de la prostitución, número uno de Ábalos, Cerdán y Leire, líder socialista que tiene en un pedestal al pana Zapatero, hermano de David Sánchez y esposo de Begoña Gómez, compareció este miércoles en el Congreso de los Diputados en otra demostración asombrosa de desvergüenza, desfachatez y ausencia de límites morales. Sánchez es un desecho de tienta, un mentiroso patológico, un embaucador y un degenerado político. Sólo a alguien como él se le puede ocurrir atribuir la corrupción de su partido, de sus cargos de confianza y de su entorno al PP, a algunos jueces y a los medios que según dice difunden bulos y manipulaciones. Y eso pocas horas después de los 24 años de cárcel para José Luis Ábalos, mano derecha.
Estamos ante un personaje inaudito, el "nexo corruptor" según la atinada definición de Alberto Núñez Feijóo, capaz de plantarse descorbatado en el Congreso para extender una burda cortina de humo sobre el estado de descomposición del Gobierno y de su partido a base de mentiras sobre el PP y Vox, a base de ataques carentes de la más leve relación con la realidad y con la verdad. Sánchez es un desahogado sin barreras, un hombre destruido moralmente por la corrupción, un presidente del Gobierno capaz de decir que no sabía nada de las andanzas de quienes eran sus cargos de confianza y que actuó en consecuencia cuando se le advirtió de sus desmanes. Sí, sin duda. A Ábalos lo volvió a incluir en las listas del PSOE. Al mismo Ábalos y a Koldo, el portero de prostíbulo, el PSOE les pagó la defensa en otra insólita medida encaminada a luchar contra la corrupción al estilo de Ferraz.
Sánchez no ha aclarado nada, no ha dicho una sola verdad, no ha dado ni una explicación vagamente consistente y convincente. Se ha limitado a mentir y a comparar en el colmo de la desfachatez al delincuente José Luis Ábalos con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que no ha sido imputada nunca y menos aún, obviamente, juzgada y condenada. Pero ese detalle no es nada para un sujeto acorralado, metido de hoz y coz en una espiral corrupta y autoritaria, capaz de inventarse que su partido es el más honrado de España, que su Gobierno, el más limpio de Europa y el resto del mundo y él, una pobre víctima de las conspiraciones, maquinaciones y manipulaciones de los jueces, los medios y la derecha.
El presidente del Gobierno está más que tocado, pero cuenta con el apoyo de un partido sometido a su voluntad, de un grupo parlamentario de meros palmeros que le deben el escaño y de partidos como Bildu, el PNV y los golpistas catalanes. Que la principal defensa de Sánchez proceda de las filas proetarras y que él no sólo acepte eso sino que además lo agradezca muestra a las claras el agudo deterioro del sanchismo y su verdadera y miserable naturaleza. Para nuestra desgracia colectiva, el Gobierno no responde a los más elementales mínimos democráticos sino que ha sido y es una mera tapadera para el crimen como demuestra la sentencia del Tribunal Supremo en el caso mascarillas. Una sentencia en firme con una condena de 24 años de prisión para el ministro que lo era todo para Sánchez, el que pronunció el discurso de la moción de censura. Que no sabía nada y que le duele mucho, le ha dicho Sánchez al mequetrefe de Rufián.
Dada la gravedad de la situación se antoja muy oportuno que Núñez Feijóo haya dejado a un lado las contemplaciones para definir a Sánchez como lo que es: el yerno de un magnate de la prostitución que ha pasado de las saunas a las cloacas en un continuo coherente.
También ha resultado oportuna la alerta de Santiago Abascal sobre la alteración del censo electoral con la ley de nietos, un engendro ilegal del punto a la cruz con el que el sanchismo aspira a perpetuarse. La sesión se resume en dos cuestiones: "¡Cómo no vamos a seguir!" exclamó el "sin corbata". "¿A seguir delinquiendo, se refiere?" preguntó Núñez Feijóo.

