
Nunca le he deseado ningún mal a nadie, y con Sarah Santaolalla no voy a hacer una excepción. Espero que esté bien de salud, de dinero y de amor. Tengo la absoluta convicción de que una inmensa mayoría de españoles piensan igual -o tienen cosas más importantes en qué pensar- y no sólo no están planeando ningún ataque contra la integridad física de Sarah Santaolalla, sino que, de presenciar uno, lo atajarían raudos. Incluso gratis y en su tiempo libre, es decir, sin ser escoltas profesionales, cobrando del erario público del Ministerio del Interior.
Hubo un tiempo, con ETA todavía activa, en que el Ministerio del Interior ponía escolta a periodistas que se consideraban amenazados... no precisamente de boquilla, como cuando a Mamen Gurruchaga le quisieron plantar una bomba en casa. Ciertamente esto tuvo un efecto dominó peligrosamente frívolo, cuando algunas personalidades de la comunicación parecían pensar que no eras nadie si no llevabas protección oficial. Más de uno y más de dos se beneficiaron del beneficio de la duda, valga la redundancia. De que no se quiera correr ningún riesgo, ni siquiera a costa de hacer el ridículo.
Huyendo del cual se me ocurren muchas personas ahora mismo más perentoriamente necesitadas de escolta oficial que Sarah Santaolalla. Pienso por ejemplo en los muchachos de S'ha Acabat agredidos cada vez que intentan plantar una tienda en un campus universitario catalán, y en el catedrático Rafael Arenas zarandeado por intentar defenderles. Pienso en mis amigos de la comunidad judía de Barcelona que no pueden ni reunirse a rezar en la sinagoga sin los mossos d'esquadra a la puerta. De la sinagoga, no de su casa. Ninguno de ellos tiene escolta personal las veinticuatro horas del día.
A un nivel más sutil y más profundo, pienso en otro tipo de ataques que a lo mejor no se solucionan con escudos humanos uniformados, que requerirían un sentido de la libertad, la responsabilidad y la justicia mucho más socialmente interiorizados y extendidos. Pienso en la cancelación inmisericorde de personas como Lidia Falcón o Lucía Etxebarría por enfrentarse a un feminismo ayatollizado. Pienso en los periodistas y analistas vetados en medios de comunicación (a mí misma me ha pasado y me pasa...) por cuestionar el dogma de la opinión dominante. Pienso en el estrangulamiento de la pluralidad, en el acoso y derribo de la tolerancia, en el odio que de verdad da miedo, el odio sin hache, contra todo aquel que piense distinto. O que simplemente piense.
Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Las personas más odiadas, acosadas y perseguidas que conozco no sólo no suelen presumir de ello, ni jactarse de llevar escolta, sino que, haciendo de tripas corazón salen cada día a la calle, y a la vida misma, a humilde pecho descubierto, y que sea lo que Dios quiera. O lo que Jürgen Habermas decía que habíamos dejado a medias: la Ilustración. Nunca es tarde para intentar ser mejores. Nunca es tarde para intentar elevarse por encima de las miserias y marcar distancias con la llorona mediocridad.
