Cambridge no mató a Jason Arday, pero es responsable de su muerte
Que quienes fueron responsables de su ascenso y caída culpen ahora a quienes señalaron la verdad los define como lo que son: personajes de cuarta, que han llegado donde están por decir lo correcto
Jason Arday ha muerto días después de dimitir de su puesto como profesor en la Universidad de Cambridge, y aunque la policía no ha querido confirmarlo, todo apunta a un suicidio. Y como explicó Chesterton, ahora es mi misión contarles que ha muerto a quienes seguramente no sabían que estaba vivo, como era mi caso hasta hace unas pocas semanas. Según lo que contaba de sí mismo, era autista, no habló hasta tener 11 años ni supo leer ni escribir hasta los 18, pese a lo cual se sacó un doctorado a los 30. Tuvo también otras enfermedades, desde un cáncer testicular hasta el síndrome de enclaustramiento –que consiste en parecer en coma pero no poder comunicarse– tras un atropello cuando era adolescente.
Pese a estas dificultades, logró sobreponerse lo suficiente como para jugar unos pocos años profesionalmente al fútbol en nada más y nada menos que el Crystal Palace y convertirse en un increíble corredor de fondo, capaz de hacerse 30 maratones en 35 días, los últimos tomando analgésicos por una fractura de peroné que se hizo en mitad de su hazaña por un ataque epiléptico. Y todo por una buena causa: era un filántropo que recaudó unos cinco millones de libras para varias decenas de organizaciones mediante carreras benéficas y viajó a Sudamérica y África para instalar pozos de agua. Créanme que, para poder resumirles su vida relatada por él mismo en una autobiografía publicada días antes de su muerte, he tenido que obviar la mayor parte de las increíbles hazañas que contaba sobre sí mismo.
Jason Arday era en realidad un charlatán de marca mayor, claro. Se inventó su vida, sus proezas atléticas, sus actos de caridad. Plagió su tesis y se inventó buena parte de su trayectoria académica. Lo cual, no les voy a negar, casi me hace ponerme un poco de su parte, como cuando vemos una buena película de timos y no podemos dejar de admirar y sentir cierta simpatía por los delincuentes que los perpetran. Porque toda estafa bien hecha requiere de una víctima que crea fervientemente que es ella quien está aprovechándose del timador, y eso hace que esas víctimas nos lo parezcan un poco menos.
Lo muy obvio de sus fabulaciones no impidió que la Universidad de Cambridge lo contratara entre grandes aspavientos y palmaditas en la espalda. Porque a todo lo anterior se suma el detalle de que sus padres eran inmigrantes ghaneses y él, por tanto, no sólo era tan negro como los hermanos Williams sino que su historia de éxito y superación tenía también los ingredientes de clase y raza que tan caros son a las élites académicas. Arday además basaba todo su trabajo intelectual, o más bien el de otros firmado por él, en la muy posmoderna "teoría crítica de la raza". Base académica del movimiento woke, elimina del racismo al individuo, dividiendo a las personas en meros miembros de grupos raciales y señalándolos de forma automática como opresores y oprimidos al margen de qué piensen, hayan hecho o de cómo haya sido realmente su vida. Un negro que ha crecido en la abundancia, inteligente, con una carrera profesional exitosa y una familia que lo hace feliz está en realidad oprimido por el color de su piel. Y uno de sus opresores puede ser un blanco nacido en la pobreza, que malvive robando y drogándose en las calles de una gran ciudad cualquiera.
Así que Cambridge lo fichó con entusiasmo, no fuera que se quedaran sin alguien a quien veían como una estrella académica que podrían mostrar al mundo como símbolo de lo muy inclusivos y diversos que son. Y eso fue lo que hicieron: lo contrataron en 2021 y lo publicitaron inmediatamente como "el profesor negro más joven en enseñar en Cambridge" a sus 37 años. Los medios se lo tragaron y lo alabaron como un prodigio. Todos sus sesgos se lo pedían y todos ellos los obedecieron. Sólo cuando saltó la liebre empezaron, algunos, a comprobar muchas de sus fabulaciones y encontrarse con que era todo mentira.
