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Carmelo Jordá

Estos son mis criterios: si le gustan, tengo otros

No, no es que Illa cambie de principios, porque para cambiar de principios hay que tener alguno.

Carmelo Jordá
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No, no es que Illa cambie de principios, porque para cambiar de principios hay que tener alguno.
El ministro de Sanidad, Salvador Illa. | Óscar J. Barroso (Europa Press)

Se atribuye Groucho Marx, que ha sido el pensador marxista con mayor valor intelectual de la historia, una frase maravillosa que ha quedado para los anales de la política: "Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros".

He recordado esa frase este martes a propósito del, permítanme la exageración, ministro Salvador Illa, de figura un tanto más charlotesca que marxiana y, desde luego, sin maldita la gracia.

No, no es que Illa cambie de principios, porque, incluso en el ejemplo extremo que quería representar el gran Groucho, para cambiar de principios hay que tener alguno, y ese no es el caso de Illa, al que en el sentido casi literal del término lo mismo le da ocho que ochenta, mientras él siga en el machito y opositando a levantarle la candidatura a Iceta.

Lo que cambia Illa no son, por tanto, esos principios que no existen, sino los criterios sanitarios que sirven para confinar a toda una capital de España y otras ocho grandes ciudades. Sin embargo, el juego del ministro, es un decir, es bastante más perverso que el de el mayor de los hermanos Marx: el gran cómico proponía cambiar de principios si no le gustaban a su interlocutor, pero Illa cambia sus criterios precisamente cuando le gustan a su interlocutor.

Repasemos los acontecimientos, porque si no se me van a perder ustedes, queridos lectores, que la cosa tiene guasa: Illa empezó por estar de acuerdo con el límite fijado por la Comunidad de Madrid para imponer medidas restrictivas contra el coronavirus: que la IA a 14 días superase los 1.000 casos. Sin embargo, dos días después, y por arte de birlibirloque o quizá vía comité de expertos fantasma, Illa decidía que 1.000 no, que 500, una cifra que ha aguantado unos cuantos días, justo hasta que ese criterio empezaba a gustar a la Comunidad de Madrid; porque, como este martes han explicado Díaz Ayuso, su consejero de Sanidad y el alcalde de Madrid, resulta que todas las ciudades sometidas al estado de alarma menos una ya están por debajo de ese nivel de IA.

¿Qué hacer en una situación así y tras un ridículo de ese nivel? Pues, según Illa, no hay mayor problema: allí donde dijo 500 ahora dice 200 y el tío se queda tan tranquilo, aquí no pasa nada, circulen. Estos son sus criterios, pero en cuanto sea necesario los cambia: cuando Madrid esté en una IA de 200, él dirá que 100, y así sucesivamente; no hay problema, no hay vergüenza, no hay decoro.

Lo más llamativo del asunto es que es todo tan burdo, las mentiras son tan evidentes y la incompetencia e inmoralidad tan abrumadoras, que el tiro les está saliendo completamente por la culata: Díaz Ayuso se está convirtiendo en una potencia electoral y el pobre Illa, si se le ocurriera presentarse a las elecciones catalanas, se llevará el descalabro que se merece, que ya fue algo que ocurrió en las pasadas gallegas, cuando no era el candidato pero sí hizo casi toda la campaña de ministro superstar para que el PSOE acabase más bien estrellado.

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