Menú
Luis Herrero Goldáraz

La conserva democrática

Si algo caracteriza a los demócratas no es el nombre del sistema, sino que este ofrezca garantías de que no todo depende del capricho autoritario del poder.

Si algo caracteriza a los demócratas no es el nombre del sistema, sino que este ofrezca garantías de que no todo depende del capricho autoritario del poder.
Félix Bolaños junto a Pedro Sánchez. | Europa Press

Hace tiempo que se nos viene encima —la exministra Belarra no es más que la última de una larga lista de oteadores de horizontes que nos lo advierte— una inmensa y amenazante ola reaccionaria. Se trata de una ola gigantesca, algo así como un tsunami. Y probablemente nuestro gobierno "progresista" no tendría reparos en llamarla de esa forma si esa maldita palabra, Tsunami, no estuviese ya ligada irremediablemente a su nuevo socio Puigdemont. En cualquier caso, lo que debe darnos miedo no es la ola, eso nos dicen, ni siquiera que la ola sea inmensa, sino que sea reaccionaria, algo que tendría un mínimo sentido si no se diese también el caso de que pocas cosas son más intrínsecamente reaccionarias en este mundo que nuestro país.

Me intentaré explicar: en España, todo se ha movido siempre en reacción. Aquí, ni las mayores innovaciones ni los máximos hitos de modernización social han sido nunca fruto de un espíritu genuinamente emprendedor o progresista. España, por más que digan, es un país absolutamente conservador. Es un país de gentes muy resueltas que tienen claro lo que son y que no conciben ni por un segundo dejar de serlo. Esa es nuestra característica principal y así se definen, desde luego, nuestros dos grandes bloques ideológicos: conservadores hasta el punto de que si nuestros revolucionarios siguen siéndolo es únicamente porque necesitan preservar su identidad.

Yo supongo que esto se debe a que somos muy sentimentales. Y nada hay más sentimental que el sentimiento de conservación. Somos seres arrojados al mundo que se ven pronto obligados a acomodarse a un ideal y a conservarlo como si se tratase de la casa paterna. Así que es normal, me temo, que para terminar de hacerla nuestra acabemos deshaciéndonos de mucho o de poco de lo que pudiese guardar dentro, aunque sin renunciar nunca al solar. Ni siquiera nuestros ciudadanos más ilustres y cerebrales suelen escapar del todo a este fenómeno. Y así ocurre que hasta ellos terminan discutiendo a veces como asomados al patio al que van a dar los ventanales de su hogar.

Un ejemplo muy reciente sirve para ilustrar bastante bien esto que digo. Me refiero al debate que hay en torno a si estamos yendo directos a una dictadura, palabra gruesa donde las haya, o si lo que tendremos, de seguir así, será todavía una democracia, "gracias a dios", aunque lamentablemente "cada vez más autoritaria". Escuchándolo he recordado el episodio aquel en el que Solzhenitsyn, comparando la España franquista con la Rusia soviética, vino a decir que la nuestra era poco menos que el paraíso de la libertad. El revuelo que se formó fue tremendo, naturalmente. Y yo pensaba que aquello fue porque si algo caracteriza a los demócratas no es el nombre del sistema, precisamente, ni siquiera su grado de libertad, sino que este ofrezca garantías razonables para que sus ciudadanos no vivan con la percepción de que todo eso depende, en última instancia, del capricho "autoritario" del poder. Quién sabe. Sospecho que lo que ocurre realmente es que la palabra democracia —aunque sea autoritaria— es aún bastante acogedora, por lo que muchos la necesitan conservar.

Temas

En España

    0
    comentarios