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José T. Raga

Homogeneizando lo heterogéneo

¿Se puede presentar como homogéneo lo que por sus características no lo es? Sí; en España, todo es posible.

¿Se puede presentar como homogéneo lo que por sus características no lo es? Sí; en España, todo es posible.
Pexels/CC0/Pixabay

Inicialmente parece una locura, pero no lo es. ¿Se puede presentar como homogéneo lo que por sus características no lo es? Sí; en España, todo es posible.

Tampoco les falta razón, pero, en honor a la verdad, una cosa es que en España se puedan dar las situaciones más aberrantes y otra que semejante deporte, que acaba resumido en llamar verdad a la mentira, bondad a la malicia… se convierta en algo habitual.

Hay, o al menos había, profesiones e instituciones que, por derecho propio, merecían la fe de los ciudadanos, en su decir y en su hacer, y dudar acerca de su veracidad supondría tanto como socavar los cimientos sobre los que se asienta la sociedad misma.

Estoy pensando en quienes tienen la prerrogativa, bien ganada, de dar fe pública: notarios, secretarios judiciales, secretarios de actas, la función pública cuando emite títulos declarativos de niveles académicos acreditados, por ejemplo…

Recuerden cómo se reconocía un título de estudios reglados emitido por la autoridad competente de cualquier otro diferente. La descripción es clara: título oficial con validez en todo el territorio nacional; apelativo que no cabe en el segundo caso. Ese título oficial con validez… llevaba implícito un carácter sobre el que no cabían dudas: la homogeneidad del nivel de conocimientos de los titulados; bachilleres –no minibachilleres–, diplomados, licenciados y doctores.

Hoy, la denominación ha cambiado, manteniéndose la de bachilleres, que corresponde a minibachilleres; los diplomados han desaparecido como tales, aunque con idéntica extensión académica se mantienen con distinta y confusa denominación; los licenciados se han convertido, acortando generalmente el tiempo, en graduados; han aparecido los masters –hubieran podido llamarse maestros, porque a los así llamados anteriormente ahora se les llamaría profesores de educación…–, que son un totum revolutum, distinguiendo, inicialmente, entre oficiales y propios; y los doctores, que aparecen en los medios por causas que mejor ocultar.

Aun con todo, los de la profesión asumíamos que el titulado con una denominación tenía un conocimiento con amplitud y profundidad de saberes que, pese al diferente aprovechamiento personal, no faltaba a la verdad considerar una homogeneidad entre ellos.

El cambio, a partir de ahora, no se limita a la denominación del título, sino a lo sustantivo del mismo. Entre los bachilleres, unos tendrán asignaturas pendientes que otros no; entre los graduados, algunos habrán disculpado algún suspenso, por mor de las notas medias, ante una Junta de Calificación; entre los masters, qué decir: tendrán que detallar los programas para decidir el nivel alcanzado. Entre los doctores, diríjanse a la prensa diaria: encontrarán información relevante.

Es decir, la homogeneidad de nivel anterior ha sido sustituida por un sistema heterogéneo. Para eso, mejor carecer de sistema –evitaríamos confusiones– y que los demandantes de titulados juzguen los conocimientos de cada candidato.

Los colegios profesionales harán lo propio en las habilitaciones para el ejercicio regulado. Aunque la arrogancia de un ministro sólo se satisface con reformas.

En España

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