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José García Domínguez

La verdad sobre el populismo de Podemos

Los podemitas se dicen a sí mismos populistas por culpa exclusiva de Ernesto Laclau.

Los podemitas se dicen a sí mismos populistas por culpa exclusiva de Ernesto Laclau.
Diputados de Unidos Podemos y 'confluencias' | Dani Gago

Un fantasma recorre las portadas de los periódicos: el fantasma del populismo. Pero ¿qué demonios es eso del populismo? En realidad, nadie lo sabe. ¿Qué tienen en común Donald Trump, el Partido Socialista Unificado de Venezuela, la hija de Le Pen, la nieta de Le Pen, Syriza, el cómico Grillo, Pablo Iglesias, Berlusconi, la enésima reencarnación del peronismo en Argentina, los racistas apenas velados de Alternativa por Alemania, el UKIP, el Gobierno de la República de Ecuador, el húngaro Orbán y el tío de las anchoas de Cantabria, ese inefable Revilla? Sí, claro, resultan ser demagogos de libro todos ellos. Pero la demagogia es algo tan antiguo como la democracia misma, por algo el término nació en la Grecia clásica al tiempo que el sufragio universal. Charlatanes y demagogos ha habido siempre, el asunto no constituye novedad ninguna. Ninguna. Bien, decíamos que coinciden en la apelación constante a la demagogia en su caldo de cultivo natural, los mass media, sobre todo la televisión. ¿Y aparte de eso? Aparte de eso, no los une casi nada. ¿Debe inferirse, pues, que la voz populismo constituye lo que en la pretenciosa jerga lacaniana que frecuenta Errejón procedería designar como un significante vacío? No, no procede ese ejercicio de higiene intelectual.

Y no procede por culpa del "casi" de antes. Porque lo que sí hermana a los populistas todos, igual a los de derecha y extrema derecha que a los de izquierda y extrema izquierda, es una actitud común, la que los empuja, por encima de cualquier otra consideración, a excitar el resentimiento emocional de las masas contra las élites; élites que ellos identifican por norma con la clase política de la democracia liberal. De ahí la expresión de asco infinito con que todo populista que se precie pronuncia la palabra político. Y también de ahí, claro, la connotación de marginalidad que siempre ha ido asociada a esa corriente que nadie respetable ha concedido nunca vindicar. Un nadie que incluye a los pensadores marxistas, sobre todo a los rusos, que siempre miraron con una mezcla de desconfianza y desprecio a sus propios movimientos populistas, los que se desarrollarían con fuerza notable a finales del siglo XIX en el imperio de los Romanov. Con un antiguo populista a la cabeza, el mismísimo Lenin, los comunistas siempre denostaron el populismo agrario, una doctrina que estaba en los antípodas de su concepción elitista de la acción política. Las cosas, en fin, parecía que estaban claras: todo el mundo, igual a diestra que a siniestra, abjuraba de los populistas. Y en esto llegó Laclau.

Quien hoy es tenido por padre doctrinal del posmarxismo, Ernesto Laclau, impuso un giro copernicano al término tras dotarlo de atributos positivos. Los podemitas se dicen a sí mismos populistas por culpa exclusiva de Laclau, no por nada que tenga que ver con la ya larga historia de esa palabra. Por lo demás, tras pasar por la mesa de operaciones de Laclau, el marxismo adopta una fisonomía absolutamente irreconocible. El llamado posmarxismo, eso que predica aquí Errejón, se parece tanto al pensamiento original de Marx y Engels, eso que aquí comparte en la intimidad Iglesias, como el culo a las témporas. Así, para Laclau, esto es para el díscolo Errejón, la lucha de clases ya no constituye el núcleo irradiador, la confrontación objetiva y primigenia entre capital y trabajo que dota de sentido a la praxis del partido de los oprimidos. Sobre esa negación herética que escandalizaría a cualquier marxista clásico se asienta precisamente la doctrina de Laclau. De hecho, en el lenguaje de Laclau el populismo no es más que la sustitución de la vieja categoría central de Marx, la lucha de clases, por una heteróclita miríada de confrontaciones dispares e inconexas a priori, desde las relacionadas con el género, la orientación sexual o la ecología a las derivadas de identidades grupales varias, que enfrentarían a los de abajo, el pueblo, contra los de arriba, la casta. De ahí que un comunista de los de toda la vida y un discípulo de Laclau manejen códigos de lenguaje por entero incompatibles. ¿Y tendrá algo que ver todo eso con la pelea de gallos última entre Iglesias y Errejón? Seguramente, no. Pero con algo había que rellenar hoy el folio.

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