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Carmelo Jordá

Fusilar sin mala intención

Por el nacionalismo, la gente ve normal cualquier cosa que se haga a esos españolazos que se empeñan en no ser parte de esa Cataluña eterna.

Carmelo Jordá
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Por el nacionalismo, la gente ve normal cualquier cosa que se haga a esos españolazos que se empeñan en no ser parte de esa Cataluña eterna.

La noticia de los trabucaires nacionalistas me ha sorprendido poco: todos sabemos lo que una borrachera imponente es capaz de hacer en cabezas desordenadas y más cuando funciona el componente masa o, en este caso, cuadrilla: uno tiene la idea disparatada, otro se ríe, el de más allá se anima, dos o tres piensan que eso no está bien pero se callan por no parecer los flojos… y ya tenemos el lío montado.

Todo eso, claro, en el caldo de cultivo de un nacionalismo en el que la gente ve normal cualquier cosa que se haga a esos españolazos que se empeñan en no ser parte de esa Cataluña eterna. Al fin y al cabo, qué mayor prueba de maldad puede haber que negarse a ser parte de un proyecto común tan simpático y de tanta risión.

Así que entre risa y risa un día le pegas tres tiros gafapastas a Sostres, jijí, jajá; y otro te vas a casa del concejal fachorro del pueblo a montarle un fusilamiento, jajá, jijí, porque todo es divertido si es contra esa España que tanto nos roba y que es tan cutre que ni siquiera sale en TV3.

Vamos, que lo de andar fusilando viene a ser lo normal, ahora de broma y más adelante ya veremos, que para todo hay tiempo. Lo que ya no es tan normal es que los siguientes de la lista de fusilables se lo tomen también a risa, como si no fuera con ellos.

Así, el PSC, que ya debe de ir como mínimo por la mitad de la laguna Estigia, dice que sólo condenará los hechos si se demuestra que hubo "mala intención". Ya ven ustedes, mala intención en un fusilamiento, qué cosas se nos ocurren.

Porque todo el mundo sabe que si un nacionalista catalán te fusila es con la mejor de las intenciones y siempre por tu bien. De hecho, a lo largo de la historia la mayor parte de la gente que te fusilaba lo hacía por tu bien, como última medida de una reeducación fracasada pero inaplazable.

Esta ferocidad en la crítica y esa defensa de los derechos individuales son, sin duda alguna, lo que ha llevado a los socialistas catalanes a perderse en ese limbo del federalismo en el que andan, a mitad de camino entre ser españolistas, ser independentistas… y no ser nada, que es a lo que electoralmente se dirigen.

Sin embargo, lo más interesante de la estupidez suicida del PSC no es que el partido de los socialistas catalanes no sepa de dónde le vienen –o le van a venir– las tortas; lo esencial es cómo nos enseña que la Cataluña de hoy en día es un lugar en el que los hay que tienen derecho a todo, especialmente a la hora de echarse unas risas amedrentando a un presunto fachorro, y los hay que sólo tienen derecho a que el trabucazo en la nuca sea sin mala intención.

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