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Federico Jiménez Losantos

Don Juan Velarde o la honradez nacional

Don Juan representaba la honradez de reconocer siempre la realidad por encima de la doctrina, para cumplir el fin último de ayudar a su país.

Don Juan representaba la honradez de reconocer siempre la realidad por encima de la doctrina, para cumplir el fin último de ayudar a su país.
Juan Velarde (i) en un acto en el Centro Asturiano de Madrid | LD

Cuando nos deja un español cabal, un sabio de una pieza, un patriota convencido, un ciudadano ejemplar, como en su larga y fructuosa vida fue Don Juan Velarde, es forzoso recordar la vida que vivimos con él, la suerte de haberlo conocido, el azar de encontrarlo, las horas felices que vivimos al acaso y ahora vemos como privilegio. Por ejemplo, una cena en Asturias, con familiares y amigos, en la que repetimos arroz con leche, porque don Juan, perito en dulces de convento, debía comprobar el punto de canela.

Compartíamos entonces "el trabajo gustoso" de que habla Juan Ramón Jiménez, la aventura radiofónica de llevar la economía a un público mayoritario y en un horario y radio comerciales. En "La Linterna de la economía", los grandes maestros eran Velarde, Barea, que nos dejó antes, y Raga, que escribe en LD un sentido epitafio a la memoria de su maestro y amigo. ¿Y de quién no lo ha sido ese bibliocurioso, archivo de largueza? Así lo recuerda Mikel Buesa, que heredó su cátedra y dialogó con él, ya que se negaba a presumir de sí mismo, en un libro biográfico. Así lo evoca Vicente Boceta, al crear la fundación Diego de Covarrubias, dedicada al estudio de la relación entre la economía de mercado y el catolicismo, los dos pilares de la Escuela de Salamanca y los dos amores de Velarde, golosinas aparte: el de la Tierra y el del Cielo. Y así lo reconoce Rotellar, de una generación para la que Velarde ha sido maestro indiscutible.

El privilegio de elegir maestros cuando los hay

Pero no siempre lo fue. Desde luego, no lo era cuando, hace casi un cuarto de siglo, yo tuve la audacia, la COPE la paciencia, y muchos la sorpresa de ver cómo tres generaciones -de Dieter a Barea, pasando por Recarte y Cabrillo, entre otros- sacábamos adelante una hora diaria de economía ("para todos", como aún recuerda Carmen Tomás) rentable y entretenida. La razón técnica es que nadie presumía académicamente, citando a mengano o zutano, si no venía muy a cuento, y explicaban la "ciencia lúgubre" del modo más claro y sencillo, para que el oyente común lo entendiera. Y la razón intelectual es que todos coincidíamos en la defensa de la economía de mercado y de la absoluta necesidad de la honradez en la cosa pública. Según la noticia del día, había diferencias o matices, pero coincidíamos en lo esencial: la necesaria honradez para servir a una causa mayor: España.

En aquella época reinaba Luis Ángel Rojo en la cátedra y la política, y en la radio organizamos la resistencia ilustrada a aquella tiranía, amable y culta al lado de los pollinos y pollinas actuales, pero tiranía al fin y al cabo. Y Velarde, como recuerda Lorenzo Bernaldo de Quirós en su magnífico artículo, era el modelo del economista honrado que había evolucionado del falangismo juvenil al liberalismo, pasando aprisa por la socialdemocracia. Si su generosidad académica ayudó a la boga de demasiados izquierdistas, no siempre honrados, Don Juan, representaba, en su persona y su conducta, todo lo contrario: la honradez de reconocer siempre la realidad por encima de la doctrina, para cumplir el fin último de ayudar a su país. Recuerdo que Recarte, mi guía indispensable para acercarme al pensamiento económico liberal y para conformar tertulias coherentes en la radio, hacía la misma valoración de Velarde que ahora Bernaldo de Quirós: era sabio y era de fiar.

Vacunado de la economía marxista, por lo mismo que de la política, yo había llegado a la conclusión de que a la política como a la economía sólo se llega desde la ética. Milei insiste en que la lucha contra las malas artes socialistas, que tiene en el peronismo archivo zoológico, debe ser, sobre todo, moral. Esa idea es hoy tan importante como siempre y más necesaria que nunca. Y la evolución de Velarde y otros intelectuales del primer franquismo, tan intervencionista, se debe al contraste de las ideas supuestamente salvíficas con los hechos, y a obedecer al principio ético que lleva a revisar lo teóricamente bueno si se prueba que su efecto es malo. No se puede sostener moralmente una idea que esclaviza y arruina a la gente.