Cuando el periodista Jack Grove del Times Higher Education comenzó a investigar hace casi un año la tesis de Arday y las inconsistencias en su currículum y se encontró con plagios descarados y mentiras flagrantes, ofreció a Arday la oportunidad de explicarse. La reacción de éste fue contratar a una prestigiosa firma de abogados para amenazar con éxito a su medio, que decidió no publicar la investigación por miedo a no poder enfrentarse económicamente a las consecuencias. También lo denunció por acoso a la policía, que mantuvo a Grove bajo investigación penal durante cuatro meses. Hasta que este mes de julio, otro académico publicó en internet pruebas del plagio y comenzó una batalla por todo lo alto entre quienes defendían la verdad y quienes pese a todo seguían defendiendo al timador, que se saldó con la dimisión de Arday de su puesto universitario.
Por más triste que resulte su final y que no pueda evitar la compasión que toda persona que acaba con su propia vida produce, Jason Arday fue el culpable de su propio destino. Podemos sentir simpatía, yo mismo la siento, porque todos los profesores, medios e instituciones que lo encumbraron se merecen todas las críticas y sufrir el mayor de los ridículos. Pero Arday tuvo también otras víctimas que no vemos. Aquellos que no disfrutaron de las oportunidades que él logró a través de sus mentiras. Quienes se quemaron las pestañas estudiando e investigando para ver sus esfuerzos arrastrados por el fango. Gente que no conocemos. Y cuando pienso en ellos esa sonrisa ante el timador se desvanece.
Jason Arday fue culpable de su vida y de su muerte. Pero no es el único responsable. La misma élite académica y mediática que lo encumbró sin mirar debajo de la alfombra ahora está intentando echarle la culpa a quienes destaparon sus miserias. Pero fueron ellos quienes permitieron y animaron a Arday llegar tan lejos. La universidad de Liverpool en la que hizo su tesis y luego hizo una investigación de chichinabo que, por supuesto, lo exculpó. La junta de Cambridge que se comió su currículo con patatas sin mirar nada solo porque era negro y de familia pobre, tenía la ideología adecuada y una historia de superación modélica que le permitía cumplir con todos los requisitos posibles de diversidad, equidad e inclusión.
También es responsable la propia base filosófica e ideológica que ha destruido tantos departamentos de Humanidades por todo el mundo occidental y está empezando a atacar a los demás. Con su desprecio por la verdad objetiva, que pone a la par que las "experiencias vividas" y otras formas de conocimiento esencialmente anecdótico, cuando no falso, todas las disciplinas posmodernas van a ser siempre más vulnerables a una trola bien contada. Semejante basura intelectual, incapaz de aportar nada al conocimiento del mundo, también es especialmente susceptible al fraude académico y al plagio, porque su principal actividad académica es regurgitar los mismos dogmas una y otra vez.
Cuando Arday dimitió, todos los que habían denunciado sus plagios dejaron de centrarse en él para culpar a las élites académicas. Porque lo importante de Jason Arday nunca fue él. Quién sabe si saberse el secundario de su propia historia fue la gota que colmó su vaso. Como tantas otras cosas sobre su biografía, tampoco lo sabremos nunca. Que quienes fueron responsables de su ascenso y caída culpen ahora a quienes señalaron la verdad los define como lo que son: personajes de tercera o cuarta división, que han llegado donde han llegado por decir las cosas que las élites han decidido correctas. Porque señalar la verdad no puede ser nunca culpable, y menos en supuestos templos del conocimiento como Cambridge. Arday no fue una víctima. Víctima es Roland G. Fryer, al que hundieron por investigar y llegar a una conclusión objetiva inconveniente para la ideología woke. Víctimas son todos los intelectuales negros de valía cuyo trabajo se pone en duda automáticamente por culpa de todos los Arday que hay en el mundo y quienes los encumbran.
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