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Carmelo Jordá

Casado y los que han dicho "¡Jehová!"

En los últimos meses quieren hacernos creer que la universidad española es el sancta sanctórum de la honestidad y el respeto a los reglamentos.

Carmelo Jordá
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En los últimos meses quieren hacernos creer que la universidad española es el sancta sanctórum de la honestidad y el respeto a los reglamentos.
Casado, durante el Congreso del PP. | EFE

El documento sobre el máster de Pablo Casado que la jueza mandó este lunes al Supremo me ha recordado una anécdota de mi vida universitaria que no me resistiré a contarles: la historia empieza cuando, justo al inicio de mi último curso en la Facultad de Periodismo, logré mi primer trabajo, seguido pocos meses después de un segundo en el que ya debía cumplir un horario de oficina que me impedía asistir a la mayor parte de las clases.

Lógicamente aquello impactó en mis ya no muy brillantes estudios y no logré terminarlos ese curso, así que al siguiente mes de octubre tuve que matricularme de unas pocas asignaturas. Hablé con los profesores y les expliqué mi situación, y la mayoría de ellos se mostraron comprensivos, algo razonable dado que les hablo de una época anterior a la expansión de internet, cuando encontrar trabajo como periodista era casi tan complicado como entrar en la NASA.

Con uno de ellos, sin embargo, la cosa fue diferente: me explicó que en su concepción de la asignatura no era posible aprobar sin ir a clase, pero agregó –está claro que era un buen hombre– que si alguno de sus colegas de departamento me acogía él no tendría problema en incorporar la nota con la que éste me calificase a mi expediente oficial. Efectivamente, hablé con otro profesor que se apiadó de mis penas, me dio una bibliografía y me pidió un trabajo que presenté y con el que aprobé.

Así que aprobé aquella asignatura sin ir a clase, sin hacer un examen y entregando un trabajo a un profesor que no era el titular con el que estaba matriculado. Por supuesto, ni guardo el trabajo –es más, no recuerdo ni de qué era– ni ninguna prueba documental de todo aquello, así que estoy sentado a la puerta de mi casa esperando a que la horda del sagrado periodismo de investigación venga a arrebatarme mi título de licenciado y así convertirme en un Escolar cualquiera, es decir: un periodista que ejerce sin haber acabado la carrera.

Les cuento todo este rollo porque en los últimos meses tengo la sensación de que algunos creen –o quieren hacernos creer– que la universidad española es algo así como el sancta sanctórum no ya de la honestidad y la elevación intelectual, sino del respeto a las formas, los procedimientos y los reglamentos. La verdad es muy distinta: la universidad española es en realidad el reino de los tejemanejes, el trapicheo, la informalidad y, hay que decirlo, la falta de honestidad intelectual... y en no pocos casos de la otra.

Por supuesto, para todo hay escalas y entiendo que el apaño con el que logré terminar mi carrera fue tan irregular como inocente, como lo han sido –y lo serán– millones de tratos similares con los que profesores y alumnos han ido e irán sorteando las circunstancias de cada cual durante los siglos pasados y los venideros.

Nada comparable a que te regalen una beca presencial de 1.800 euros y no pises la universidad, por ejemplo, que no quiero ni pensar qué podría decir la hermandad del periodismo justiciero si un caso así se asomase al Supremo. Y nada que ver con los miles de profesores adjuntos, titulares o incluso catedráticos a los que les han regalado la plaza en la universidad más mediocre, endogámica y corrupta de Europa.

No sé qué hizo Casado con el máster de pacotilla que ahora parece el mayor delito de las últimas décadas, sí sé lo que hice yo y lo que han hecho otros y les voy a decir una cosa: incluso de un pecado tan nimio veo difícil encontrar a alguien que esté libre y que pueda tirar la primera piedra. Amén de que hay tener cuidado con las lapidaciones, que en la sacrosanta universidad española el que más y el que menos ha dicho "¡Jehová!".

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