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Cristina Losada

La locura del "sí es sí"

De aquello de "¡no es abuso, es violación!", viene que se eliminara el abuso, todo sea agresión y bajen las penas.

De aquello de "¡no es abuso, es violación!", viene que se eliminara el abuso, todo sea agresión y bajen las penas.
Irene Montero. | EFE

El ataque personal de una diputada de Vox contra Irene Montero no hace desaparecer los efectos perniciosos de la ley del "sólo sí es sí". Esta obviedad es tan poco obvia que ahora mismo la política y, en concreto, la política de las izquierdas los ha hecho desaparecer. Están haciendo realidad aquel sueño loco que se dice tuvieron algunos alquimistas y que consistía en transmutar la mierda (con perdón) en oro. Porque oro político es para la ministra de Igualdad y el Gobierno de coalición en pleno que la tremenda "desfeita" que practicaron con la ley haga mutis por el foro, mientras se entretiene al público con el alboroto provocado por la incontinencia verbal de Carla Toscano.

Que la crisis no iba a costarle el puesto a la ministra podemita no lo dudé un momento. Bien: sólo un segundo. El tiempo que se tarda en pensar que, por una vez, el máximo responsable político de un estropicio bochornoso va a tener la decencia de dimitir —o el presidente del Gobierno, la decencia e inteligencia de cesarlo—, y en concluir que esa normalidad en la rendición de cuentas es, aquí y ahora, un imposible. La presencia de esa Montero en el Gobierno, que no de la otra del mismo apellido, está blindada. Nadie y menos que nadie, Sánchez, puede remover esa pieza del tablero. Pero podían haber caído otras, pequeños chivos expiatorios a los que se sacrifica para la ocasión. Ahora, ni eso.

Ningún numerito zafio en el foro del Congreso, donde ahora quieren ir de versallescos, puede borrar que una ley supuestamente diseñada para "proteger" a las víctimas de violaciones y abusos esté obligando a revisar a la baja condenas de abusadores y violadores. Cuando se entra en una construcción compleja como el Código Penal con el martillo de la ideología en una mano y la hoz de la incompetencia en la otra, pasan estas cosas. Pero hay más borrados en esta historia, y alguno se ha borrado hasta tal punto que pocos recuerdan que esta ley tiene origen, y viene viciada de origen, en una suerte de locura colectiva a raíz de la sentencia de La Manada.

Una sentencia de nueve años de cárcel por abuso sexual continuado hizo rugir a las feministas e hizo creer a muchos —y a muchas— que España era el paraíso de los violadores. No se esperó entonces al Supremo, no. Se salió a la calle y se metió miedo: en cualquier esquina había un violador al acecho. Las madres esperaban con angustia que sus hijas independizadas les enviaran, de madrugada, el mensaje de que habían llegado sanas y salvas a casa. Sola y borracha, fue la delicatessen. Ciertos programas y medios, siempre al morbo, extendieron el pánico. Esto era la Jauja de la violación y los jueces se negaban a penarla. El ministro de Justicia, Rafael Catalá, no aguantó la presión. No sólo cuestionó la sentencia y a los jueces, dijo que había que cambiar la ley. Si el Gobierno Rajoy no cambió el Código Penal fue porque al cabo de unas semanas, con la moción de censura, dejaría de existir.

La ministra Montero y sus colaboradoras no han hecho más que llevar al BOE lo que se gritó y reclamó en aquel delirio colectivo. De aquello de "¡no es abuso, es violación!", viene que se eliminara el abuso, todo sea agresión y bajen las penas. Lo que mal empieza, ya se sabe cómo acaba.

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