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Carmelo Jordá

El adoquín y el 'adocón'

Sólo Rivera y su exhibición de objetos sin sentido evitó que Pedro Sánchez firmase el peor debate de los últimos tiempos.

Carmelo Jordá
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Sólo Rivera y su exhibición de objetos sin sentido evitó que Pedro Sánchez firmase el peor debate de los últimos tiempos.
EFE

Andaba el debate por sus primeros minutos cuando Rivera sacó del atril un descomunal trozo de piedra –era de tal tamaño que casi deberían haberle puesto atril propio– que fue anunciado como "un adoquín de Barcelona", concretamente uno de los que se había arrojado a la Policía en los días de enorme violencia que ha vivido la ciudad en las últimas semanas.

En un primer momento pareció una buena idea: nada podía mostrar mejor la situación por la que ha atravesado Barcelona –y me temo que atravesará– que ese pedazo de acera arrancado para servir de arma, nada podía denunciar mejor el estado de violenta locura alcanzada por el separatismo que ese artefacto homicida usado con todo su peso contra un servidor público en nombre del procés festiú.

Sin embargo, lo que podría haber sido una buena idea se fue torciendo pronto: en primer lugar, porque Rivera no logró capitalizar la situación catalana como cabría esperar, probablemente por su empeño en confrontar más con Casado que con Sánchez; en segundo, porque lucir un objeto llamativo en un debate así puede ser un golpe de efecto… cuando no te pasas todo el debate sacando cachivaches hasta que más que un atril parece que tienes el bolso Mary Poppins.

Lo peor fue que con tanto trasto arriba y abajo Rivera cayó de nuevo en lo que ha sido su peor tara en los últimos tiempos: un sentido del espectáculo que ha desvirtuado lo importante de la política, que es el fondo, que son las ideas y los principios que estás dispuesto a defender, y no los objetos chorras que al final sólo te hacen carne de meme, por mucho que te diga el asesor de comunicación que vas a conseguir un enorme impacto.

Dicho todo lo anterior, lo más curioso es que aún hubo en el debate un material mucho más duro e igualmente inerte que adoquín: el adocón que es la cara de Pedro Sánchez, de un tamaño algo mayor pero, sobre todo, de un material mucho más resistente, pétreo, puro acero diamantado capaz de cortar las verdades más indudables y convertirlas en trolas como panes.

El todavía presidente se pasó el debate despreciando a sus rivales, mirando al suelo y sin responder ni a una de las preguntas que le hicieron, para rematar hablando de la verdad, palabra que en su boca suena como si hablase de una señora de Murcia. Sólo Rivera y su exhibición de objetos sin sentido evitó que Pedro Sánchez firmase el peor debate de los últimos tiempos, pero nada pudo evitar que el candidato del PSOE demostrase no sólo su falta absoluta de solvencia a la hora de tratar cualquier tema, sino su falta absoluta de escrúpulos y su disposición a hacer y decir lo que sea con tal de mantenerse en el poder.

"No hay nada más fuerte que la verdad", dijo Sánchez en su minuto de oro. No lo sé, Pedro: el adocón que tienes por cara no sé si es más fuerte, pero desde luego es mucho más duro.

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