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Agapito Maestre

La otra cara de la democracia

La democracia es imposible analizarla sin su contrario bárbaro: el totalitarismo.

La democracia es imposible analizarla sin su contrario bárbaro: el totalitarismo.
Pedro Sánchez. | EFE

A pesar de Sánchez y todo el frente totalitario conformado por el sanchismo, nadie debería dudar de la viabilidad de España como nación democrática. Eso no significa que no estemos al borde del precipicio político. Es menester, pues, no caer en el derrotismo. Y hemos de evitar por todos los medios del peligro contrario: el triunfalismo; porque el sistema democrático, la forma de vida democrática, es sobre todo una experiencia, me pongo en guardia al oír el tópico: "La democracia española es sólida y estable." Estoy tentado de mantener todo lo contrario: el sistema democrático es frágil y tambaleante, pero creo que caería en el defecto que pretendo cuestionar. Sirve de poco hablar de democracia, o de Justicia, en términos absolutos a no ser que pretendamos engañar a alguien, o peor, engañarnos a nosotros mismos. La idea de Democracia, como la de Justicia, absoluta solo sirve para los frontispicios de los edificios oficiales y, de paso, para que los malos políticos, hoy mayoría entre los que pueblan el Congreso y el Senado, conquisten a las muchedumbres para esclavizarlas.

​Quienes hablan de Justicia absoluta, o democracia total, no conseguirán abolirlas, pero es obvio el daño que les infligen: convierten en arbitrarios los Procedimientos de la Justicia y de la Democracia. No existen la Justicia ni la Democracia absolutas. Lo real es otra cosa. La democracia siempre se escribe con minúscula y es relativa. Es una forma de vida cotidiana. La democracia española comparada con algún país africano es, seguramente, más presentable, defendible y limpia que si tomamos a Francia o Italia como unidad de medida. La democracia, o el grado de calidad democrática de España, no puede medirse en términos ideales sino históricos. La democracia es imposible analizarla sin su contrario bárbaro: el totalitarismo. A Sánchez se le llena la boca de democracia, mientras la mata con arbitrarios e injustos Procedimientos. Ahora quiere nombrar a los jueces y a los periodistas… El colmo. Quizá lo consiga, aunque el tiempo y su torpeza juegan en su contra.

​Muchas son las reglas e instituciones democráticas que Sánchez ha logrado pervertir, pero seguramente ha sido y es su manera de ejercer el poder político, lejos de la contención personal y el respeto a las reglas institucionales derivadas de la Constitución del 78, la peor de todas. Sánchez ha elevado su "entera voluntad", a modelo democrático. "Es el puto amo", dijo en lenguaje soez uno de sus ministro. Él, sí, "hace y deshace lo que le da la gana". El poder de Sánchez no es otra cosa que "hacer lo que le da la gana". La actitud adolescente, cuasi criminal, de esa manera de ejercer el poder es el golpe más duro que está recibiendo el sistema del 78. El comportamiento de este hombre niega el primer deber del político demócrata, a saber, la autolimitación, la contención y el respeto escrupuloso a las reglas de la democracia.

​¿Quién se está enfrentado a este ejercicio abusivo, o sea totalitario, del poder sanchista? Unos pocos medios de comunicación y, seamos honestos, gran parte del llamado poder Judicial, y la Oposición. No es poco. ¿Será suficiente para acabar con el sanchismo como pesadilla contra la democracia? No. Se necesitaría una Oposición más unida y contundente, o sea una genuina Oposición y, sobre todo, un proyecto político de carácter nacional que no se arrugase a la hora de enseñarle a las próximas generaciones qué es una genuino Estado democrático dentro de una nación.

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