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La selección del personal político

Se premia sobre todo la fidelidad a los que mandan.

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Existe una gran desproporción entre la multitud de individuos dispuestos a escalar la pirámide del poder político y el número relativamente pequeño de puestos en tal menester. No está resuelta la cuestión de cómo seleccionar de forma adecuada el personal que va a dirigir la política. Tradicionalmente, durante siglos, se apeló al criterio de la herencia: mandaban mejor los hijos y nietos de los que habían mandado antes. Podía ser un baremo injusto con arreglo a nuestro modo de pensar, pero tenía su razón de ser. Hoy no se aplica expresamente tal criterio, excepto en el caso del Rey, que es solo un poder simbólico, por muy elevado que se encuentre. Aun así, todavía se puede encontrar cierto tirón dinástico en ciertas familias de políticos.

El principio de la herencia se siguió durante mucho tiempo para los empresarios, y no dio mal resultado. Pero era porque la industria se comprimía en unas cuantas firmas. Se suponía que el director de una empresa era también su principal propietario. Pero ahora el sector empresarial abarca multitud de puestos directivos que muchas veces ni siquiera son accionistas de las empresas respectivas. El sistema de selección de sus ocupantes, y a través de ellos de los grandes empresarios, se realiza principalmente a través de las escuelas de negocios y otras instituciones de enseñanza superior. Destacan algunas carreras, por ejemplo, las de orientación jurídica o económica. Ha perdido mucho encanto la cantera empresarial que procedía de las escuelas de ingenieros o de las academias militares.

La política es un ramo muy particular. Se sigue practicando un método de selección tradicional: los candidatos se forman en el seno de los partidos políticos. Se supone que los jóvenes aspirantes a los altos cargos van a aprender el oficio como meritorios, ascendiendo poco a poco a puestos de creciente responsabilidad. Se premia sobre todo la fidelidad a los que mandan. Se supone que los candidatos a altos puestos políticos, aunque pasen mucho tiempo en la oposición, manifiestan una especial vocación de servicio público. Por eso mismo molesta tanto a los votantes que algunos políticos se aprovechen de sus cargos para hacer dinero. La operación suele ser muy fácil, aunque exista el riesgo del castigo judicial.

A lo largo de la historia contemporánea, y de modo eminente bajo el franquismo, el alto personal político se buscó muchas veces en los egresados de los grandes cuerpos funcionariales. El ejemplo clásico lo constituyen los abogados del Estado, los diplomáticos o los catedráticos de universidad. Hoy ya no se estila mucho esa vía de ascenso, y menos todavía en la Administración local o en la autonómica (regional). La selección por méritos de esos cuerpos hacía muy raro que se involucraran en turbios asuntos de corrupción política.

El contraste con la realidad tan lamentable de la corrupción política hará que los partidos políticos se fijen en una cualidad que parece anticuada: el patriotismo. Es otra versión de la idea de servicio público. Sería muy necesario que se prodigara un poco más esa cualidad de los jóvenes que desean seguir la carrera política.

Tampoco estaría de más que se cultivara un rasgo que parece olvidado: lo que antaño se llamó oratoria. Equivaldría hoy a la capacidad de improvisar un discurso o unas declaraciones sin leer un texto escrito, a veces escrito por otras personas. El arte de la política no se entiende bien sin esa faceta de dominar la capacidad de hablar ante un público numeroso, bien directamente o a través de los medios. Asombra y escandaliza que muchos profesionales de todas las ramas ya no sepan hablar en público sin la ayuda del tedioso power point. (Ignoro por qué recibe tan extraño nombre). Esa incapacidad se deriva, quizá, de que en la enseñanza superior han desaparecido los exámenes orales.

Hay desproporciones todavía más escandalosas. Por ejemplo, la virtual ausencia de los mayores (de equis años) o de las personas de origen extranjero en el fichero de altos cargos. Son dos colectivos que integran cada uno a millones de personas y cuentan con personas muy preparadas. No se entiende bien por qué son discriminados. Da la impresión de que la política sigue siendo un coto muy cerrado.

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