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Robert Spencer

Coranes por el retrete y víctimas protegidas

El programa de la cultura políticamente correcta no es fomentar la tolerancia, ni siquiera el relativismo moral del todo vale. Como movimiento cultural, la corrección política y el multiculturalismo son sobre todo anticristianos y antioccidentales.

Un estudiante de 23 años de la Pace University, Stanislav Shmulevich, fue arrestado el 27 de julio y acusado de dos cargos de conducta criminal en cuarto grado con delito de odio. Numerosos analistas se han dado cuenta muy rápido de la cruel ironía de estas acusaciones. Mark Steyn tuvo la ocurrencia de decir que, en lugar de tirar el Corán por el retrete, "obviamente Shmulevich debió haberlo sumergido en su propia orina, solicitado una beca artística de la Dotación Nacional para las Artes (NEA) y haberlo expuesto en la Whitney Biennial". Pero Michelle Malkin le respondió con la dura verdad: "En realidad, no. La NEA también habría entregado a Shmulevich a la policía. Ahora bien, si hubiera sumergido una Biblia en orina o envuelto una Torah en estiércol de vaca y lo hubiera presentado para solicitar una beca federal, ahora tendría el riñón bien cubierto y sería objeto de las alabanzas del New York Times en lugar de enfrentarse a una pena de cárcel”. Y es por eso que, como dijo Christopher Hitchens:

Esto tiene que parar, y tiene que parar ahora mismo. No puede haber concesiones a la sharia en los Estados Unidos. ¿Cuándo veremos a alguien detenido, o amonestado siquiera, por defender la quema de libros en nombre de Dios? Si la policía está interesada honestamente en este tipo de "delitos de odio", yo puedo ayudarles a identificar a aquellos que se pasaron buena parte del año pasado lanzando amenazas contra la integridad física para evitar la reproducción en este país de ciertas viñetas danesas.

Esto tiene que parar de verdad. Todos los ejemplos de los dobles raseros que Malkin, él y los demás han denunciado –desde el Jesucristo sumergido en orina hasta la virgen María cubierta de heces de elefante y pornografía de Chris Ofili, ganador del premio Turner, enfatizan el hecho de que el verdadero programa de la cultura políticamente correcta predominante hoy no es precisamente fomentar la tolerancia, ni siquiera el relativismo moral del todo vale. Algunas cosas valen más que otras, como indican los dos cargos criminales que pesan sobre Stanislav Shmulevich. Como movimiento cultural, la corrección política y el multiculturalismo son sobre todo anticristianos y antioccidentales. Y también son suicidas.

Pero no se va a detener. Tan demenciales como son los cargos contra él, lo más probable es que Stanislav Shmulevich no sea el final de nada, sino más bien el principio. Es improbable que como sociedad nos convirtamos en un lugar en el que la falta de respeto o hasta el odio al cristianismo terminen siendo considerados exactamente igual de peligrosos para el orden social como la falta de respeto o el odio al islam. Es asimismo improbable que volvamos a una época más cuerda en la que no se podía procesar a alguien porque no le gustaran las creencias de otro, en cuyo caso, Shmulevich tendría que abonar el importe de los libros y el coste del necesario trabajo de fontanería, pero eso sería todo.

Nos hemos convertido en una sociedad de clases sagradas protegidas cuya posición de víctima permanece por encima de toda crítica. Aquellos individuos o colectivos que no disfrutan de la posición de víctimas pueden ser despedazados con impunidad en la esfera pública, y los destructores ser alabados como "valientes", "iconoclastas" e "irreverentes". Pero si el grupo protegido es criticado de alguna manera, se nos cuenta que la crítica genera un clima de "hostilidad" y "odio" que puede culminar en aún más persecución.

El Consejo de Relaciones Americano-Islámicas (CAIR) viene trabajando asiduamente desde hace años para reclamar esta posición de víctima protegida para los musulmanes, y su reacción al incidente les ha permitido expresar cómo quieren que los musulmanes sean tratados en Estados Unidos. La coordinadora de derechos civiles de la sede de CAIR en Nueva York, Aliya Latif, dijo:

Todos debemos preocuparnos cuando un acto cruza la línea de la libre expresión amparada por la ley para convertirse en algo diseñado para intimidar. Exactamente igual que existe una diferencia entre quien quema una cruz en su patio trasero y quien quema esa misma cruz en el jardín de una familia afroamericana, existe una diferencia entre profanar un libro sagrado en una esfera privada y hacerlo en un escenario que generará un entorno de aprendizaje hostil.

Los musulmanes son los nuevos negros y CAIR es la nueva liga de derechos civiles; esta declaración es una muestra del informe anual sobre delitos de odio de CAIR, que pretende, en ocasiones de manera bastante imaginativa, proteger la imagen de los musulmanes como valientes que sacan adelante sus vidas en una sociedad norteamericana que es despiadadamente hostil, racista y que está a punto de estallar en violencia abierta contra ellos.

Pero esto no es nada más que un mito; un mito potente, cierto, pero un mito. Los musulmanes no están siendo linchados, ni perseguidos, ni discriminados en Estados Unidos. Una y otra vez los miedos amplificados por los medios a las "represalias" contra los musulmanes demuestran ser infundados. Los musulmanes siguen practicando su religión aquí con más libertad de la que disfrutan en la mayor parte de los países de los que vienen. Es el motivo de que Stanislav Shmulevich y su Corán arrojado por el retrete le haya venido como dinero caído del cielo a las organizaciones musulmanas americanas: ha dado validez a la posición de víctima que tan tenazmente reclaman para sí mismos.

Hasta que el discurso público norteamericano no se atreva a romper el modelo de víctima protegida y su trasfondo de culpabilidad cristiana blanca, estos grupos podrán seguir percibiendo como un avance para su causa cualquier ocasión en que alguien actúe de manera tosca o desagradable hacia cualquier objeto musulmán o islámico. El espacio público americano hoy en día carece de infraestructura para tratar la posibilidad de que las víctimas protegidas sean las que están perpetrando el mal. La disonancia cognitiva con respecto a los musulmanes desde el 11 de Septiembre es en última instancia lo que ha dado a luz a las teorías conspiratorias del 11-S, las analogías del incendio del Reichstag y lo demás. Los musulmanes no pueden ser responsables porque no son occidentales cristianos blancos. Tiene que ser algo que hayamos hecho nosotros.

Lo más siniestro de todo esto es el hecho de que los legisladores al más alto nivel lo asuman como propio. Los líderes occidentales afirman rutinariamente que el dinero derrotará al terrorismo: que aliviar la pobreza en el mundo islámico pondrá fin a la yihad. Esta premisa descansa en una premisa adicional: que el imperativo de la yihad no se deriva de nada que exista dentro del mundo islámico y que pudiera estar aún presente aunque de algún modo Occidente comenzase a tratar mejor a los musulmanes. Los musulmanes son las víctimas y los occidentales la parte culpable.

Este es el mito que guía Occidente. Es el motivo de que profanar la Biblia siga siendo aplaudido como arte y la profanación del Corán sea "un delito de odio". También es un examen objetivo de los elementos del islam que utilizan los yihadistas para incitar a la violencia, dado que toda violencia es culpa de los culpables postcristianos de Europa y Estados Unidos.

Si Occidente pretende sobrevivir al desafío de la yihad global, este mito fundacional debe ser abierto al debate, repudiado y definitivamente rechazado.

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