
Estados Unidos ha vuelto a situar a Groenlandia en el centro del mapa estratégico… y del económico. Informes internos filtrados en enero de 2026 hablan de una valoración de entre 500.000 y 700.000 millones de dólares como coste aproximado de una hipotética adquisición del mayor territorio del Ártico. No es la primera vez que Washington se plantea comprar el territorio —ya lo intentó en 1946, ofreciendo 100 millones de dólares en oro—, pero nunca antes se había manejado un rango económico tan elevado ni un análisis tan detallado de su potencial productivo.
La presencia estadounidense en la demarcación no es nueva. Desde 1951, la base de Thule (hoy Base Espacial de Pituffik) opera con amparo danés dentro de la arquitectura de seguridad occidental. Estados Unidos ya dispone de radar de alerta temprana, instalaciones estratégicas y libertad de movimientos crecida bajo los acuerdos bilaterales. Sin embargo, en la Casa Blanca mantienen que estos acuerdos no sustituyen la necesidad de lograr una soberanía plena. En Washington temen que una Groenlandia independiente —aspiración que existe en sectores de la población local— pueda atraer inversión china o interés ruso, alterando el delicado equilibrio ártico. Asimismo, contemplan con inquietud los movimientos de ambas potencias en áreas cercanas a Groenlandia y lamentan la falta de inversión en defensa de los países miembros de la Unión Europea. Detrás de esa mentalidad viene la insistencia de Trump en contemplar no solo el uso militar, sino el control directo del territorio, una polémica decisión que está generando polémica y revuelo a este lado del Atlántico.
Detrás de la cifra de 700.000 millones que estaría barajando la Casa Blanca según informes de varios medios estadounidenses hay cierto fundamento económico, debido a los recursos naturales que posee Groenlandia. La isla cuenta con una de las mayores reservas de tierras raras del mundo. Las estimaciones sitúan entre 36 y 42 millones de toneladas de óxidos, cruciales para sectores como defensa, energías renovables, electrónica avanzada, turbinas y motores eléctricos. En un contexto en el que China controla la inmensa mayoría del mercado global, asegurar una fuente alternativa sería estratégicamente valioso.
A ello se suman reservas potenciales de uranio, zinc, hierro, níquel, oro, tungsteno y otros minerales críticos. Y, sobre todo, el componente energético: el U.S. Geological Survey calcula hasta 17.500 millones de barriles de petróleo sin descubrir solo en una de las cuencas groenlandesas. Algunos modelos geológicos amplían el potencial total de hidrocarburos a entre 30.000 y 50.000 millones de barriles equivalentes. Aunque no existe confirmación plena —de hecho, la exploración es mínima y las condiciones extremas—, este rango explica que la valoración preliminar de hidrocarburos oscile entre los 300.000 y los 400.000 millones de dólares, aunque estos ejercicios de laboratorio financiero tendrían que ser confirmados después por exploraciones y actividades de perforación y extracción, lo cual es siempre complejo.
A estos valores se suma lo que algunos análisis llaman el "suelo estratégico": la tierra, las infraestructuras, los puertos en desarrollo, la proyección logística del Ártico y la posibilidad de un corredor marítimo reforzado por el deshielo. Este componente se ha valorado en unos 200.000 millones adicionales. Con estas tres piezas —minerales, hidrocarburos y territorio—, varios informes han llegado a situar una valoración máxima por encima del billón de dólares. Sin embargo, Washington parece cómodo manejando el rango de 700.000 millones como cifra política realista para las negociaciones, si estas llegaran a producirse. De hecho, se apunta que la primera propuesta podría ser incluso más baja, de 500.000 millones. Hablamos de cifras que se sitúan en torno al 200% del PIB de Dinamarca.
Un problema económico
El problema económico es evidente: Groenlandia no está preparada para explotar sus recursos. El 85% de su superficie está cubierta por hielo, no existen carreteras que comuniquen sus ciudades, la capacidad energética es muy limitada y la minería a gran escala requeriría construir infraestructura desde cero. Incluso en un escenario de inversión ilimitada, cualquier proyecto tardaría entre 10 y 15 años en ponerse en marcha. La isla, además, ha impuesto en los últimos años moratorias y restricciones ecológicas que han frenado explotaciones de tierras raras y prospecciones petroleras.
Esto explica que los análisis financieros conservadores lleguen a conclusiones muy distintas. The Economist situó el valor presente de Groenlandia en unos 50.000 millones si se descuentan todos los flujos futuros con cautela. El economista David R. Barker situó el rango de referencia entre 12.500 y 77.000 millones, dependiendo del escenario. La diferencia entre estas cifras y las manejadas por Washington reside en que el gobierno estadounidense no está calculando el valor como un inversor privado, sino como una superpotencia que integra criterios no financieros: seguridad, posición geoestratégica, independencia de minerales críticos, control de rutas del Ártico y blindaje frente a potencias rivales.
Las comparaciones históricas sirven de referencia, pero no de guía. La compra de Alaska, Luisiana o Florida fueron extraordinariamente baratas para Estados Unidos y resultaron extremadamente rentables. En cambio, Groenlandia costaría miles de veces más. No es una operación "económica" en el sentido clásico, sino una apuesta por controlar el futuro del Ártico y por acceder recursos que quizá sean decisivos en las próximas décadas.
El Ártico, decisivo y determinante
Si se midiera solo por su PIB, Groenlandia no valdría ni una fracción de los 700.000 millones que estaría barajando invertir Trump. Pero su valor no está en su economía actual, sino en lo que representa: un territorio cargado de minerales críticos, reservas energéticas por confirmar, rutas marítimas estratégicas y una posición militar que ningún otro país occidental puede replicar en el Ártico. Esa combinación explica por qué Washington maneja cifras que a primera vista parecen desorbitadas pero que, en términos de poder, no lo son tanto.
En definitiva, la valoración estadounidense de Groenlandia se sostiene sobre una premisa clara: el Ártico será económicamente decisivo y estratégicamente determinante. Y quien controle Groenlandia controlará buena parte de ese futuro. Ponerle precio es difícil; intentar ignorar su valor, imposible. Con todo, las consideraciones económicas son solamente una parte de la ecuación y los condicionantes que marcarán la decisión incluyen cuestiones delicadas en el ámbito del derecho internacional.



