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La dictadura económica de la báscula

El estatismo puede decretar la erradicación del paro asignando a cada ciudadano una cartilla y un puesto de burócrata, pero es incapaz acabar con la productividad.

El estatismo puede decretar la erradicación del paro asignando a cada ciudadano una cartilla y un puesto de burócrata, pero es incapaz acabar con la productividad.
Europa Press

A tenor de las estadísticas oficiales, el auténtico edén laboral no reside en Suiza, Luxemburgo ni Dinamarca, sino en Pionyang y La Habana. Corea del Norte declara con orgullo un desempleo del 0%, mientras que los modelos homologados para el Caribe revolucionario apenas reconocen un modesto 2% de paro. Quien se limite a juzgar la salud de una economía o el bienestar de un pueblo por la sacrosanta tasa de desempleo concluiría que el modelo comunista es una máquina de integración social imbatible frente a las cifras de España —instalada crónicamente en el entorno del 11% o 12%— o de Marruecos, que ronda el 13%.

El problema, claro está, reside en confundir la mera ocupación del tiempo con la generación de valor. Frédéric Bastiat ya advertía en el siglo XIX contra la vieja falacia de convertir el trabajo en un fin en lugar de un medio: poner a media población a cavar zanjas para que la otra media las tape garantiza un pleno empleo indiscutible en los registros, pero no produce un solo mendrugo de pan. El estatismo puede decretar por ley la erradicación del paro asignando a cada ciudadano una cartilla y un puesto en la burocracia, pero es incapaz de decretar por boletín oficial la productividad, la acumulación de capital o la abundancia de bienes. El clásico adagio soviético resumía a la perfección esta farsa: "Ellos fingen que nos pagan y nosotros fingimos que trabajamos".

Si los agregados macroeconómicos se prestan a la prestidigitación contable y al maquillaje burocrático, la biología es inmune a la propaganda. La riqueza de una nación se disfraza en las estadísticas del gobierno, pero se mide con precisión en la báscula y el tallímetro.

El experimento natural de la península de Corea tras la partición de 1948 es el caso de estudio más elocuente de la historia económica moderna. Dos poblaciones con idéntica dotación genética, cultural y geográfica quedaron separadas por un paralelo. Hoy, mientras Corea del Sur exhibe una renta per cápita superior a los 35.000 dólares, las investigaciones antropométricas constatan que los jóvenes surcoreanos son entre 3 y 8 centímetros más altos que sus pares del Norte, además de notablemente más corpulentos. En el Norte, el pleno empleo convive con el raquitismo endémico y las cartillas de racionamiento.

Eso sí, en los regímenes comunistas la báscula no admite democratización: la regla no escrita del socialismo real es que solo se permite un gordo por país. En Corea del Norte ese cupo calórico nacional lo monopoliza con evidente desahogo Kim Jong-un, del mismo modo que en Cuba las estrecheces de la libreta no parecen haber hecho mella en la respetable envergadura de Miguel Díaz-Canel. El pueblo entero trabaja para sostener la línea del Líder Supremo.

Pero el contraste antropométrico no solo delata al totalitarismo marxista; también ilustra con total nitidez la brecha entre economías abiertas con distintos grados de productividad y capitalización. Tomemos el caso de España y Marruecos. Sobre el papel, ambos países comparten cifras de desempleo nominal prácticamente idénticas, instaladas en torno al 12%-13%. Sin embargo, la productividad por hora trabajada y el stock de capital acumulado en la orilla norte multiplican a los del sur del Estrecho.

Esa formidable diferencia de productividad se traduce directamente en la mesa, en la nutrición proteica acumulada y en la sanidad. La estatura media y el peso corporal del varón marroquí siguen estando sensiblemente por debajo de los españoles. La comparación resulta visible hasta en la más alta representación institucional: basta ver la planta de Don Felipe, un rey que es indiscutiblemente mucho mejor mozo, imponente y gallardo, frente a la fisonomía de Mohamed VI. Dos naciones con el mismo desempleo oficial habitan dos universos materiales distintos porque lo que determina el consumo real es lo que rinde y produce el trabajo, no el mero hecho de figurar en el censo de ocupados.

En las sociedades capitalizadas y productivas, la abundancia es tal que el verdadero quebranto de salud pública ha pasado a ser el exceso de peso y las dietas de choque. Con todas las salvedades médicas que se quieran añadir, el peso y la talla medios siguen siendo el barómetro histórico más incontestable del bienestar material.

El empleo no crea riqueza; es la productividad marginal del trabajo, respaldada por la inversión, el ahorro y el libre intercambio, la que genera prosperidad. Fiar el bienestar a una tasa de desempleo administrativamente deprimida es una colosal ilusión estadística. Al final del día, los mercados libres podrán lidiar con fricciones de ajuste laboral, pero sus ciudadanos crecen, comen y engordan; el estatismo improductivo podrá exhibir pleno empleo en los papeles, pero condena a sus sociedades a encoger en la báscula de la historia.

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