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Emilio Campmany

Vergüenza de ministra

Sánchez será lo que sea, pero no engaña a nadie. Robles sí que ha engañado ¡y cómo! Por eso es peor, mucho peor.

Sánchez será lo que sea, pero no engaña a nadie. Robles sí que ha engañado ¡y cómo! Por eso es peor, mucho peor.
EFE

Es habitual entre los comentaristas políticos elogiar a Margarita Robles diciendo que es de lo mejor que hay en el Gobierno. Eso es más bien un ideal, algo a lo que ella debería tender habida cuenta de lo que es, una alta funcionaria metida a política. Sin embargo, por si alguna duda cabía, ha demostrado ser en realidad de lo peor. Porque, a fin de cuentas, qué cabe esperar de un tipo que copia su tesis doctoral para atribuirse públicamente una titulación que no tiene derecho a poseer; que asciende en política bajo el esmerado tutelaje de Pepiño Blanco; que, como si fuera el Pequeño Nicolás, acosa al presidente de los Estados Unidos para tener una foto con él. Sánchez es un impresentable y no va a serlo mucho más porque castigue a la directora del CNI atendiendo la demanda de quienes quieren acabar con España. Pero ¿y Margarita Robles? Se supone que tiene una reputación que preservar. Ya echó por la borda parte de ella cuando consintió, estando al frente de la cartera de Defensa, no de la de Pesca y Alimentación, suscribir el acuerdo del Consejo de Ministros por el que se indultó a unos golpistas condenados por atentar contra la unidad de España. De manera que Sánchez será lo que sea, pero no engaña a nadie. Robles sí que ha engañado ¡y cómo! Por eso es peor, mucho peor, que el falso doctor.

No satisfecha con la ignominia del indulto, que la acompañará de por vida, o quizá por estar ya sepultada en la porquería que pasar por eso le trajo, ha aceptado destituir a una leal funcionaria que no sólo ha cumplido con su obligación, sino que es desacreditada precisamente por cumplirla. Encima, para mayor oprobio, la ministra que se ha negado a mantener en su puesto a la funcionaria, ha intentado ocultar el crimen presentándolo como una sustitución e imponiendo el nombre de una persona de su confianza, como si todo fuera una normal operación de nombramientos políticos.

Con todo, aún le queda a la ministra la oportunidad de aprender la lección de gallardía, honor y nobleza que le ha dado la hasta hoy directora del CNI, que se ha negado a dimitir por no reconocer haber hecho nada malo. Los medios no le han dado importancia a esto y se han limitado a señalar que eso ha obligado al Gobierno a destituirla. La realidad es que el gesto tiene mucho más valor de lo que se dice porque nuestros políticos saben agradecer con golosos nuevos destinos a quien obediente dimite cuando se le pide y castigan con mafiosa crueldad a quien les obliga a destituirles porque eso pone en evidencia lo injusto y caprichoso de su decisión. Margarita Robles va a tener seguramente muy pronto ocasión de demostrar que ha aprendido esa lección de dignidad porque Sánchez le va a pedir su dimisión más pronto que tarde. Entonces, si le queda algo de la decencia que le sobra a su proscrita subordinada, forzará su destitución. Pero no lo hará, porque de hacerlo se quedaría sin el confite que le debieron de prometer cuando aceptó indultar a los golpistas y que le volvieron a confirmar cuando consintió destituir a una funcionaria que ella sabe que ha sido fiel.

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