
En ese acalorado debate político que se viene manteniendo a propósito del problema de la vivienda, existe una alternativa que nadie parece haber tomado en consideración todavía. Se llama chabolismo. Una solución que nada tiene de nueva: las chabolas formaron parte del paisaje de las ciudades españolas durante buena parte del siglo XX. Su vuelta recuperará, pues, una añeja tradición nacional. Repárese en que el rasgo más llamativo de las urbes de los países del Tercer Mundo no es la falta de viviendas o de suelo urbanizable, sino la conllevanza, dentro del mismo espacio urbano, de una prosperidad razonable con grandes bolsas de miseria.
El problema allí no remite a la escasez de oferta ni a la regulación del Estado. Todo es más simple: la gente se hacina en favelas o en infraviviendas porque su miseria económica no les permite acceder a otra cosa. He ahí la obviedad que nadie parece contemplar hoy en España. Porque el verdadero problema de la vivienda no es de oferta, como se repite, sino de demanda solvente. Algo que convendría recordar cuando se invoca el precedente del desarrollismo franquista. Aquello funcionó porque las ciudades se llenaban de campesinos reconvertidos en obreros industriales. Y fueron sus salarios industriales dignos los que hicieron posible el acceso masivo a una vivienda digna.
Hoy ocurre lo contrario. España incorpora cada año a millones de trabajadores no cualificados del Tercer Mundo. Y sus gobernantes pretenden garantizar, al tiempo que eso ocurre, una vivienda digna a la población. Las élites españolas quieren, pues, dos cosas incompatibles: importar cifras ingentes de trabajadores pobres para apuntalar una economía de bajos salarios y, al tiempo, eludir la consecuencia lógica de esa política, a saber: que muchas zonas de Barcelona, Madrid o Valencia se parezcan cada vez más a suburbios del Tercer Mundo. Pero sin salarios solventes no existe demanda solvente; y sin demanda solvente tampoco habrá promoción privada dispuesta a resolver el problema. Si el modelo de país no cambia, las chabolas, verticales u horizontales, no serán una anomalía; serán la normalidad. Y de hecho, empiezan a serlo ya.