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Cristina Losada

"Enséñame la pasta", a la orensana

La política local no es menos encarnizada —ni menos compleja—  que la que se lleva la fama y pasa, injustamente, por gran política.

La política local no es menos encarnizada —ni menos compleja—  que la que se lleva la fama y pasa, injustamente, por gran política.
El alcalde de Ourense, Gonzalo Pérez Jácome, somete su cargo de cuestión de confianza | Rosa Veiga / Europa Press

Por aquello del impacto nacional que iban a tener las elecciones gallegas, los medios nacionales echaron una ojeada a las peculiaridades políticas galaicas y descubrieron a uno de sus personajes más estrambóticos en la figura de Gonzalo Pérez Jácome, alcalde de la ciudad de Orense y líder del partido, estrictamente provincial, Democracia Ourensana. Impactó que Jácome, que empezó a ser popular hace décadas con un canal de televisión propio y un estilo cañero, dijera en una entrevista que si su partido llegaba a tener la llave de la Xunta, pactaría con el diablo para conseguir "el cielo para Orense" y que su motto, en tal caso, iba a ser la frase célebre de la película Jerry Maguire: "Show me the money", o como él mismo tradujo, "enséñame la pasta".

Su partido, visto está, no tiene la llave, pero se ha hecho con un escaño, un único asiento desde el que promete ser disruptivo por la vía, ya ensayada en la ciudad, de contar "todo lo que de verdad" pasa en el parlamento autonómico. El viejo tema de desenmascarar las componendas. Por eso y por su estilo, se le ha llamado populista —como poco—, pero en lo que se encuadran su partido y el apoyo que recibe es en la sempiterna queja localista que postula que un lugar está discriminado y abandonado y exige el fin del supuesto o real maltrato. En esto, hay que decir, no se diferencia en nada de Abel Caballero, el alcalde vigués, que colecciona mayorías absolutísimas apelando a un similar victimismo, aunque desde un partido del establishment, como el PSOE.

Los problemas que dan lugar a estas reclamaciones pueden encontrarse por toda la geografía española. Uno de ellos es el centralismo autonómico, del que se habla poco, pero existir, existe. Jácome exagera cuando suelta que Santiago de Compostela se ha convertido en una Dubai, gracias al dinero de todos los gallegos, y que al privilegiarla se descuida a otros, como su provincia, que se hunde en implacable decadencia. Pero exageración al margen, es cierto que la descentralización no ha sido la justa y generosa matriarca que iba a dar prosperidad a todos por igual, como se prometía. También la descentralización tiene sus perdedores. Y las capitales de las autonomías no suelen estar en esa lista.

El localismo no sólo es lo que parece. Se usa muchas veces para finalidades menos evidentes que las que proclama. En ciertos casos, sirve de tapadera para conflictos internos por el reparto de poder en el partido dominante. Cuando el reparto no es satisfactorio, la facción que se siente perdedora abre las hostilidades, aunque de forma encubierta. No se va del partido ni libra la batalla dentro, sino que la da a través de un partido nuevo que pueda causar daño. Es como una guerra proxy. Aparece entonces, oh sorpresa, una guerrilla que tiene toda la pinta de ir por su cuenta, pero que va a obtener subrepticiamente apoyo y votos de la facción perjudicada.

Lo de Jácome, en todo caso, viene a encarnar una cierta nostalgia del baltarismo, el modelo conseguidor y clientelista regido durante largo tiempo por la dinastía de los Baltar, ahora de capa caída, y contra la que despotricaba el propio fundador de Democracia Ourensana hace años. Pero la política local no es menos encarnizada —ni menos compleja— que la que se lleva la fama y pasa, injustamente, por gran política.

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