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Santiago Navajas

Contra la guerra, ética

Hay que ser coherentes y no echar mano de lugares comunes morales cuando no encontramos nada en nosotros mismos para justificar nuestras acciones.

Hay que ser coherentes y no echar mano de lugares comunes morales cuando no encontramos nada en nosotros mismos para justificar nuestras acciones.
El Museo Ruso de Málaga. | Wikipedia -Tyk

Gran parte de los malagueños han descubierto ahora que Putin es un dictador brutal e imperialista. En consecuencia, han presionado a su alcalde, Francisco de la Torre, para que devuelva la Medalla Pushkin que le impuso el mismísimo Putin en 2018 y a cancele las próximas exposiciones del Museo Ruso, franquicia del Museo Estatal de San Petersburgo cercana al chiringuito María de la Playa de la Misericordia. La estrategia de De la Torre de combinar los espetos de sardinas con las obras maestras de Malevich ha tenido un resultado espectacular, convirtiendo a Málaga en uno de los referentes culturales de España, a la cabeza de Andalucía, al nivel del Bilbao del Guggenheim y sólo por debajo de Madrid. Al final ha devuelto la medalla, pero con los mismas ganas que Gollum su tesoro en El Señor de los Anillos.

Estar a la vanguardia del turismo cultural, mejorando la cuenta de resultados de chiringuitos y hoteles, tenía un precio: hacer la vista gorda en la colaboración con el Estado soviético-mafioso de Putin, a medio camino entre Lenin y Toni Soprano. El lema implícito de Putin, Make URSS Great Again, era algo que todos sabíamos en 2015 cuando se inauguró por todo lo alto en la capital de la Costa del Sol dicho Museo Ruso. Putin se había anexionado Crimea, invadido las regiones orientales de Ucrania; manipulaba a muchas ex repúblicas soviéticas con dictadores títeres, y asesinaba o mandaba a Siberia a líderes de la oposición, periodistas y empresarios críticos. En Málaga se era consciente de esto –no están ciegos, sordos y mudos–, pero el alcalde apostaba por abrir un paréntesis de diálogo a través del arte y la cultura, a pesar de todo el horror y el crimen que representaba y representa el Padrino del Kremlin. Una apuesta arriesgada que ahora le ha estallado en la cara, pero no tanto por incoherencia suya sino por el cambio de criterio de los que ayer lo cubrían de flores y hoy le tiran piedras.

De la Torre tiene firmado con Putin un acuerdo de colaboración hasta 2035, y su primera reacción era de esperar teniendo en cuenta cómo los malagueños le habían aplaudido mayoritariamente al aliarse con el Museo Ruso y recibir la medalla de Pushkin.

Mi postura es la continuidad de estas exposiciones, si no estaríamos perdiendo nivel aquí, lo cual no nos impide apoyar, absolutamente, todas las medidas de sanciones económicas que se han tomado.

Al alcalde se le puede criticar el fondo moral pero no la forma lógica. Si el Museo Ruso supone una afrenta porque financia a un sátrapa, es igualmente obscena su contratación en 2014 y en 2022. A menos que suceda un giro de guión insospechado, Putin caiga y Rusia se transforme en una democracia ejemplar al estilo de Noruega, el museo no puede seguir en Málaga ni un día más. Simplemente posponer las exposiciones significa esperar hipócritamente a que los focos televisivos no estén puestos en Kiev.

Si, por el contrario, el museo era una forma de promover y estrechar los lazos culturales y artísticos entre España y Rusia, independientemente de invasiones en Siria, Georgia o Ucrania, entonces debe seguir albergando todas las exposiciones habidas y por haber. Pretender que nadie podía imaginar que Rusia invadiría Ucrania es una muestra de que en muchas ocasiones es imposible discernir entre el cinismo más descarado y la ingenuidad más desesperada. No se puede estar en misa y repicando. No se puede presumir de cultura mientras bombardean a hunos y hacerse los indignados cuando se invade a los hotros.

En el Occidente liberal presumimos de Democracy Index, de ejércitos pacifistas y de consumir cultura como churros, pero no se nos caen los anillos a la hora de participar en el Mundial de Catar, las Olimpiadas de China y el Mundial de ajedrez femenino en Irán o Arabia Saudí. No toca hablar de derechos humanos cuando se trata de cerrar el balance de la FIFA, el COI y la FIA. Si queremos no tener que devolver medallas Pushkin o cancelar museos, lo que hay que hacer es no aceptar premios de dictadores y renunciar a ingresos económicos que sabemos que están manchados de sangre. El resto es postureo, gestos victimistas como simulacros de actos éticos. En cualquier caso, hay que ser coherentes y, parafraseando a Pushkin, no echar mano de lugares comunes morales cuando no encontramos nada en nosotros mismos para justificar nuestras acciones.

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