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El idilio de la izquierda con los millonarios guiris

Los visados de oro fomentan desde la Administración que los precios del ladrillo en nuestras dos grandes ciudades sigan subiendo a ritmo exponencial.

Los visados de oro fomentan desde la Administración que los precios del ladrillo en nuestras dos grandes ciudades sigan subiendo a ritmo exponencial.
Una vivienda a la venta. | Europa Press

Ya sé que no es costumbre hablar de la realidad durante las campañas electorales, pero una noticia sobre lo que está pasando con los visados de oro de España a raíz de que tanto Portugal como Irlanda hayan decidido suprimirlos me anima a saltarme la norma. Los visados de oro son esas indulgencias plenarias que conceden ciertos gobiernos para que millonarios extranjeros puedan obtener el permiso de residencia a cambio de realizar algún desembolso notable de dinero dentro de sus fronteras.

En el caso español, la inversión que abre las compuertas legales a la residencia de forma inmediata se concreta en destinar un mínimo de quinientos mil euros a la adquisición de un inmueble residencial. Y de ahí lo muy habitual que resulta en ciudades como Barcelona el cruzarse por las calles de determinados barrios con familias de potentados rusos y ucranianos, entre otros, que pasan largas temporadas alojadas en sus propiedades locales. Lo mismo, por cierto, que ocurría en Lisboa hasta que el Ejecutivo del socialista Costa decidió acabar de raíz con esas modernas patentes de corso inmobiliario. Y la razón fue que los alquileres en la capital de Portugal, uno de los territorios más pobres de la Europa occidental, se habían situado ya al mismo nivel que en Londres.

Bien, pues la noticia es que, a raíz de la prohibición lusa, la demanda de las golden visa españolas se ha incrementado en un 67,5%. Ricos de todos los rincones del (tercer) mundo hacen cola hoy para comprar una vivienda de medio millón de euros en Madrid o Barcelona. Medio millón puede parecer mucho dinero, pero es, más o menos, lo que cuesta hoy un piso normalito, uno nuevo de cien metros cuadrados, en el Ensanche de Barcelona. Razón por la cual esos visados constituyen un instrumento perfecto para fomentar desde la Administración que los precios del ladrillo en nuestras dos grandes ciudades sigan subiendo a ritmo exponencial. Y quizá yo me esté quedando un poco sordo con los años, que 62 empiezan a ser muchos, pero lo cierto es que todavía no he oído a nadie desde la izquierda criticar ese asunto. Tendré que ir a Gaes.

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