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Agapito Maestre

Agapito Maestre. Diario de la pandemia. El poder de la policía

Ilustración, esfera pública política irreductible al poder Ejecutivo y una sociedad civil desarrollada son las bases de cualquier democracia.

Agapito Maestre
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Ilustración, esfera pública política irreductible al poder Ejecutivo y una sociedad civil desarrollada son las bases de cualquier democracia.
Cordon Press

He viajado de Madrid a Sevilla con un salvoconducto. La cosa es dura de digerir para cualquier persona con decencia ciudadana. Pero da igual qué haya sentido yo como ciudadano. Errar lo secundario no es relevante. Es más importante referirse a la situación objetiva de España. Tenemos que acertar en lo decisivo: vivimos en algo peor que un Estado de Excepción. Estamos tocando los abismos del estado policial, pero aún hay “periodistas” negacionistas. No quieren reconocer lo evidente, o peor, trabajan para el poder de Sánchez-Iglesias. Da vergüenza leer a algunos columnistas y su persistencia en negar lo obvio.

Por ejemplo, cuestionan el poder real que se le ha dado a la policía desde marzo de este año. Nunca había tenido la policía en España, en los últimos cuarenta y tres años, tanto poder como hoy. Poder, sí, real; sin tener que rendir cuentas a nadie, para inmovilizar, denunciar e incluso encarcelar a un ciudadano normal. Da un poco de miedo la Orden Ministerial dirigida a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para desarrollar el Real Decreto por el que se declaró el Estado de Alarma. Cualquiera que lea el apartado del régimen sancionador de la Orden, comprobará fácilmente que se dota de poderes casi extraordinarios a la policía. Según juristas de reconocida solvencia, ahí están contenidas algunas razones para mantener que vivimos en un estado policial.

Si a esa legislación, puesta en práctica a veces con desgraciada eficacia durante los últimos meses, unimos la reciente Orden Ministerial que regula el Procedimiento de actuación contra la “desinformación”, en realidad, todo un corpus para controlar, perseguir y matar civilmente la libertad de información y hasta de pensamiento, entonces tenemos un pequeño plano del objetivo fundamental del gobierno de Sánchez-Iglesias. Se trata de reducir la esfera pública política a los dictados policiacos del Gobierno y, de paso, someter a la “sociedad civil” a un control férreo hasta hacerla desistir de su principal razón de ser: cuestionar el poder político para desarrollar y profundizar la democracia.

Ilustración, esfera pública política irreductible al poder Ejecutivo y una sociedad civil desarrollada son las bases de cualquier democracia, pero aquí no sólo no se han desarrollado, sino que han sido reducidas a su mínima expresión. Estamos lejos de vivir en una sociedad abierta y plural. España es cada vez más cerrada y cicatera. Ahora el poder totalitario solo se justifica con la basura “expresiva” de Sánchez-Iglesias, cuyo principal tópico es una simpleza: gobernamos contra la “derecha y la ultraderecha”. Por este camino, España ya no es una comunidad de seres libres e iguales ante la ley sino un “gentío” controlado policialmente. El Poder nos impone cómo hemos de pensar y hasta cómo ha de ser el derecho. No hay ya, en España, diferencia entre la mentira y la verdad.

Sin embargo, resulta curioso, por no decir atrabiliario, la actitud reticente de “ciento” de periodistas a llamar por su nombre a las imposiciones autoritarias del gobierno de Sánchez-Iglesias en general, y especialmente las referidas al estado de alarma y a la orden sobre la “desinformación” en redes sociales. Aún hoy sonroja leer que este gobierno solo amenaza la libertad de información, porque siempre habrá periodistas que no se dejan amordazar. Por Dios bendito, quien así se manifiesta, es ya un vendido, o mejor dicho, un amordazado. Estos son lo más cobardes. Cuidado con ellos. Están por todas partes.

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