Por eso, Velarde defendió la anulación de la fórmula "nacional sindicalismo" frente a Areilza y otros azules que consideraban llevar el cambio demasiado lejos. Porque en 1957 estaba claro que la economía de guerra tras el final de la contienda surtía efectos contrarios a los que pretendía el nuevo régimen. De ahí el Plan de Estabilización de 1959 y los Planes de Desarrollo que en apenas una década llevaron a España al mayor salto económico de su historia. El respeto a los mercados fue la llave maestra.

Dos libros, entre tantos, de Juan Velarde

La enseñanza pública era la invisible clave de bóveda del proyecto desarrollista. Era meritocrática y abierta a los más pobres con un sistema amplio pero exigente de becas. Cientos de miles de niños de las regiones más apartadas, no tan vacías como hoy, pudimos acceder, a partir de los diez años, a la educación media y superior de extraordinaria calidad. Y la asignatura de Formación del Espíritu nacional, que hoy se creerá carril de adoctrinamiento totalitario, tampoco lo era. A los once años yo descubrí la poesía en un poema de Antonio Machado recogido en "Vela y Ancla", de Eugenio Frutos. Y a los dieciséis, en sexto, la economía en el de Velarde y Fuentes Quintana. ¿Cómo no querer comprobar, veinte años después, si podía seguir aprendiendo del aquel autor que estudié en el bachillerato? Y tuve esa suerte, que hoy considero un gesto amable del destino.

Casi olvidado el manual, un día tropecé en un remate del VIPS con El libertino y el nacimiento del capitalismo, su discurso de entrada en la Academia de Ciencias Morales y políticas, y ahí se produjo mi definitivo descubrimiento de Velarde y lo que me llevó a querer ficharlo para la radio. También para Gabriel Albiac, a quien hace algún tiempo que no veo, y con el que trabó gran amistad. Un antiguo falangista y un comunista spinoziano en la radio de los obispos: un milagro inimaginable en la España actual, en la que el sectarismo más atroz no disimula la burricie instalada en el Poder. Si Sánchez lee los Cien Años de economía española de Don Juan, perece.

Tamames y una moción de censura patriótica

Uno de los izquierdistas favorecidos por la generosidad de Don Juan fue Ramón Tamames, que tras haber podido serlo todo en el PCE y dejar la política ha ido evolucionando en su idea de la historia de España, como en su libro sobre la economía durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera, modelo de intervencionismo precoz y relativamente indoloro o no ruinoso que llevó a cabo José Calvo Sotelo, asesinado en 1936 por los comunistas. Estas paradojas no son sino reencuentros de los españoles con su historia.

Y por una de esas paradojas españolas, hete aquí que Tamames, una generación más joven que Don Juan (Ortega cifraba en dieciséis años la distancia generacional) es noticia de actualidad por la posibilidad de que encabece la moción de censura contra Sánchez artillada por Vox. Cuando supe de la ocurrencia de su ex-compañero de celda antifranquista Sánchez Dragó me pareció digna del genio disparatado de Giménez Caballero. Sin embargo, siendo Velarde nonagenario, ¿alguien duda de que hubiera hecho un gran discurso contra este tirano que va camino de destruir España?

¿Por qué, pues, no puede hacer Tamames un discurso que empiece con el elogio a los maestros que, como Velarde, limaron un pasado lleno de aristas y con honradez intelectual y patriotismo generoso, dieron el mejor ejemplo a las futuras generaciones de españoles? Nuestro ya inolvidable Don Juan mantuvo hasta la misma víspera de su fatal caída la producción intelectual. Rotellar ha revelado en LD que dejó escrita la última lección para sus discípulos del Centro de Estudios Superiores Cardenal Cisneros. Noventa y cinco años tenía. A su lado, Tamames es un pipiolo. La mayor urgencia nacional es evitar que el sectarismo necio aplaste la actividad intelectual. Y qué mejor referente, ya inolvidable, de ese preciso afán de sinceridad que la vida y la pasión española de Don Juan Velarde Fuertes, amigo entre los amigos, maestro entre los maestros.

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