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José García Domínguez

El indulto de Franco a Pujol

Que el padre de la patria catalana haya resultado ser un delincuente común exige verdaderos alardes de funambulismo retórico a sus publicistas.

Que el padre de la patria catalana haya resultado ser un delincuente común exige verdaderos alardes de funambulismo retórico a sus publicistas.
El expresidente catalán Jordi Pujol. | EFE

Durante la dictadura del general Franco no era nada fácil tropezarse con nacionalistas catalanes en ningún sitio, pero había un lugar en concreto donde resultaba directamente imposible encontrarlos: la cárcel. Había unos pocos nacionalistas catalanes, todos ellos discretísimos, prudentísimos y mudísimos, en los consejos de administración de las principales empresas locales, en las salas de profesores de los centros docentes domésticos, en las muchas asociaciones comarcales de poetas y novelistas vernáculos, y en las trastiendas de las sacristías, sobre todo en las trastiendas de las sacristías; pero en la cárcel, ninguno. Allí, entre rejas, como en botica, había de todo, de todo menos nacionalistas catalanes.

Al punto de que el único catalanista de quien hay noticia cierta de que pasó una temporada por las celdas del régimen fue Jordi Pujol. Uno solo. Y en Cataluña, como el propio Pujol se encargó muy poco después de recordarnos machaconamente a todos, ya había cerca de seis millones de habitantes. Viene a cuento el asunto porque la compleja gestión hagiográfica que impone el hecho de que el genuino padre de la patria catalana haya resultado ser un delincuente común exige ahora verdaderos alardes de funambulismo retórico a los publicistas oficiales del nacionalismo.

Así, en la reedición que esta semana entrante llegará a las librerías de uno de sus escritos más celebrados en tiempos, Des de les turons a l’altra banda del riu, el que trata de su breve periodo carcelario, volverá a surgir la incómoda cuestión del indulto que Pujol pidió a Franco mediante un respetuoso escrito firmado de su puño y letra por Marta Ferrusola. Un perdón que Franco, con malvada astucia gallega, procedió a conceder sin mayor dilación. En una carta privada de la época, dirigida a Ferrusola e inédita hasta su inclusión en esta nueva entrega del texto, Pujol confiesa: "No pido que todo el mundo vaya a la cárcel, que todo el mundo muera. Pero la libertad, la justicia y la Patria [en mayúscula] morirán entre nosotros si unos cuantos no arriesgamos y no estamos dispuestos a ir a la cárcel, y también a morir". Lo dicho, tarea difícil la de los blanqueadores.

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