
Mientras el Gobierno se enroca en el cambio climático para justificar la creación de un "panel científico de acción" (ya no se lleva lo de "observatorio"), apenas se habla de una herramienta que durante siglos mantuvo limpios miles de hectáreas de monte sin necesidad de grandes presupuestos públicos: las suertes de leña.
Durante generaciones, este sistema permitió a miles de vecinos abastecerse de combustible para el invierno al tiempo que contribuían a mantener limpios los montes. Sin embargo, la despoblación rural y las restricciones a la hora de recolectar y aprovechar esa leña están provocando que cada vez haya menos personas dispuestas a beneficiarse del sistema.
Las suertes de leña son una forma tradicional de repartirse la madera de los montes de utilidad pública y todavía se aplica en Castilla y León y otras zonas del norte de España. Los ayuntamientos o las juntas vecinales, que son las propietarias de muchos de estos montes, reservan cada año unos cuantos árboles para uso doméstico de los vecinos. Las normativas locales normalmente no permiten que esa leña se pueda revender.
¿Cómo funciona el sistema de suertes de leña?
No se trata de llegar al monte y cortar el árbol que cada uno prefiera. Los agentes medioambientales y los ingenieros forestales se encargan de marcar los árboles que se deben cortar teniendo en cuenta la salud del bosque y el riesgo de incendios. Normalmente se eliminan los ejemplares enfermos o secos y se realizan clareos estratégicos de zonas demasiado densas.
Una vez autorizado el aprovechamiento, llega el momento del reparto. Dependiendo del municipio, las suertes suelen adjudicarse mediante un sorteo entre los vecinos que las solicitan. Lo habitual es que cada adjudicatario reciba un lote de árboles en una zona concreta del monte.
¿Leña gratis?
Aunque muchas personas hablan de leña gratis, la realidad suele ser algo más compleja. En numerosos municipios el aprovechamiento tiene un precio simbólico o una pequeña tasa destinada a cubrir gastos administrativos. En otros casos sí puede ser gratuito. Sin embargo, el verdadero coste está en el trabajo. La administración únicamente adjudica la suerte, pero todo lo demás corre por cuenta de los vecinos.
Los vecinos agraciados en el sorteo se encargan de desplazarse al monte, talar los árboles autorizados en el plazo establecido (normalmente en invierno), trocearlos, cargar la madera y transportarla hasta la vivienda. Es decir, tiempo, experiencia, fuerza, una motosierra, un remolque, un vehículo adecuado y familiares o amigos que puedan echar una mano.
Y precisamente ahí está uno de los principales problemas. Cada vez hay menos habitantes permanentes en los pueblos y los que quedan suelen ser de avanzada edad. Gran parte de los propietarios solo acuden los fines de semana o en vacaciones y cada vez son menos quienes disponen del tiempo, las ganas y la maquinaria necesaria.
Cambio en los hábitos de consumo
A ello se suma un cambio en los hábitos de consumo. Hoy resulta mucho más sencillo llamar a una empresa para que entregue la leña seca, cortada y apilada directamente en la leñera. Cuesta más dinero, pero evita jornadas enteras de trabajo, desplazamientos al monte y el riesgo que supone manejar una motosierra.
El resultado es que en muchos municipios cada vez quedan más suertes de leña sin adjudicar. Y, lo que antes hacían cientos de vecinos como parte de su vida cotidiana ahora, en muchos casos, es un trabajo que asume la administración con fondos públicos o, directamente, deja de hacerse.
Desafortunadamente, a día de hoy no hay una base de datos a nivel nacional que permita saber a ciencia cierta cuántas suertes de leña se extraen al año o cuántas quedan abandonadas en los bosques. Tal y como reconoce el propio Ministerio de Transición Ecológica en el Anuario de Estadística Forestal de 2023 (el último publicado), "es una información que se suele recoger de forma incompleta ya que en muchos casos no lleva asociada una transacción económica". Por lo tanto, "la estadística de leñas extraídas no se recoge ni cumplimenta de forma tan completa como la de cortas".
Quizá el verdadero problema no sea que las suertes de leña estén dejando de aprovecharse, sino seguir esperando que funcionen igual que hace cincuenta años. Sin pueblos vivos, sin un incentivo económico suficiente para quien realiza el trabajo y sin una administración que siquiera disponga de datos completos sobre este aprovechamiento, el sistema pierde poco a poco su razón de ser.


