Hitchens contra la islamofobia
Uno de los aportes más proféticos de Hitchens fue su denuncia temprana del término "islamofobia".
A raíz del episodio de unos hinchas de la selección española cantando "musulmán el que no bote" en un partido contra Egipto y las airadas reacciones suscitadas en determinada prensa sobre presunta islamofobia y xenofobia (la misma que no dice ni mú cuando en San Mamés cantan "españoles, hijos de puta"), me he acordado de Christopher Hitchens, el ensayista y polemista británico fallecido hace quince años, que fue uno de los críticos más feroces y elocuentes de todas las religiones organizadas. En su libro Dios no es grande. Cómo la religión lo envenena todo y en innumerables debates, artículos y conferencias, sostuvo que la fe religiosa —cualquier fe en lo sobrenatural— representa una forma de irracionalidad, autoritarismo y envenenamiento de la vida humana. No hacía excepciones y atacaba con igual vehemencia el cristianismo, el judaísmo, el hinduismo y, de manera particularmente incisiva en sus últimos años, el islam, cuya expansión europea a través de la inmigración procedente de países de mayoría musulmana traía consigo, en no pocos casos, tradiciones antiliberales, antidemocráticas, machistas y homofóbicas. Por cierto, Hitchens despreciaba el deporte en general y el fútbol en particular casi tanto como las religiones, así que es imposible que hubiese estado en una grada botando por no ser musulmán, pero sus críticas son el equivalente intelectual a botar por no ser musulmán, cristiano ni de ninguna religión. Para Hitchens, un mundo sin ciencia, sin arte o sin filosofía sería un infierno, pero un mundo sin religión sería una bendición, casi un paraíso; si no el mejor de los mundos posibles, uno bastante mejor que éste. Para alcanzar la perfección leibniziana, quizá habría que abolir también alguna otra liturgia de masas contemporánea.
Para Hitchens, las religiones no merecían un "respeto" automático solo por ser creencias religiosas. Insistía en que el respeto debe ganarse mediante argumentos racionales y evidencia, no exigirse como un derecho inherente. Una de sus ideas centrales era que nunca se puede invocar el "respeto" para blindar una idea contra la crítica, el escrutinio o incluso la burla. Tampoco cuando una multitud corea "musulmán el que no bote". Hitchens habría extendido el principio, por supuesto, a cristianos, hindúes, budistas e incluso sintoístas —estos últimos, dicho sea en su honor, sin especial historial de guerras santas, inquisiciones, burkas ni fatwas—. La capacidad de reírse de la autoridad —sobre todo la autoridad divina o clerical— forma parte esencial de la emancipación humana. La burla y la sátira no son meros caprichos para Hitchens, al fin y al cabo heredero de una tradición satírica como la de Swift y Sterne, sino que son herramientas indispensables contra el dogmatismo. Decía, en esencia, que si una creencia no soporta ser ridiculizada, entonces no merece ser tomada en serio.
Hitchens aplicó este principio sin piedad al islam. Criticó sus textos sagrados —el Corán, sostenía, no deja de ser un refrito tardío del Antiguo y del Nuevo Testamento con alguna corrección genealógica de andar por casa—, su visión de la mujer, la apostasía, la blasfemia y, sobre todo, la pretensión del islamismo político de imponer la sharía como ley estatal y de hacer valer lo haram y lo halal como si sus supersticiones rituales y gastronómicas tuvieran que incumbirnos lo más mínimo al resto. No veía el islamismo como una simple religión intensificada, sino como una ideología totalitaria que fusiona fe, política y violencia; no tuvo reparo, de hecho, en emplear el término "islamofascismo" para describir ciertos regímenes y movimientos, de Irán a Catar.
