
Allí donde haya muerte, tiranía y destrucción, en el momento de mayor dolor del pueblo, los más pelmazos de la progresía mundial se subirán a un barco, se pegarán unos días de fiesta, y acudirán a sacarse una foto con el mundo en llamas a su espalda, en apoyo del opresor y haciendo escarnio del oprimido. Los padecieron los gazatíes con la flotilla First Dates, y ahora le toca el turno a los cubanos. Es el turismo fetichista. El modo en que los ricos disfrutan visitando lugares devastados, lloriquean en modo selfie frente a sus iPhones, y regresan a sus mansiones a tiempo de quitarse la ropa andrajosa, vestirse sus mejores galas, y acudir en Madrid a alguna gala solidaria de buen comer y mejor beber.
No sé si la amenaza de la flotilla de Open Arms tiene algo que ver con la foto de Silvio Rodríguez armado con su nuevo AKM, que digo yo que tampoco es cuestión de hundirles el barco. Pero el cantautor coñazo, incluso gagá, es la principal esperanza del pueblo cubano ante la ofensiva marinera de Pisarello y Corbyn porque, llegado el momento, no va a poder resistir la tentación de subirse al barco y cantar, y lo esperable es que hasta los más enemigos del fascismo se arrojen por la borda con el pin de Che Guevara en la solapa y todo. Porque si Pablo Iglesias, fan del thrash metal y de Extremoduro, se me pone a cantar "Días y flores" con timbre de campanilla de sacristía, se me cae un mito.
La flotilla impulsada por Podemos, Sumar y Bildu, amenaza con transportar a la isla generadores fotovoltaicos, que es exactamente lo que los cubanos famélicos saqueados por el castrismo están deseando llevarse a la boca. Deberían dar gracias a Dios, o a la Pachamama, los intelectuales sin lecturas, si tras arribar a Cuba logran salir de allí sin haberse convertido en el primer plato.
La izquierda en su versión Open Arms, o sea, casi toda la izquierda, está que trina contra Trump y ha desempolvado su viejo antiamericanismo, que suena tan actual como el "Ojalá" de Silvio Rodríguez. El gran líder autoproclamado de toda esa secta nostálgica de las revoluciones, mitad turbante, mitad habano, Pedro Sánchez, ha interrumpido su extraña comparecencia de este viernes para regalarnos otro papel estelar digno del mejor Hollywood. En todas sus actuaciones anteriores, de Paiporta al ayuno hasta las cinco, Sánchez ha demostrado que, de no haber sido presidente, pudo haber sido plañidera oficial, Anthony Perkins en la de Hitchcock, o incluso arrancarse a saetas por las calles de Sevilla. Sin embargo, confieso que esta vez me he tirado el café por encima al ver al presidente metiendo con calzador su papelito dramático en medio de la comparecencia sobre las medidas económicas contra los efectos de la guerra de Irán, de manera tan atropellada que apuesto a que los asesores no le aclararon bien en qué punto debía comenzar a sobreactuar: "En fin… es que estoy… estoy muy enfadado".
Tras largos segundos de incertidumbre, Sánchez nos ha aclarado que está muy enfadado con "la situación que está viviendo el mundo", lo que me lleva a descartar que su cabreo tenga algo que ver con que, durante su discurso, los periódicos anunciaron que el juez Peinado ha abierto el juicio contra su mujer y la ha citado en plena Semana Santa, lo que arruina en parte, supongo, los planes de la pareja de disfrutar un año más del Palacio de las Marismillas de Doñana.
Entre Cuba, Irán, Peinado y Torrente, el presidente tiene motivos de sobra para estar muy enfadado, como también lo están los cantamañanas de la flotilla, el Club de Fans de los Ayatolás, y los ujieres que atienden el Consejo de Ministros, que están hartos de llegar tarde a casa a comer por culpa de tonterías.
Si no fuera porque el presidente es demasiado pijo como para compartir camarote con los enemigos del jabón, veríamos a Sánchez enfadadísimo en la flotilla, haciendo la pose del águila cornuda en la proa, como DiCaprio en "Titanic", con una camiseta de "fuck Trump", y entrando en Cuba mientras entona a voz en grito el "Hasta siempre, Comandante".
