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Amando de Miguel

La disolución de la ética del esfuerzo

Todavía quedan restos de la moral del esfuerzo en la sociedad española actual, pero empiezan a ser una rareza.

Amando de Miguel
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Me impresionó la gacetilla perdida en la faramalla periodística de estos días de confinamiento y verbosas ruedas de prensa telemáticas. El Ministerio de Universidades (distinto al de Educación y al de Ciencia) ha tomado la decisión progresista de que a los becarios, para renovar su beca, les baste aportar un cinco de nota media. Tal facilidad se añade a un curso en el que prácticamente, por mor del virus chino, los estudiantes universitarios van a obtener con toda facilidad una especie de aprobado general.

Reconozco el sentimiento de envidia retrospectiva que me ha creado la noticia que digo. Toda mi dilatada vida estudiantil, desde la primaria hasta el doctorado, y luego los estudios de postgrado en los Estados Unidos, los pude realizar gracias a sucesivas becas, cada vez más generosas. En todas ellas la condición inexcusable para obtenerlas y renovarlas era sacar una calificación académica de sobresaliente. Así que poco mérito he tenido al lograr las buenas notas de mi vida discente. La necesidad crea el órgano. En este caso el esfuerzo para esmerarme como "escolante" (así lo decía mi madre con orgullo) se convirtió en un hábito de trabajo continuo, una ética del esfuerzo y de la obra bien hecha. No soy una excepción. Mis compatriotas y coetáneos se han visto impelidos a las mismas normas interiorizadas. El resultado colectivo ha sido el portentoso desarrollo de la sociedad española a lo largo de las dos últimas generaciones. El secreto no ha estado en la economía, en los recursos de capital, sino en la ética de la población activa.

Todavía quedan restos de la moral del esfuerzo en la sociedad española actual, pero empiezan a ser una rareza. A veces se desprecian como "elitistas". La norma que acaba de dictar el Ministerio de Universidades manifiesta la alteración que digo. En su nimiedad importa mucho más que los cambios políticos que usualmente se comentan y nos tienen tan entretenidos.

Durante la II Guerra Mundial, Winston Churchill demandó a sus compatriotas "sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo". No sé por qué la famosa frase se traduce siempre en España eliminando lo del "esfuerzo" (toil). Quiere decir también laboriosidad, dedicación, tesón, empeño, brega. Fue la virtud colectiva fundamental para derrotar a los nazis y, antes, para levantar el Imperio Británico, y antes para dirigir la Revolución Industrial. El Reino Unido logró educar a más premios Nobel de ciencias que ninguna otra nación. En España solo tuvimos un solo premio Nobel científico (Ramón y Cajal), y eso fue hace más de un siglo. No puede ser una casualidad que al actual ministro de Universidades le hayan sustraído la competencia de la investigación científica.

Se me dirá que en este preciso momento de gravísima crisis económica (del sacrificio de cien bueyes) no compete mucho preocuparse por el sentimiento de emulación de los estudiantes. Todo lo contrario; precisamente, como en el caso del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, la extrema dificultad colectiva debe acuciarnos a desplegar más esfuerzo que nunca. Aunque me parece que esta admonición del viejo profesor puede ser algo así como predicar en el desierto o como "soñar con truchas", que dicen los catalanes.

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