Uno de los aportes más proféticos de Hitchens fue su denuncia temprana del término "islamofobia". Lo consideraba un neologismo estúpido y peligroso, concebido no para proteger a personas concretas de una discriminación real, sino para equiparar la crítica legítima al islam con el racismo o el odio étnico. La crítica ilustrada no se dirige a los musulmanes como casta moral aparte, sino a los creyentes como ciudadanos adultos, responsables de las ideas que profesan. Nadie puede dejar de ser negro u homosexual, de modo que burlarse de una condición innata sí constituye una infamia; ser musulmán o ateo, en cambio, es una adscripción, una convicción o una elección, y por tanto algo perfectamente expuesto a la crítica y a la sátira. Hay musulmanes de ocho apellidos noruegos como hay ateos árabes (aunque estos últimos tendrán muchos problemas de Marruecos a Indonesia, donde se persigue el ateísmo, mientras que un musulmán en Noruega podría llegar a ser primer ministro del país). Una fobia es un miedo irracional e incontrolable, pero criticar una ideología religiosa con argumentos racionales y evidencia no solo no es una fobia, sino que es un deber intelectual. Burlarse de una creencia —sea la Santísima Trinidad, el Corán, la teoría de la evolución o la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica— forma parte, además, de la higiene de una sociedad libre y del mantenimiento elemental del sentido del humor. Sin ir más lejos, les contaría un famoso chiste sobre un policía que detiene el coche donde van Heisenberg y Schrödinger; aunque ahora no tengo espacio, seguro que ningún físico se ofendería por ello, más allá de criticarme por no tener la más mínima gracia.
Por si no ha quedado claro, subraye lo siguiente estimado y esforzado lector: hay una crucial distinción entre personas (merecedoras de protección contra discriminación) e ideas o sentimientos (merecedoras de escrutinio implacable y susceptibles de burla inmisericorde, también las religiosas). En países civilizados, se entiende.
Hitchens fue particularmente duro con Europa. Observaba cómo el multiculturalismo ingenuo, el relativismo cultural y el miedo a ser tachados de "islamófobos" estaban permitiendo que el islamismo avanzara. En Europa, grupos militantes —a menudo financiados desde el exterior y no pocas veces radicalizados en mezquitas o prisiones— exigían privilegios especiales, desde la censura de caricaturas hasta la imposición informal de normas islámicas en barrios, escuelas y espacios públicos. Que le pregunten a Salman Rushdie o a su traductor al japonés (bueno, a este no pueden preguntarle porque también lo asesinaron). Para Hitchens, criticar el islam (o cualquier religión) no era odio, sino un acto de higiene intelectual necesario para preservar una sociedad abierta. En un Occidente donde toda crítica o burla de la religión pudiera ser descalificada como islamófoba, cristianófoba o judeófoba, la distancia moral con Irán o Afganistán empezaría a ser menos cómoda de invocar de lo que muchos creen. No deja de ser revelador que en la Europa supuestamente vacunada contra el oscurantismo hayan llegado a retirarse o cuestionarse obras y representaciones críticas con Mahoma en nombre del respeto religioso. Voltaire censurado ¡en Suiza!, como si las vacas pastasen en los desiertos de Arabia Saudí.
Hitchens defendía que cualquier reforma real del islam debía venir acompañada de libertad absoluta para criticar sus textos, prácticas y dogmas, incluida la burla cuando fuera necesaria. Sin embargo, los intentos de reforma interna —especialmente cuando provienen de mujeres, de Amina Wadud a Seyran Ateş— suelen enfrentarse a una resistencia feroz que confirma su diagnóstico de que el islamismo no tolera la disidencia y utiliza la acusación de blasfemia o apostasía para silenciarla, a menudo con amenazas de muerte. Estas mujeres reformistas no son atacadas por "islamófobos" occidentales, sino precisamente por musulmanes ortodoxos e islamistas que ven en su rechazo al velo, en su ejercicio de liderazgo religioso femenino o en su defensa de la igualdad de género una herejía que merece castigo. El resultado es que muchas viven en el exilio interior europeo, bajo protección policial o en silencio forzado. Esto demuestra, como advertía Hitchens, que el islamismo no necesita siempre recurrir a la violencia terrorista masiva, sino que basta con la intimidación selectiva, las fatwas y la presión social para frenar cualquier evolución hacia un islam verdaderamente liberal.
En definitiva, recordemos la advertencia hitchensiana de que el avance del islamismo en Europa se beneficia de la ingenuidad multicultural que confunde "diversidad" con inmunidad doctrinal, mientras silencia con el chantaje moral o la amenaza física a quienes se atreven a cuestionar el dogma. Si en Suiza se vetó a Voltaire por "islamofobia", en Inglaterra próximamente prohibirán a Shakespeare y en España habrá que ir botando a Quevedo. Malos tiempos para la lírica, peores todavía para la crítica, pero, ay, buenos para el multiculturalismo y espectaculares para el islamismo.
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